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Eso le rompió el corazón.

«Yo lo quiero. Yo quiero eso. Ellos son felices, y yo también quiero ser feliz.»

Luke entró en el coche y posó la mirada en la casa de su madre.

– Chase me había dicho que me marchara a casa y cargara las pilas -dijo-. Y eso es justo lo que acabo de hacer. Gracias por sacrificar tus horas de sueño. Lo necesitaba.

Ella lo tomó de la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

– Yo también.

Él se llevó su mano a los labios.

– Vamos a dejar a la perra en casa. Luego, antes de tu cita con los medios, tengo una reunión. ¿Estás lista?

– Sí, estoy lista. -Y de verdad lo estaba-. Vamos.

Dutton,

domingo, 4 de febrero, 15:15 horas

Luke encontró a Chase sentado en un banco de la zona de descanso al aire libre. Miraba con aire malhumorado a un par de patos que picoteaban la hierba con avidez. En una mano tenía un paquete de palomitas y con la otra sostenía un cigarrillo encendido.

– Pero si tú no fumas -se extrañó Luke. Chase se quedó mirando el cigarrillo.

– Antes sí. Hace doce años y cuatro meses que lo dejé.

– ¿Qué pasa? -preguntó Luke, y se preparó para la siguiente tanda de malas noticias.

Chase levantó la cabeza; estaba muy serio.

– Bobby ya se ha cargado a una docena de frailes.

«Trece víctimas.» A Luke le dio un vuelco el corazón.

– ¿El padre de Monica?

– No, no. Él aún no ha aparecido. Ni el juez Borenson tampoco.

– A los hijos de Davis ya los han encontrado. Así, ¿quiénes son?

– Jersey Jameson. Es quien transportó a las chicas de la nave a la Casa Ridgefield. Intentó limpiar el barco, pero hemos encontrado un cabello de Ashley Csorka y restos de vómito.

– La chica dijo que se había mareado durante el viaje -musitó Luke-. ¿Quién es la número trece?

– Kira Laneer.

Luke se dejó caer en el banco.

– La amante de Garth Davis. ¿Está muerta?

– En teoría, sí. En realidad, no.

– Chase, eso no tiene sentido.

Él suspiró.

– Ya lo sé, estoy cansado. Y ahora sé seguro que tenemos a un topo en el equipo. He mencionado a Kira esta mañana en la reunión a propósito En realidad no me había llamado para dar información.

Luke frunció el entrecejo.

– Sospechas de uno de nosotros…

– Sí, de alguno. Me he llevado a la señorita Laneer a una casa de incógnito, y menos mal que lo he hecho. Hace unas horas alguien ha entrado en su casa y ha atacado a un maniquí que habíamos dejado en el sofá. Llevaba una peluca y por detrás parecía que fuera ella. Cuando los agentes se han enfrentado a él, este les ha disparado.

Luke cerró los ojos.

– ¿Y?

– Uno está estable; el otro está en estado crítico. El agresor se ha escapado. Uno de los agentes ha conseguido disparar unas cuantas veces. Creemos que lo ha herido en el brazo, pero él no ha aflojado la marcha.

– Dios, Chase.

– Ya lo sé. Habíamos regado mucho el parterre de debajo de la ventana y ha quedado una buena huella en la tierra. Es de un hombre, un cuarenta y nueve.

Luke negó con la cabeza.

– Es imposible que sea de Bobby. Hasta yo tengo un número más pequeño.

– No. Bobby calza un cuarenta y dos, no podría haber salido corriendo con unos zapatos tan grandes. Además, la pisada es regular. El pie a que corresponde es de la misma talla que el zapato. Tenemos fotos del agresor, pero llevaba el rostro cubierto con una máscara.

– O sea que cada vez que en la reunión nombramos a alguien, van y se lo cargan.

– Más o menos.

– No me imagino a ninguno de nosotros haciendo eso; ni siquiera a Germanio.

– Hank no estaba cuando nombramos a Jennifer Ohman, la enfermera. Ya he avisado a mis superiores y van a venir los OPS.

Luke puso mala cara. La Oficina de Normas Profesionales; era un mal necesario, pero todos los policías, buenos o malos, detestaban por instinto la mera presencia de uno de sus miembros.

– ¿Qué harán?

– Investigar a todo el mundo hasta la médula. Seguiremos trabajando en el caso, pero se rastrearán las llamadas de todos los teléfonos, tanto móviles como fijos.

– ¿Y por qué me lo cuentas? ¿Quiere decir que no sospechas de mí? -Luke trató de que su voz no sonara airada, pero, joder, odiaba a los OPS.

– No sospecho de ninguno de vosotros -respondió Chase con aspereza. Dio una gran calada al cigarrillo y le entró tos-. Mierda. Hoy ni siquiera fumar se me da bien.

– ¿Cuantas horas llevas sin dormir, Chase?

– Demasiadas. Pero en este plan… No puedo echarme a dormir sabiendo que tenemos a un traidor entre nosotros.

– ¿Qué quieres que haga? -preguntó Luke en tono más amable.

– Necesito que mantengas los ojos abiertos. Ese es uno de los motivos por los que te he mandado a casa. Cuando Bobby mató a la enfermera podría haber matado a Susannah. Me pregunto por qué no lo hizo.

– ¿Sólo lo sé yo?

– Sí. Si yo muero en circunstancias misteriosas, tendrás a los OPS más pegados a ti que la mierda al culo.

– Gracias -respondió Luke con ironía-. Haré todo lo que pueda y más para que sigas con vida.

Chase volcó el paquete de palomitas.

– Hala, reventad -masculló dirigiéndose a los patos.

– Todo irá bien -lo tranquilizó Luke-. Lo resolveremos.

– Sí, claro. Solo espero que para entonces quede algún agente en pie.

Atlanta,

domingo, 4 de febrero, 15:55 horas

Desde su puesto, cuidadosamente elegido entre la gente que se alineaba en la sala, Bobby contó a seis mujeres en la tarima. Estaban cinco de las víctimas a quienes Garth había violado y la dulce Susannah, sentada en el extremo izquierdo de la mesa, lo más cerca posible del borde de la tarima. La suerte le sonreía.

A diferencia de las mujeres. Se las veía serias, algunas obviamente nerviosas. Gretchen French llevaba el brazo en cabestrillo, y Bobby se sintió satisfecha. Pero Susannah aparecía serena y eso le enfureció. Debía de haberse aplicado muy bien el maquillaje porque no se le veían las ojeras y Bobby sabía a ciencia cierta que llevaba días enteros sin dormir.

Pero eso no importaba. Pronto estaría muerta; una bala le atravesaría el corazón. El proyectil de nueve milímetros que Bobby llevaba guardado en el bolsillo cumpliría muy bien su función.

Había pasado por delante del detector de metales con una sonrisa y la acreditación visiblemente colgada al cuello. Incluso vista de cerca, el maquillaje, el relleno del sujetador y la peluca de Marianne le habían permitido hacerse pasar por ella ante los más duros críticos. Aun así, se le encogió el estómago al pensar en Charles. Puto viejo. «¿A ti qué te preocupa lo que él piense?»

La cuestión era que después de pasarse media vida pensando en él no podía olvidarlo así como así. Pero quería ponerse a prueba a sí misma. Era orgullosa, y muy diestra. Pronto Charles lo sabría, igual que todos los que estuvieran viendo en directo la CNN y los que vieran las inacabables repeticiones posteriores de la noticia.

Bobby resistió la tentación de llevarse la mano a la pistola guardada en el bolsillo. Era de verdad. Estaba cargada. Lo había comprobado en el aseo de señoras unos minutos después de que se la pasaran desde atrás, envuelta en una chaqueta y guardada dentro de una mochila. Su contacto lo había hecho muy bien. «¿Lo ves, viejo? Sí que tengo algo.» Tenía a un topo dentro del GBI.

«Pero ese contacto te lo ha pasado Paul. Y a Paul te lo pasó Charles.» La idea le dejó un regusto amargo. Al volver a pensarlo se dio cuenta de que habían jugado con ella. Había conocido a Paul en el momento preciso en que necesitaba un contacto dentro del Departamento de Policía de Atlanta. Entonces le había parecido cosa del destino. Ahora se daba cuenta de que no era más que uno de los peones que Charles llevaba arriba y abajo en aquella caja de marfil.