Выбрать главу

– Ya veo. ¿Qué le ha pasado a Luke?

– Ha tenido que seguir el rastro a unas chicas que han sido captadas por una red de pederastas que opera por internet. Ha encontrado el piso, pero hacía tiempo que se habían llevado a las niñas de allí.

– Últimamente se pasa toda la vida con eso -repuso Leo con tristeza, y ella asintió.

– Se exige demasiado -dijo-. Antes o después, acabará explotando.

– Le pasa de vez en cuando. Llega al límite, explota y viene aquí para desahogarse. Luego vuelve a casa más que compuesto, como si le hubieran puesto cola de contacto. -Sonrió-. Es lo que hace la familia.

Ella sintió un intenso anhelo y no intentó disimularlo.

– Qué suerte tenéis.

– Ya lo sé -dijo él, y señaló el blanco-. Hazlo otra vez. Dentro de la sala.

La primera vez había sido un calentamiento, no se había implicado. Ahora, en cambio, estaba pensando en la rueda de prensa que le esperaba al cabo de unas horas, y el objetivo adquirió personalidad.

– Buena puntería -dijo Leo con una mueca cuando hubo terminado.

Al objetivo le había desaparecido toda la región pélvica.

– Es Garth Davis.

Por fin Luke se había unido a ellos.

– Entonces tienes una puntería buenísima -comentó con ironía.

Leo le lanzó las llaves a Luke.

– Cuando terminéis, cierra. Le he prometido a mamá que pasaría a arreglarle la lavadora antes de comer. Susannah, estás invitada, claro.

– Esta semana no -dijo Luke-. Tiene que dormir.

Susannah observó el dolor en los ojos de Luke. Necesitaba cola de contacto.

– A veces he dormido menos horas justo antes de un juicio. Dile a tu madre que allí estaré -le dijo a Leo-. Gracias.

Leo se despidió con un gesto de la mano mientras se marchaba y Luke se apoyó en la pared, fuera del alcance de Susannah.

– Chase ha llamado mientras estaba en el coche. Pete ha encontrado a los hijos de Bobby en casa de Rob Davis. Kate los dejó allí hace unos días y le pidió a Rob que no dijera nada. Los niños están bien.

Ella suspiró aliviada.

– Qué bien, buenas noticias. Ya las necesitábamos.

– Es cierto. Vamos, te llevaré a mi casa para que puedas dormir.

– No, vamos a casa de tu madre. -Se acercó con cuidado-. ¿Estás a salvo?

Él se sonrojó, avergonzado.

– Sí.

– Vamos, Luke, para ya. Tienes genio, como casi todo el mundo, sólo que el tuyo responde a un motivo de mayor peso. ¿Y qué? Lo controlas bien.

La mirada de él se encendió.

– ¿Y si un día no me controlo? ¿Y si la ira me desborda y acabo haciéndole daño a alguien? -Apartó la mirada-. ¿Y si te hago daño a ti? -terminó con un hilo de voz.

– ¿Te preocupaba eso cuando estabas con otras mujeres?

– No. Nunca les permitía quedarse suficiente tiempo a mi lado. Ninguna significaba nada especial.

– Entonces, tú tampoco has estado nunca con nadie, excepto con la mujer de turno a la que te llevabas a la cama para no despertarte solo a las tres de la madrugada, ¿no?

Él parecía disgustado consigo mismo.

– Más o menos así es.

Ella le tiró de la barbilla hasta que la miró a los ojos.

– ¿Estas tratando de asustarme, Luke?

– Puede ser. No. Joder. -Suspiró-. Tú no eres la única insegura.

Ella empezaba a comprenderlo.

– ¿Y qué hacemos? -susurró.

Él la atrajo hacia sí con suavidad.

– Vamos a casa de mi madre. Creo que tiene cordero.

Dutton,

domingo, 4 de febrero, 12:30 horas

– Mierda, eso duele -se quejó Paul.

– No seas niño -se burló Charles-. Casi no te he tocado.

– Joder. Llevo veinte años en la policía y como mucho me he hecho un rasguño.

– Es una herida superficial -dijo Charles, aunque era algo más serio que eso-. He visto cosas mucho peores.

«Las he padecido.» Había tenido que aprender a curar heridas de la forma más dura.

– Y tiene las cicatrices que lo demuestran. Ya lo sé, ya lo sé -masculló Paul.

Charles arqueó las cejas.

– ¿Cómo dices?

Paul bajó los ojos al suelo.

– Nada. Lo siento.

– Ya me parecía a mí -dijo Charles, satisfecho-. Te daré unos cuantos puntos y quedarás como nuevo.

– No me habría pasado si hubiera atado a su perro -musitó Paul, y volvió a hacer una mueca cuando Charles le pinchó con la aguja-. Lo siento.

Charles volvió a pincharle.

– Señor -añadió Paul en tono más respetuoso.

– Muy bien. No tienes por qué estar celoso, Paul. Bobby me resulta útil. Tú representas más que eso. -Sonó el timbre y Charles arrugó la frente-. Si es otro periodista… que no te vean.

La persona en cuestión era periodista, pero de la ciudad.

– Marianne Woolf. ¿En qué puedo ayudarte, querida? -Marianne levantó la cabeza y Charles pestañeó-. Entra -dijo con voz melosa. Cerró la puerta y asió a Bobby por la barbilla-. ¿Pero qué estás haciendo?

– Ver si con este disfraz puedo engañar a la gente. Contigo ha funcionado, o sea que no tendré problemas esta tarde para entrar y salir del Gran Hotel durante la conferencia de prensa de Gretchen French.

Charles retrocedió y la miró mejor.

– ¿De dónde has sacado la peluca?

– De la cabeza de Marianne. Su pelo no es de verdad, pero nadie lo sabe excepto Angie Delacroix y yo.

– Pero si todos los jueves iba a la peluquería.

– Pura vanidad. Está prácticamente calva. Pero sus tetas sí que son de verdad. -Bobby se dio unas palmadas en un pecho-. Un sujetador con relleno. Los hombres estarán tan ocupados mirando esto que no me verán la cara.

– ¿Dónde está Marianne?

– Dentro del maletero de su coche, inconsciente. Necesitaba su acreditación.

– ¿Quién te ha maquillado? -quiso saber Charles.

– Yo misma. Es esencial para una puta de lujo saber maquillarse. No he comido nada desde anoche y me muero d… -Se abrió paso para entrar pero se detuvo en seco cuando llegó a la cocina. Se quedó mirando a Paul y luego se volvió hacia Charles-. ¿Qué coño pasa aquí? No lo entiendo.

– ¿Qué te extraña? ¿Que nos conozcamos? -dijo Paul malhumorado-. ¿O que me hayan disparado por culpa de tus recaditos?

Bobby recobró enseguida la compostura y alzó la barbilla.

– ¿Ha muerto Kira Laneer?

– Claro. Le he disparado a la cabeza.

– Entonces con lo que cobres podrás comprarte muchas vendas. -Se volvió hacia Charles-. ¿Por qué está aquí?

– Porque es mío.

Ella negó con la cabeza.

– No. Paul trabaja para mí.

– Tú le pagas -dijo Charles-, pero siempre ha sido mío. Nunca te ha pertenecido.

La mirada de Bobby se encendió.

– Yo lo encontré. Yo lo formé.

– Él te encontró a ti porque yo le pedí que lo hiciera. Nunca ha sido tuyo, ni Rocky tampoco, ni nadie. Excepto Tanner, y lo has matado.

Bobby retrocedió un paso y la ira tiñó sus mejillas de un rojo intenso.

– Venía a despedirme, pero ahora te diré todo lo que siempre he querido decirte. Te odio, viejo. Por mí pueden irse a la mierda tu control y tus juegos psicológicos. Y tú también puedes irte a la mierda.

Paul se puso en pie, pero Charles levantó la mano.

– Déjala. Ha fracasado de todas las formas imaginables. Incluso ha perdido la herencia que le corresponde porque ahora todo el mundo sabe quién es. Nunca tendrás la casa de la colina, ni llevarás el apellido de la familia. Ahora todo es de Susannah. -Miró a Bobby a los ojos-. Tú no tienes nada. Ni siquiera orgullo.

– Tengo mucho orgullo, viejo. Espero que el tuyo te aplaste. -Cerró de golpe la puerta tras de sí y los cristales de la vidriera se agitaron.

– Estupendo -musitó Paul con ironía.

– Pues, de hecho, sí. Ahora irá a la rueda de prensa.

– Y allí habrá vigilancia. Si lleva una pistola, la descubrirán.