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– O sea que Haynes no te quiso.

– No llegó a verme -musitó, en voz tan baja que Luke tuvo que acercarse más a sus labios-. Bobby me arrojó al hoyo, pero he salido. He quitado el cemento de los ladrillos hasta que…

No dijo nada más. Luke miró al paramédico.

– Está inconsciente. Lleva un gran trancazo por el agua fría. De no haber estado en tan buena forma, se le podría haber parado el corazón.

Dutton,

domingo, 4 de febrero, 5:20 horas

Susannah caminaba arriba y abajo, impaciente, cuando Luke salió de la unidad de urgencias.

– Dicen que se pondrá bien -anunció-. Esperará aquí a que llegue su padre.

Ella le tiró del brazo.

– Ya hablarán con él los médicos. Ven, vámonos.

– ¿Adónde?

– Buscando en internet, he encontrado la licencia matrimonial de Terri Styveson. Su nombre de soltera era Petrie. La dirección que aparece es la de la casa de su madre.

– La abuela de Bobby.

– Hace quince años el juzgado otorgó testamento cuando los Styveson fueron hallados muertos en su casa de Arkansas. Las autoridades dictaminaron que se había tratado de un robo con funestas consecuencias. Unos meses más tarde encontraron a la abuela de Barbara Jean muerta en la cama, mientras dormía. Barbara Jean heredó la casa. Es muy vieja, la construyeron en 1905. Se llama Ridgefield.

Él se quedó mirándola.

– No te he dejado sola más que media hora.

Ella sonrió con gesto triunfal.

– Chase va a enviar a un equipo. Corchran está más cerca, así que es posible que haya llegado ya. ¿Y bien? -preguntó ella-. ¿Qué esperas? ¿Una invitación formal?

Él la rodeó por los hombros y corrieron juntos hasta el coche. A Luke el corazón le aporreaba el pecho como un martillo.

– ¿Te he dicho que eres increíble?

– No, creo que no.

Él se echó a reír. Se sentía esperanzado por primera vez en muchos días.

– Pues eres increíble. Entra.

Ella sonreía cuando salieron del aparcamiento.

– Me gusta esto, creo que más incluso que los juicios. Es muy emocionante.

– Sí, si no llegas demasiado tarde -dijo, y se puso serio. Ella también se puso seria.

– Corchran tiene a unos cuantos pelotones de búsqueda rastreando con perros la zona cercana a donde la chica ha salido del agua; están buscando en un kilómetro y medio a la redonda pero la casa está a otro kilómetro y medio de distancia. No sé cómo ha conseguido nadar tan rápido.

– Es nadadora -explicó Luke-. Su padre le ha enseñado las medallas a Talia.

– Pues ha hecho la carrera de su vida -musitó Susannah.

– Esperemos ser igual de rápidos.

Llevaban diez minutos de camino cuando sonó el móvil de Luke.

– Papadopoulos.

– Soy Corchran. Seguro que estaban aquí, pero se han ido.

– Mierda -renegó Luke. «Demasiado tarde. He llegado demasiado tarde»-. ¿Qué habéis visto?

– Es una casa vieja. Le han prendido fuego antes de marcharse, pero hemos llegado a tiempo de impedir que quede toda destrozada. Ah, y en la parte trasera hay un vigilante muerto.

– ¿La chica lo ha matado? -preguntó Luke mientras su mente iba a cien por hora. «Demasiado tarde. Demasiado tarde.»

– Si no llevaba un rifle no. Tiene un buen agujero en el vientre. También tiene una profunda herida en el hombro y un chichón en la cabeza, del tamaño de un huevo de oca. Cerca del cadáver hemos encontrado un tirador de mármol cubierto de sangre.

Luke pensó en el amago de sonrisa de Ashley.

– Ashley debe de haberlo golpeado con él y lo habrá dejado inconsciente, y Bobby habrá preferido pegarle un tiro antes que dejarlo allí con vida. Si algo tiene de bueno es que es coherente. ¿Habéis visto la camioneta blanca y el remolque? -Había dado la orden de busca desde la ambulancia.

– Negativo. Hemos encontrado un monovolumen registrado a nombre de Garth Davis y un Volvo a nombre de su hermana Kate. Y también un LTD negro.

– Registrado a nombre de Darcy Williams -dijo Luke, apretando la mandíbula-. La matrícula es DRC119.

– Sí -confirmó Corchran-. Las placas estaban debajo de uno de los asientos delanteros. Pero no hay ninguna camioneta con un remolque.

– Haremos que todas las unidades salgan a buscarlos.

– Ya lo hemos hecho.

Luke cerró el móvil.

– Mierda. Estoy cansado de llegar siempre tarde.

Susannah estuvo un minuto entero sin decir nada.

– ¿Adónde habrán ido? -preguntó por fin-. Si esa era su base de operaciones, ¿adónde habrán ido?

– Tiene que haber dejado a los niños en alguna parte -dijo Luke-. Tal vez haya ido allí.

– Luke -dijo Susannah estirando el cuello-. Mira ahí delante. Ese vehículo acaba de incorporarse a la autopista. Podría ser una camioneta con un remolque.

Tenía razón. Luke aceleró y avisó por radio a todas las unidades que estuvieran cerca de la zona para que le hicieran de refuerzo.

– Está acelerando -dijo nervioso, y él también aceleró-. Baja la cabeza.

Susannah le obedeció y agachó la cabeza por debajo del cristal.

– ¿Qué están haciendo?

– Van igual de rápido. Quédate así.

– No soy imbécil, Luke -le espetó ella, ofendida.

No; era increíble.

– Ya lo sé.

– Nos ha visto -dijo Tanner, aferrando el volante con las manos-. No tendríamos que haber tomado la interestatal. Le dije que era demasiado peligroso.

– Cállate, Tanner. No estás ayudando nada. -Bobby miró por el retrovisor lateral-. Nos alcanza. O le disparamos o dejamos la camioneta y nos escapamos corriendo.

– Está demasiado cerca. Así no conseguiremos escapar. Dispárele. Ya.

Bobby notó el pánico en la voz de Tanner y sopesó las opciones y las probabilidades de éxito. «Saben lo de la camioneta y el remolque, pero no saben quién soy. Necesito tiempo.» Tiempo para escapar y empezar de nuevo. Al fin Bobby pensó en lo esencial, lo que no fallaba nunca. «¿Qué haría Charles?» Y el plan quedo decidido.

– Tanner, desvíate hacia esa área de servicio y párate en diagonal, bloqueando la carretera. Tú y yo saldremos de la camioneta y nos haremos con un coche. Para cuando hayan parado y vean qué hay dentro del remolque, nosotros volveremos a estar en la carretera, y tomaremos la siguiente salida.

Tanner asintió.

– Puede que funcione.

– Claro que funcionará. Confía en mí.

A Susannah se le estaba quedando el cuello agarrotado.

– ¿Qué hacen ahora?

– Lo mismo que la última vez que me lo has preguntado -respondió Luke entre dientes-. Van igual de rápido.

Susannah, sin incorporarse, se estiró hacia delante y tomó el pequeño revólver del tobillo de Luke.

– ¿Qué haces?

– Me armo. Y me quedo así -añadió antes de que él se lo repitiera.

– ¿Pero qué…? -masculló Luke-. Agárrate. -El coche se inclinó hacia la derecha-. Están saliendo a un área de servicio. Pase lo que pase, quédate así. Prométemelo.

– No seré estúpida -fue todo cuanto ella dijo.

Él soltó un improperio y tiró del freno de mano. Susannah oyó un chirrido de neumáticos frente a ellos cuando la camioneta también frenó. Antes de que se hubiera parado del todo, Luke había salido del coche y gritaba:

– ¡Policía! Todo el mundo al suelo. Todo el mundo al suelo. ¡Los de la camioneta, quietos!

Entonces se oyó un disparo. «Luke.» Susannah asió con fuerza el revólver, abrió la puerta y salió del coche, con la puerta como escudo. No vio a Luke por ninguna parte. Estuvo a punto de correr a buscarlo pero se detuvo frente al remolque.

Lo más importante eran las chicas.

Por delante del remolque volvió a oír un chirrido de neumáticos y luego a Luke, renegando. Él dio marcha atrás; tenía la mirada enfurecida.

– Bobby ha saltado de la camioneta y se ha llevado un coche -dijo-. Tú quédate aquí y espera los refuerzos. Muévete.