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– Tengo que hablar -dijo Monica con voz áspera-. Necesito oírme. Tenía miedo de no volver a hacerlo.

– Supongo que es normal. -Le acarició la mejilla-. ¿Cómo estás?

– Mejor que antes pero aún me siento doloridísima. -Monica exhaló un suspiro para descansar-. Tengo que decírselo. Me preguntó por Angel, y también por Becky. Eran primas. Las secuestraron al mismo tiempo.

Luke se agachó junto a la cama y se situó a la altura de Monica.

– ¿Estás segura?

– Sí. Becky y yo éramos amigas. El médico la mató. Siempre intentaba escaparse. Hablábamos… por el suelo; hicimos un agujero.

Igual que Beardsley y Bailey.

– ¿Cuándo la mató?

– El día antes de traer al pastor. La mató de una paliza, como castigo ejemplar.

– ¿Por qué? -quiso saber Luke.

– El médico no podía con ella. La había torturado. -Las lágrimas le arrasaron los ojos y empezaron a resbalarle por las mejillas-. Se la llevó a su despacho, hizo que se arrodillara. La tuvo así horas enteras. Le tapó la cabeza para que no viera, le apuntó con una pistola y le dijo que le dispararía. Entonces la agredió. -Miró a Susannah-. Ya sabe, igual que Simon hizo con usted.

Susannah enjugó las lágrimas de las mejillas de Monica con la mano trémula.

– Ya sé.

– Ahora todo ha terminado -dijo la señora Cassidy-. Estás a salvo.

Monica negó con la cabeza.

– Esto no termina nunca, lo tengo en la cabeza y lo veo una y otra vez. -Apartó la mirada-. Cuando ella murió, hizo lo mismo conmigo.

– Lo siento, Monica -musitó Luke.

Ella no levantó la cabeza.

– No es culpa suya. -Recobró la compostura y se volvió a mirarlo; ahora sus ojos denotaban serenidad-. Una vez el médico le pidió a alguien que lo ayudara a doblegarme. Estaba tan enfadada que no le obedecía.

– ¿Era Bobby? -preguntó Luke.

– Era un hombre, de eso estoy segura. El doctor lo llamó «señor» y le dijo que tenía prisioneros rebeldes. -Parecía confundida-. Entonces le preguntó qué haría el VG. Yo no lo entendí.

Luke sí que lo entendió. «VG. Vietcong.» La historia los llevaba de nuevo al thích budista, un tratamiento vietnamita.

– O sea que Granville y su thích seguían siendo uña y carne, después de tantos años -musitó-. Monica, ¿qué dijo el hombre?

– Se puso como loco, le pegó al médico. Le dijo que nunca más volviera a mencionar eso. Entonces le dijo que tenía que destruirme, convertirme en un animal; hacerme olvidar que era humana. Pero no pudieron -añadió con orgullo.

– Eres muy fuerte -dijo Luke, mirándola directamente a los ojos-. No lo olvides nunca.

Ella asintió con cansancio.

– Dijo que conocía a Angel y que no consiguió que se hiciera justicia con ella.

«Ayer, cuando creíamos que no nos oía.»

– Es cierto. ¿Te explicó Becky cómo fueron a parar a la nave?

– Fue cosa de su padrastro. Las vendió a Mansfield. Eran demasiado mayores para la página web y ya tenía a otras chicas, las hermanas de Becky. Por eso siempre intentaba escaparse, para sacarlas a ellas de allí.

– ¿Sabes sus apellidos? ¿El de Becky y el de su padrastro?

– Snyder. Los dos se llaman igual. Vivían en Atlanta. -Entornó los ojos-. 1425 de Candera.

Luke se quedó sin respiración.

– ¿Cuánto tiempo vivieron allí?

– Seis meses quizá. No lo sé.

– ¿Cómo sabía su padrastro que Mansfield querría comprarlas? -preguntó Susannah.

– Por los prostíbulos de carretera. -Empezó a resollar y la enfermera Ella entró con mala cara.

– Tienen que marcharse. Esta paciente no debería hablar.

– Esperen -los detuvo Monica-. El padrastro de Becky conoció a Mansfield en un prostíbulo de carretera. Allí le vendió a Angel y a otra chica. Creo que la tercera era su vecina. No estoy segura.

– Es todo -dijo la enfermera Ella-. Déjenla descansar. Vuelvan más tarde, por favor.

– Lo has hecho muy bien, chica -la alabó Luke-. Descansa un poco. Voy al 1425 de Candera, a ver si encuentro al padrastro de Becky. Tengo que arrojarlo al infierno.

Monica le asió la mano.

– Salve a las hermanas de Becky, por favor. Murió por ellas.

– Haré todo lo que pueda.

Atlanta,

domingo, 4 de febrero, 12:15 horas

Luke aparcó frente a una galería de tiro. No hizo el menor movimiento por entrar; se limitó a permanecer sentado ante el volante con la mirada fija al frente. Susannah notaba la gran rabia contenida que albergaba en su interior desde que habían salido del lóbrego edificio de pisos que correspondía al número 1425 de Candera con las manos vacías. El padrastro de Becky y sus hermanas ya no vivían allí. Nadie sabía adónde habían ido, o por lo menos eso era lo que decían todos los vecinos.

– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Susannah al fin.

– Es la galería de mi hermano Leo. Es… a donde suelo venir.

– Cuando la ira te desborda y te reconcome hasta que no puedes pensar en nada más.

Él se volvió a mirarla; sus ojos eran más negros que la noche.

– La primera vez que te vi, supe que lo entenderías.

– Yo siento la misma rabia en mi interior.

– Eso también lo sabía.

– Luke, no es culpa tuya. -Le posó la mano en el brazo, pero él la apartó.

– Ahora no -le advirtió-. Te haría daño.

– No, no me lo harías. Tú no eres de esa clase de hombres. -Él no dijo nada y ella suspiró-. Entra y dispárale a algo o llévame a tu casa para que pueda irme a dormir.

Él apartó la mirada.

– No puedo llevarte a mi casa; todavía no.

– ¿Por qué no? -preguntó ella.

– Porque te deseo -dijo él con voz grave.

Un escalofrío, profundo y lleno de misterio, recorrió la espalda de Susannah.

– Podría decirte que no.

Él volvió a mirarla y ella notó el pecho tenso y el aire contenido en los pulmones.

– Pero no lo harás -repuso él-. Porque en estos momentos soy lo que deseas. Soy peligroso y estoy fuera de control, y eso significa que la situación la controlas tú. Igual que la controlabas cada vez que ibas a una sucia habitación de hotel a hacértelo con un extraño.

Ella pensó en él; pensó en sí misma. Y apartó de sí la rabia.

– ¿Y qué?

– Que no te juzgo por lo que hacías porque comprendo esa necesidad de control, sólo que no quiero estar contigo de esa forma. Cuando te acuestes conmigo, quiero que lo hagas porque me deseas a mí, no a la persona que soy ahora mismo.

– El yin y el yang -dijo ella en voz baja-. La oscuridad y la luz. Luke, tú eres esas dos personas. Y si me acuesto contigo será porque te deseo entero, no solo al hombre amable. -Se apeó del coche-. Ven, vamos a disparar.

Se encontró en la puerta con un hombre igual que Luke aunque más joven.

– Tú debes de ser Leo. Yo soy Susannah.

– Ya lo sé. Entra. -Leo miró a Luke, sentado en el coche-. ¿Vuelve a estar amargado?

– Ha tenido unos días muy duros. -Susannah señaló las armas expuestas-. ¿Puedo?

– ¿Has disparado alguna vez?

– Sí. Déjame esa. -Señaló una semiautomática de nueve milímetros que había tras el cristal. Sabía por experiencia que era la mejor para sus pequeñas manos.

– Buena elección. Vamos.

Cuando hubo terminado la primera ronda, Leo la miró impresionado. Ella miró el objetivo de cartón cuya cabeza era un puro destrozo.

– ¿Otra vez?

– Claro. -La miró cargar el arma-. ¿Dónde aprendiste a disparar?

– Un policía me debía un favor y me enseñó. Me pareció de lo más relajante.

– A mí también me lo parece -dijo él-. ¿Llevas armas?

– En Nueva York sí. Hace un año tuve un desagradable incidente con una bala y después de eso saqué un permiso de armas. Pero no me he traído la pistola. Ojalá lo hubiera hecho.