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– Pero… -Susannah gritó de dolor cuando una bota aterrizó sobre su brazo.

– Suelte la pistola y ponga las manos donde podamos verlas -gruñó otra voz.

Con el brazo dándole punzadas y el corazón acelerado, Susannah dejó la pistola sobre la tarima y extendió las manos hacia delante. Seis policías de uniforme le apuntaban a la cabeza.

– Escúchenme -dijo en voz alta. Mierda. -Se estremeció cuando la bota le dejó libre la muñeca y la sustituyó el frío acero de unas esposas-. Es…

El policía le había aferrado el otro brazo y se lo estaba retorciendo hacia la espalda cuando alguien saltó a la tarima y bramó con voz autoritaria.

– ¡Agente! ¡Déjela! ¡Déjela ya!

«Luke. Por fin.» Susannah exhaló un suspiro y los seis policías retrocedieron a la vez. Luke se arrodilló a su lado.

– ¿Qué coño ha pasado aquí? -gritó Chase por detrás de ella.

– No lo sé -respondió Luke-. Susannah, ¿dónde te duele?

Susannah lo aferró por el brazo y se puso de rodillas con las esposas colgando de la muñeca derecha. La sala empezó a darle vueltas y cerró los ojos con fuerza.

– Era Bobby. Tiene una pistola. Está aquí, en alguna parte, entre la gente.

– ¿Qué? -se extrañó Luke.

– ¿Dónde? -le espetó Chase.

– Por ahí -señaló, y rezó para que el cordero de mamá Papa se asentara en su estómago revuelto. Ahora que todo había terminado, estaba temblando como un flan y hablaba de forma inconexa-. Lleva una peluca. Marianne Woolf. Parece Marianne. -Una oleada de histeria se estaba abriendo paso en su interior, y la controló-. Lleva una gabardina negra.

– Ya voy. -Chase había echado a correr y la tarima se agitaba-. Tú quédate con ella.

Susannah tragó saliva. La cabeza y el estómago le daban vueltas. Luke le estrechó los hombros.

– Dios mío, Susannah.

Ella se obligó a abrir los ojos y lo vio mirándole el pecho con horror. Poco a poco, bajó la cabeza y miró perpleja el chaleco Kevlar que aparecía bajo el agujero de bala de su jersey, justo a la altura del corazón.

– Mierda -masculló-. Era el último conjunto limpio que me quedaba.

Bobby se desabrochó la gabardina con una mano mientras maldecía a Susannah Vartanian. «La muy cabrona.» Las balas le habían rebotado, tanto literal como metafóricamente. «A mí el brazo me escuece como un demonio y Susannah Vartanian debería estar muerta.» Muerta. «Un chaleco.» Susannah llevaba un puto chaleco. «Tendría que habérmelo imaginado. Tendría que haberlo planeado. He fallado.»

«Deja de pensar en Susannah y busca la forma de salir de aquí.» Solo pasarían unos segundos antes de que Susannah hiciera saltar la alarma, suponiendo que le dejaran hablar. De momento pensaban que era la agresora. Resultaba deliciosamente irónico.

«Apresúrate. Márchate de aquí.» Entre los empujones de la multitud, Bobby consiguió quitarse la gabardina y se tapó con ella el brazo herido. Tenía el paso libre gracias al topo del GBT que había envuelto la pistola con una chaqueta antes de guardarla en la mochila y pasarle esta a Bobby al inicio de la rueda de prensa. La chaqueta en cuya espalda aparecía el escudo del GBI le iba un poco justa, pero cumpliría su cometido. Deslizó con rapidez la acreditación de Marianne Woolf bajo su blusa.

– Disculpen -dijo en voz alta-. Dejen paso. -El grupo que la rodeaba miró su chaqueta y se hizo a un lado-. Mantengan la calma -dijo en tono neutro-. Mantengan la calma.

La policía estaba apiñando a la multitud en el centro de la sala para alejarla de los accesos. Bobby, con la cabeza muy erguida, salió por una de las puertas traseras y saludó con la cabeza a un miembro de la policía de Atlanta que montaba guardia. Él le devolvió el saludo con brevedad y volvió la vista hacia la multitud.

Ella mantuvo la cabeza erguida mientras pasaba junto a los policías que vigilaban en el pasillo.

– ¿Alguna novedad? -le preguntó uno.

Ella negó con la cabeza.

– Tienen a uno de los agresores pero siguen buscando al segundo. Perdón. -Mientras se alejaba con la chaqueta sobre el brazo, introdujo la mano derecha en el bolsillo donde tenía guardada la pistola. El brazo le dolía a más no poder, pero aún podía mover la mano. Ya veía la puerta. Unos pasos más y sería libre.

– ¡Policía!

«Mierda.» Mientras corría hacia la puerta, se volvió y empezó a disparar.

– Te ha disparado. -Luke, arrodillado sobre la tarima, tenía el corazón a la altura de la campanilla.

Susannah se presionó el pecho con la base de la mano, cubriendo el agujero del jersey.

– Ya lo sé. Duele como un demonio. -Frunció el entrecejo, tratando de concentrarse-. Bobby está herida. Le he disparado en el brazo derecho. Llevaba una pistola en el bolsillo de la gabardina y pretendía dispararme, otra vez. Mierda.

Luke se esforzó por apartar de sí el miedo. Los policías seguían mirándolos y Susannah aún llevaba las esposas atadas a la muñeca derecha. Había disparado en medio de una multitud. Miró la pistola sobre la tarima y enseguida supo de dónde procedía. «Leo.» Eso les acarrearía problemas, pero ya se ocuparía de ello más tarde. Ahora tenía que centrarse en Susannah. Tenía el rostro ceniciento y los ojos demasiado brillantes. Temblaba. Sentía dolor. Estaba en estado de shock.

Y los flashes de las cámaras seguían disparándose. Tenía que sacarla de allí.

– ¿Te tienes en pie?

Ella asintió con gravedad.

– Sí. -Se volvió mientras él la ayudaba a ponerse en pie y se quedó mirando a los paramédicos que estaban atando a Gretchen French a la camilla-. ¿Está muy grave?

– Ella no llevaba chaleco -dijo Luke-. Pero está consciente y eso es buena señal. -Miró al policía que lo observaba con los ojos entornados. Luke ignoró su mirada y se fijó en la placa-. Agente Swift, voy a llevármela de aquí. Por favor, quítele las esposas aquí, donde lo vean las cámaras. Yo me hago cargo de la agresión.

Susannah extendió el brazo y Swift le quitó las esposas.

– Ha sido en defensa propia -dijo en voz baja-. Antes me han disparado a mí.

El agente Swift echó un vistazo al agujero de su jersey.

– Ha disparado en medio de un grupo de gente inocente, señorita Vartanian.

– Y si no lo hubiera hecho, estaría muerta. -Sendas manchas de color carmesí destacaron en sus pálidas mejillas. Estaba enfadada, pero controlaba la voz.

Swift apretó la mandíbula.

– Lo anotaré en el informe y me aseguraré de que mis superiores reciban una copia.

– Asegúrese de que yo también reciba una. -Luke recogió la pistola y el bolso del suelo y tomó a Susannah por el brazo más en señal de apoyo que para sujetarla-. Ven conmigo -musitó-. Daremos unos pasos y llegaremos a la puerta.

– ¿Dónde están las demás? -preguntó, ahora con voz trémula.

– Talia se las ha llevado por la puerta de atrás. Están todas bien. -La acompañó hasta la salida y cerró la puerta tras de sí. El ruido disminuyó de inmediato.

Ella relajó ligeramente los hombros.

– Qué silencio -dijo con un suspiro-. Si hasta me oigo…

– ¡Policía! -El grito se oyó al doblar la esquina, y lo siguieron dos disparos. Luego sonaron más disparos. Entre ellos Luke oyó las escalofriantes palabras-: Agente herido.

«Chase.» Luke extrajo la radio del cinturón.

– Soy el agente especial Luke Papadopoulos. Agente Wharton, ¿cuál es su estado? -No obtuvo respuesta y su corazón se disparó de nuevo-. Chase, ¿dónde estás?

Dos disparos más sonaron por la radio. Entonces oyó la voz de Chase y Luke dejó caer los hombros aliviado.

– Han herido a un agente de la policía de Atlanta. La sospechosa se ha escapado.

Había conseguido escapar. Otra vez. «Mierda.»

– Voy hacia ahí. -Luke dobló la esquina junto con la pálida Susannah y la guió por otro pasillo hasta una puerta que daba al exterior. En ese momento entraba Chase. Seguía hablando por la radio y su expresión era feroz. Sentado a un lado había un policía uniformado que, con el rostro pálido, se aferraba el muslo mientras sus manos se iban cubriendo de su propia sangre. Otro agente le estaba prestando los primeros auxilios.