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Pero ahora necesitaba concentración. Durante la hora siguiente sería Marianne Woolf, el as del periodismo. En ese tiempo a Marianne la acreditación no iba a hacerle falta, al menos mientras no despertara. Después de todo no estaba muerta, solo la había dejado inconsciente. A ella no había necesidad de matarla. Bobby no mataba a todo el mundo, a pesar de lo que creyera Paul. Paul, ese hijo de puta.

«No pienses en él o fallarás. Piensa en…» Buscó algo en qué pensar. «Marianne.» A Bobby siempre le había caído bien Marianne. En aquella escuela privada donde la gente andaba más tiesa que un palo de escoba, ella se había dignado a dirigirle la palabra. Los cerdos ricachones la habían bautizado como «la más dispuesta a hacérselo con cualquiera» y ya entonces Marianne necesitaba desesperadamente una amiga.

Su amistad había continuado a lo largo de los años, sobre todo desde que Garth fue elegido alcalde. A partir de ese momento muchas de las cerdas ricachonas que hasta entonces no le habían prestado la más mínima atención se volvieron de lo más atento. Asistía sonriente a sus comidas con fines benéficos mientras en su fuero interno se regodeaba pensando que habían aceptado a una asesina y puta de lujo en su reunión de mesas cubiertas con finos encajes irlandeses sobre las que tomaban el té servido en juegos de plata dignos de un anticuario.

Pero el día en que la invitaron a tomar el té en casa del juez Vartanian lo pasó muy mal. Había tenido que echar mano de todo su autocontrol para permanecer sentada entre la serena elegancia que confería una fortuna de abolengo sin gritar «¡Es mío!» y agarrar a Carol Vartanian por el cuello. Antes había tenido que ir a ver a Charles para tranquilizarse. Él le había asegurado que llegaría su momento de gloria, que algún día sería ella quien se sentara en aquella mansión a tomar el té servido en el juego de plata de la bisabuela Vartanian.

Ahora sabía que eso no sucedería jamás. Ahora la policía sabía quién era. Susannah lo había echado todo a perder cuando encontró a la chica en el bosque. Ahora tendría que marcharse de Dutton, de Georgia. Tendría que marcharse del maldito país.

Incluso Charles la había abandonado.

«No pienses en Charles, aguza todos los sentidos. Piensa en los Vartanian.» Había deseado tanto partirle el raquítico cuello a Carol Vartanian hasta el punto de convertirse en una necesidad. La esposa del juez había sido la causante de que los Styveson se vieran obligados a abandonar la lucrativa parroquia de Dutton antes de que Bobby tuviera uso de razón. Había sido Carol quien se había interpuesto y había desterrado a su padre a iglesias miserables en medio de la nada. Había sido Carol Vartanian quien había arruinado su vida. Su madre se lo había contado.

Y había sido Susannah Vartanian quien había ocupado su lugar en la vida. Allí, en aquella gran casa, llena de cosas bonitas. La ropa de diseño, las perlas heredadas desde hacía seis generaciones. Ese día era Susannah Vartanian quien iba a perderlo todo. Primero la dignidad, y luego la vida.

Bobby resistió la tentación de juguetear con la acreditación de Marianne Woolf que colgaba de su cuello. Marianne había respondido rápidamente esa mañana a su petición de ayuda, tal como Bobby sabía que haría. A Garth lo habían detenido y sus cuentas bancarias estaban bloqueadas. «¿Qué va a ser de mí?» Marianne se había tragado el anzuelo con sedal y plomo incluidos. Sin duda la promesa de una exclusiva no había perjudicado a su vocación de buena samaritana.

La agente del GBI Talia Scott avanzó por la tarima y les estrechó la mano a todas las mujeres sentadas a la mesa. Se inclinó sobre Susannah con expresión preocupada, pero ella asintió con aire resuelto. Scott bajó por un lateral y Gretchen French se acercó el micrófono.

Gretchen se aclaró la garganta.

– Buenas tardes. Gracias por venir. -Las conversaciones cesaron enseguida y todas las miradas se orientaron hacia la tarima-. Somos seis de las dieciséis mujeres violadas por los hombres de Dutton a quienes los medios han bautizado como «El club de los violadores muertos». Por favor, comprendan que la cosa no tiene nada de cómica para las seis mujeres sentadas ante ustedes ni para las siete que por motivos que ya han sopesado han decidido no aparecer. Ni para las tres que no sobrevivieron. Esto no tiene nada de gracioso. No es divertido. Es real y nos sucedió a nosotras.

Unos cuantos periodistas parecían avergonzados «Gretchen es muy buena», pensó Bobby.

– Fuimos dieciséis -prosiguió Gretchen-, y nos violó una banda de jóvenes que utilizaban la vergüenza y el miedo para cerrarnos la boca. Ninguna de nosotras sabíamos que había otras. De haberlo sabido, habríamos hablado entonces. Pero lo hacemos ahora. Estamos abiertas a sus preguntas, pero les aviso que estamos en nuestro derecho de preferir no responder.

«Se acerca el momento», pensó Bobby, y su pulso se aceleró. Un periodista que trabajaba para un diario, por así decir, famoso por sobrepasar los límites del buen gusto había recibido una llamada anónima, y ella aprovecharía el consiguiente revuelo para sus propios fines. Avanzó con aire distraído entre la multitud hasta situarse donde pudiera apuntar bien. Tenía planeado disparar tres veces. El primer disparo acabaría con Gretchen French y causaría una gran conmoción. El segundo iría dirigido a la pequeña y buena Susannah. «El tercero -pensó Bobby- será para el pobre desgraciado a quien le toque estar a mi lado.» La subsiguiente desbandada general era todo cuanto necesitaba para huir. Ya había funcionado antes y Bobby tenía la firme convicción de que lo que funcionaba bien no había que tocarlo. Además, como la otra vez, Bobby contaba con un plan para darse a la fuga trazado a la perfección.

Escrutó la multitud. El periodista a quien le había comunicado la noticia se encontraba en la tercera fila. Sus ojos tenían un brillo feroz. Estaba aguardando el momento oportuno para atacar.

«Igual que yo.»

Susannah estaba tranquila; tanto que incluso le extrañaba. Miró el mar de rostros y supo que había tomado la decisión correcta. También sabía que los rumores se habían desatado en el momento mismo en que ocupó su sitio en la mesa. Los medios de comunicación sabían que las víctimas iban a pronunciarse, pero no tenían ni idea de que Susannah fuera una de ellas. Era obvio que ahora sí que lo sabían. La habían reconocido al instante y el runruneo se había propagado por toda la sala, electrizante y virulento. Los periodistas habían echado mano de sus BlackBerries y sus móviles; todos querían ser los primeros en comunicar la suculenta noticia.

Marianne Woolf se encontraba en un lado, algo apartada. Había acudido a cubrir la noticia para el Dutton Review, el periódico que dirigía su marido. Esa mañana el diario había presentado en portada las fotos hechas por Marianne del asesinato de Kate y del funeral de Sheila. Susannah pensó que al día siguiente sería ella quién apareciera en la portada.

Luke también estaba allí, de pie casi al final de la sala, atento, en guardia. Todas las víctimas, incluida Susannah, habían entrado por una puerta trasera para evitar aglomeraciones, pero todos los demás habían tenido que pasar frente a un detector de metales. El GBI no pensaba jugársela con respecto a su seguridad. Aun así, Susannah sabía que Luke estaba examinando todos los rostros, todos los movimientos. Resultaba tranquilizador saber que él la protegía.

Talia había dedicado unas palabras de apoyo a todas las mujeres allí sentadas y se había detenido ante Susannah para preguntarle una vez más si estaba segura de querer hacerlo. Susannah estaba muy segura.

Cuando Gretchen empezó a hablar todo el mundo guardó silencio. Gretchen había compartido de antemano el discurso inicial con las otras cinco víctimas, y sus palabras elocuentes y llenas de sentimiento habían hecho que a más de una se le saltaran las lágrimas. Sin embargo, ahora todas parecían estar serenas, a punto para responder a las preguntas.