Выбрать главу

– Mis hermanas hacen lo mismo, pero pensaba que era cosa de ellas.

Una de las comisuras de los labios de Susannah se curvó hacia arriba.

– Siento decepcionarte.

– No me has decepcionado -dijo él muy serio-. Eso es imposible.

La mano con que Susannah se estaba aplicando el maquillaje empezó a temblarle. Al fin consiguió dejarla quieta.

– Ya lo veremos -dijo en tono enigmático, y le dirigió una mirada llena de enojo-. ¿No tenías tanto trabajo?

– Puedo llamar a Chase y mirarte al mismo tiempo -respondió él mientras marcaba el número en el móvil-. Además de irresistible, soy multitarea.

– Lo de que eres irresistible lo has dicho tú. -Susannah cerró la caja de maquillaje-. No yo.

– Pero tú estás de acuerdo. Porque, además de irresistible, soy muy simpático y…

Se interrumpió cuando Chase respondió a su llamada.

– Hola, soy Luke.

– Tengo noticias -dijo Chase antes de que Luke pudiera proseguir-. Ed ha conseguido casar las huellas dactilares del mapa de carreteras de Mansfield. Adivina quién más lo usó.

– Kate Davis -respondió Luke-. Monica Cassidy la ha reconocido como Rocky.

– ¿De verdad? Ya no debería extrañarme nada de este caso, pero aún me sigo sorprendiendo -dijo Chase-. Aun así, ¿todavía quieres hablar con la dueña del centro de estética?

– Sí. Pero tienes que ponerle protección al hijo de Jennifer Ohman. Monica nos ha contado que han matado a la hermana de la enfermera y que la mujer estaba preocupada por su hijo.

– Así es como la convenció para que hiciera lo que hizo. Me ocuparé de ello.

– También nos ha dicho que, según la enfermera, fue otra persona quien trató de matar a Ryan Beardsley.

– ¿Y tú te lo crees?

– No sé porqué tendría que mentir. La coartada de Isaac Gamble es irrefutable, así que él no estuvo en la habitación de Beardsley el viernes por la noche.

– No pudo entrar nadie más; hay vigilantes en todas las habitaciones.

– No sé si con eso basta. También había un vigilante en cuidados intensivos y el mismo viernes Jennifer, la enfermera, le administró a Monica Cassidy una sustancia paralizante para que no hablara.

– Bromeas.

– No. No es suficiente con que no entren extraños. Tenemos que asegurarnos de que no les administren nada que no sea lo estrictamente prescrito.

– Menudo trabajo de chinos -masculló Chase-. ¿Qué más ha dicho Monica?

– Que a Kasey Knight la forzaron a ejercer la prostitución en un club de carretera.

Chase renegó por lo bajo.

– Hemos cerrado un montón.

– Ya lo sé, pero los cambian de sitio. Bajan la persiana y vuelven a abrirla a unos kilómetros. He pensado que tal vez fuera así como el camionero que utilizó el móvil de Bobby Davis lo consiguió. Puede que fuera un cliente.

– Si no ha manipulado el tacógrafo, podríamos averiguar en qué otros sitios de por aquí ha parado -apuntó Chase-. Aún no tenemos noticias sobre su paradero. Cuando me digan algo os avisaré.

– En el norte también hay cada vez más prostíbulos en las carreteras interestatales -dijo Susannah cuando Luke hubo colgado-. Es muy frustrante.

– La I-75 da muchos problemas -dijo Luke con mala cara mientras abandonaba el aparcamiento del hospital-. Durante mucho tiempo el mayor problema fue el tráfico de drogas procedente de Miami. Ahora lo es la prostitución, además de otras mil cosas.

– Será muy duro para los padres de Kasey.

– Ya lo sé. Pero es posible que el hecho de que se sepa lo que le ocurrió ayude a Talia a soltarles la lengua a sus amiguitas, las que hace dos años no quisieron colaborar con la policía.

– Tengo muchas esperanzas puestas en Talia -confesó Susannah-. Confío en que les hará hablar. -Se arrellanó en el asiento y se quedó pensativa-. ¿Por qué no habrá querido hablar el asesino de Darcy? ¿De qué debe de tener tanto miedo?

– Puede que hable cuando hayamos cogido a Bobby. Tal vez ella lo esté amenazando, igual que hizo con Jennifer Ohman.

– Tal vez, pero… He estado pensando. Bobby Davis no es mucho mayor que yo; puede que nos llevemos un año o dos. Yo tenía veintidós años cuando conocí a Darcy y veintitrés cuando ella murió. Para entonces Barbara Jean no debía de tener más de veinticuatro. Cuesta creer que fuera capaz de planear tantas cosas a esa edad.

– No tanto. He investigado el caso de un chico de catorce años que había montado una página web donde exhibía a su hermana de siete. Lo pillamos, pero nos costó un poco. Incluso sabía cómo manipular el servidor para que no lo localizaran con facilidad.

– ¿Tiene remedio? -preguntó Susannah con un hilo de voz-. ¿O a los catorce años ya es un caso perdido?

– Lo segundo -dijo Luke-. Y a la niña, a sus siete años, ya le han jodido la vida.

Susannah arrugó la frente.

– No; eso no es verdad -le espetó-. Solo porque… -Se interrumpió y miró a Luke-. Te crees muy listo.

– Y muy simpático. -La miró con el rabillo del ojo, aliviado de ver que su ceño iracundo se había transformado en una expresión pensativa-. Te dije que no estarías dispuesta a aceptar que una víctima creyera que su vida había terminado. ¿Por qué tú tienes que ser diferente?

– Puede que no lo sea -dijo, y él notó que lo invadía la esperanza.

– Pues claro que no. Si creyeras que sí, serías una arrogante.

– No tientes a la suerte, Papadopoulos -repuso ella bastante seria.

Él asintió, satisfecho de haber logrado su objetivo.

– Duerme. Te despertaré cuando lleguemos.

Dutton,

domingo, 4 de febrero, 3:55 horas

Charles respondió a la primera llamada. Estaba esperando que le telefoneara Paul.

– ¿Y bien?

– Bobby ha matado a la enfermera delante de unos diez testigos -relató Paul con indignación.

– ¿La han pillado? -pregunto Charles. Sentía una amarga decepción. Había creído que Bobby sería más discreta.

– No. Se han escondido un rato. Luego yo he engañado a la policía para que pudieran marcharse.

– ¿Y adónde han ido?

– A casa de Jersey Jameson, el traficante de drogas.

– Bobby le había dicho a Rocky que le pidiera ayuda para trasladar la mercancía de la nave. ¿Está muerto?

– Ya lo creo. Bobby ha perdido el control, Charles. Tiene que detenerla.

– Simon era listo, pero emocionalmente inestable. Esperaba que Bobby hubiera heredado el cerebro de los Vartanian sin esa parte de locura.

– Con todos los respetos, señor. Me parece que no es así.

– A mí también. Me encargaré de Bobby. Estate localizable por si te necesito.

Casa Ridgefield,

domingo, 4 de febrero, 3:55 horas

Un último empujón. Ashley Csorka introdujo la cabeza por el agujero que había abierto en la pared y notó el aire fresco en su congestionado rostro. Descansó mientras tomaba más aire. El hueco era pequeño, pero Ashley no se veía capaz de seguir hurgando en la pared. Había utilizado el segundo ladrillo suelto para golpear el clavo contra el cemento. Hacía más ruido que con el clavo solo, pero cada vez estaba más desesperada y decidió seguir aun a riesgo de que el asqueroso mayordomo la descubriera. Había conseguido soltar el tercer ladrillo, y luego dos más juntos, y él no había aparecido.

Si ladeaba un poco la cabeza, veía una débil luz. Podría ser la luna. Eso quería decir que al otro lado de la pared había una puerta o una ventana. Se puso tensa. Se aproximaba un coche; la grava crujió al ascender este por el camino y rodear la casa. Se cerraron las puertas y entonces oyó una risa, grave y mezquina.

– Me parece que esta noche la cosa no ha ido mal, Tanner.

– Estoy de acuerdo.

Era la mujer a quien llamaban Bobby, y el mayordomo asqueroso.

– Jersey Jameson no tendría que haberme dicho lo que pensaba y lo que no pensaba hacer. Quizá entonces habría tenido una muerte más dulce.