– Ya lo sé -musitó Susannah-. Es de locos.
– Me alegro de que me lo hayas contado. -Daniel se pasó los dedos por el pelo-. Esto hace que muchas preguntas tengan respuesta. Las respuestas no me gustan, pero, tal como tú dices, las cosas son así. Tienes que mudarte a una casa de incógnito, Suze. Por tu propio bien.
Ella ya había pensado en ello y había rechazado la idea.
– ¿Cuánto tiempo, Daniel?
Él entornó los ojos ante su tono.
– Hasta que la detengan.
– ¿Y si tardan varias semanas? O meses. ¿Y si no la encuentran? He perdido trece años de mi vida por culpa de Simon, Granville y Bobby. No quiero perder más tiempo.
– Podrías perder la vida -dijo Daniel con rabia.
– Tomaré todas las precauciones necesarias.
Él daba la impresión de querer oponerse.
– ¿Llevarás al menos un chaleco antibalas?
Ella ya había decidido hacerlo.
– Sí; eso sí. Ahora voy a ver a Monica Cassidy y luego me iré a dormir. Me espera una tarde muy ajetreada.
Había llegado a la puerta cuando él volvió a hablar, en voz baja.
– Suze, prométeme que no te arriesgarás como hiciste en el juicio de Rublonsky.
Ella se volvió con los ojos como platos.
– ¿Cómo te has enterado de eso?
Los ojos azules de Daniel emitieron un centelleo.
– Estoy al corriente de todos tus casos, desde que empezaste a trabajar en la oficina del fiscal del distrito. Los he seguido todos.
Susannah sintió crecer la emoción en su interior y atorarle la garganta.
– Pero…
– Te dejé allí porque pensé que así te mantenía a salvo. No podía probar los turbios asuntos de papá y no quería arrastrarte a la ruina conmigo. No tenía ni idea de que ya… -Su voz se quebró y dejó de hablar hasta que volvió a sentirse capaz de hacerlo-. Sé que te graduaste con la segunda nota más alta en la universidad. Sé cuándo empezaste a trabajar como estudiante en prácticas en la oficina del fiscal del distrito. He leído todos los fallos de todos los juicios en los que has participado.
– No lo sabía -dijo ella, desolada-. Creía que no te importaba.
– Nunca has dejado de importarme -susurró él con voz áspera-. Nunca. Ni un solo minuto. -Le brillaba la mirada, intensa, y Susannah no pudo apartar la suya-. Prométemelo -dijo él con vehemencia-. Prométeme que no volverás a hacer lo mismo que en el caso Rublonsky.
A ella se le humedecieron los ojos y pestañeó con fuerza.
– Te lo prometo. Tengo que irme.
– Yo la protegeré -le oyó decir a Luke mientras ella se dirigía al ascensor.
Luke la alcanzó frente al ascensor.
– ¿Qué pasó en el caso Rublonsky?
Ella no se volvió a mirarlo.
– Una estudiante universitaria fue violada y asesinada por varios miembros de la mafia rusa y yo concerté una entrevista con un informador que conocía nombres, fechas… Y que tenía pruebas. No quiso venir a nuestra oficina y me encontré con él en un almacén. Lo siguieron y le dispararon a un palmo de mí.
– ¿Conseguiste la información?
– No, pero la policía detuvo al hombre que había disparado y él acabó delatando al resto.
– ¿Qué le pasó al informador?
– Murió -dijo, aún con gran pesar. Y culpabilidad.
– Tú no sabías lo que iba a ocurrir.
Ella no dijo nada, y entonces oyó el gran suspiro de él.
– ¿O sí?
– Lo… imaginaba.
Las puertas del ascensor se abrieron. Ella entró pero él se quedó quieto, mirándola. Las puertas empezaron a cerrarse y entonces él entró de un salto y la asió por la barbilla obligándola a mirarlo.
– Te prestaste a hacer de cebo -exclamó con aspereza. Ella se encogió de hombros.
– No fue tan dramático. Me preocupaba que pudiera ocurrir algo, y le pedí a la policía que me acompañara para protegernos a los dos. Él era una mala persona, Luke. Jugaba a dos bandas en un juego peligroso. Ya había delatado antes a la mafia.
– Te prestaste a hacer de cebo -repitió él-. Podrían haberte disparado a ti.
Ella volvió a quedarse callada y él soltó un reniego entre dientes.
– Te dispararon, joder.
Una de las comisuras de los labios de ella se curvó hacia arriba.
– Llevaba un chaleco. Aun así me sorprendió lo que duele -añadió quitándole importancia al asunto-. Me salió un morado enorme.
Él cerró los ojos y se puso pálido.
– Madre de Dios.
– Tengo que reconocer que yo también me asusté -dijo-. Pero ganamos el caso. Conseguimos que se hiciera justicia para la chica asesinada y el veredicto incluyó doce cargos más.
Las puertas se abrieron y él la tomó por el brazo y la guió hasta la sala de espera de la unidad de cuidados intensivos. Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra de protesta, él le había cubierto los labios con los suyos en un beso lleno de pasión, misterio y… miedo. Tenía miedo, por ella. De pronto interrumpió el beso; tenía la respiración agitada.
– No volverás a hacerlo -dijo, y la rodeó con los brazos para abrazarla contra su pecho. Su corazón latía con fuerza y ella le acarició la espalda para tranquilizarlo.
– Muy bien -susurró-. Te lo prometo. -Le estampó un beso en la mejilla, oscurecida por la barba incipiente-. Parece que al fin estoy rehaciendo mi vida, Luke. No la arriesgaré tan tontamente. Ahora déjame, tengo que ver a Monica antes de que me caiga de puro agotamiento.
Él la soltó y la besó con más suavidad.
– Me alegro -musitó.
– ¿De qué? ¿De que esté agotada?
– No. De que estés rehaciendo tu vida. Y de formar parte de ella.
Susannah arqueó las cejas en un gesto que pretendía ser liviano a pesar de tener el pulso acelerado.
– Estás dando cosas por sentadas y no tienes pruebas, agente Papadopoulos.
Él posó las puntas de los dedos entre sus senos y todos los músculos de su cuerpo se tensaron de golpe.
– Tienes el corazón acelerado. O está a punto de darte un infarto, y en tal caso me alegro de que estemos en el hospital, o te gusto. -Él arqueó las cejas-. Porque soy muy simpático.
A ella se le escapaba la risa.
– Y también irresistible a más no poder.
Él le sonrió.
– Sabía que tarde o temprano lo acabarías reconociendo. Es parte de mi malvado plan para hacer que me acabes necesitando. -Su sonrisa se desvaneció, solo un poco-. ¿Da resultado?
Su acelerado corazón pareció detenerse.
– Mucho, mucho -susurró ella. Él la besó en la frente.
– Bien. Vamos a ver a Monica.
La madre de Monica estaba sentada a su lado cuando autorizaron a Luke y Susannah a entrar por la vigilada puerta de la unidad de cuidados intensivos. La mujer se levantó y se dirigió hacia ellos.
– ¿Cómo podré agradecerles lo que han hecho?
Susannah le pasó la mano por el brazo.
– No tiene que agradecernos nada.
– No sabe lo de su padre. Por favor, no se lo digan; todavía no.
– Lo comprendemos. ¿Se sabe algo? -preguntó Luke en voz baja, aunque sabía que no había noticias. Desde que liberaron a Genie Cassidy, no había dejado de mantener contacto con el agente Harry Grimes, de Carolina del Norte. No había rastro del doctor Cassidy y la cosa no pintaba bien.
– Todavía no -musitó la señora Cassidy-. Todo esto es una pesadilla.
– Ya lo sabemos -dijo Susannah-. ¿Cómo está Genie?
– Durmiendo en la habitación de Monie. Nunca más las perderé de vista.
– Lo entiendo -dijo Luke-. Le han quitado el tubo de la respiración asistida y tiene mejor aspecto.
– Sí. Cuando se supo que la habían drogado le hicieron muchas pruebas y llegaron a la conclusión de que podía respirar por sí misma. Me ha preguntado por ustedes dos.
Monica señaló a su hermana, dormida en una silla.
– Gracias -susurró.
– Te acaban de quitar el tubo -dijo Susannah con una sonrisa-. No deberías hablar.