– Garth miente -dijo Susannah en voz baja; demasiado baja. La mano que asía la de Luke le tembló.
– Hablaremos con él -prometió Luke-. Pero hoy no. Te llevaré a casa.
Chloe se puso en pie.
– Lo consultaré con la almohada y mañana le comunicaré mi decisión.
Cuando Chloe se hubo marchado, Luke estrechó a Susannah entre sus brazos.
– Todo irá bien -musitó contra su pelo-. Pasé lo que pase.
Ella se aferró a él con fuerza, le temblaba todo el cuerpo.
– ¿Cómo lo sabes?
Él la besó en la frente antes de levantarle la barbilla para mirar la a los ojos.
– Porque has superado cosas muchísimo peores tú sola. Y ahora ya no lo estás.
Muchas emociones se mezclaron en su mirada. Luke comprendía la furia y el miedo. La gratitud le molestaba. Pero fue la esperanza lo que hizo que también a él se le humedecieran los ojos. Entonces ella le sonrió y se puso de puntillas para rozar los labios con los suyos en un gesto que hizo que todos los músculos de su cuerpo se tensaran.
– Entonces todo irá bien. Vámonos de aquí. Tengo la sensación de que podría dormir un año entero.
Dutton,
domingo, 4 de febrero, 19:45 horas
– Mierda -musitó Bobby, con los labios lívidos del dolor-. Ten cuidado.
Charles arqueó las cejas.
– Si lo prefieres puedo llamar al 911.
Bobby le lanzó una mirada furibunda.
– Te he dicho que sentía lo de esta mañana y te he dado mil gracias por acudir a socorrerme, a pesar de que has tardado muchísimo.
– Ya te he dicho que no podía soltarlo todo de las manos. Es taba con un cliente.
– ¿Cuál? -preguntó ella.
Él la miró con severidad.
– ¿Desde cuándo eso es asunto tuyo?
Ella bajó los ojos.
– Lo siento. Quítame eso de ahí, ¿vale?
De pronto él se echó a reír al recordar la mirada de Rose Bowie cuando su móvil empezó a vibrar sobre la mesa en el momento justo en que empezaba a establecer contacto con el más allá.
– La verdad es que has telefoneado en el momento perfecto. Pensaba que a Rose Bowie iba a darle un infarto.
– ¿Rose Bowie? ¿Qué quería esa vieja pordiosera?
– Le preocupaba que mañana hubiera alguna escena violenta en el funeral de su hija -dijo, estirando el brazo de Bobby mucho más de lo necesario-. Rose no quiere que ocurra nada parecido a lo que sucedió en el entierro de Sheila Cunningham. Como estaba bastante seguro de que no pensabas disparar a nadie más, le he dicho que podía estar tranquila.
– ¿Y te ha pagado por eso?
– Una cifra considerable, en parte por la predicción y en parte para que no le cuente a nadie que viene a verme. La candidatura de su marido no se vería nada beneficiada si se conocieran sus escarceos con las ciencias ocultas. Y a sus amigos de la Iglesia baptista tampoco les haría ninguna gracia.
Rose era una de sus mejores clientas. Claro que Carol Vartanian le pagaba mucho más. Charles echaba de menos aquellas sesiones. ¿Quién iba a imaginar que detrás de aquella apariencia fría latía el corazón de una mujer que despreciaba por completo a su marido? Empezó a ir a ver a Charles para que le predijera el futuro y él se había asegurado de que se confirmara lo suficiente para que Carol siguiera creyendo en cada palabra que brotara de su boca. Ella había seguido acudiendo movida por el perverso deseo de hacer precisamente lo que a su marido le dolería más.
Él había salido ganando con el hecho de que el sexo fuera la mejor arma de Carol Vartanian. Sí, la echaba de menos. Susannah se parecía mucho a su madre. «Habría supuesto un placer inmenso iniciarla, hacerle depender de cada una de mis palabras.» Pero esa jugada ya no era posible, si es que lo había sido alguna vez. Nunca había puesto en duda que Susannah iba a morir. El que fuera a tener una muerte dolorosa era un hecho inevitable desde la noche en que destruyó a uno de sus mejores y más brillantes alumnos.
«El ojo por ojo es una solución de tontos», decía siempre Pham. Su mentor nunca se equivocaba. Charles se inclinó sobre el brazo de Bobby y fue haciendo salir la bala de la herida con tirones bruscos.
– Te has arriesgado mucho viniendo aquí, a esta casa.
– Aquí no me buscarán, y aunque lo hicieran, hay un montón de sitios donde esconderse. Mierda -volvió a susurrar-. Qué daño.
Charles ya se imaginaba que le dolía. Le tendió una botella del mejor whisky de Arthur.
– Bebe.
Ella apartó la botella.
– No puedo emborracharme. Tengo que estar lúcida por si vienen a por mí.
– Acabas de decir que aquí no te buscarán. -Él volvió a dar un tirón y se ganó otra sarta de improperios.
– ¿Quién te enseñó a extraer balas, Joseph Mengele? -masculló ella.
– De hecho aprendí quitándome una de la pierna -dijo él sin alterarse.
Ella observó el bastón que había apoyado contra la mesa.
– Vaya.
Charles extrajo la bala retorciéndola. Hacía rato que podría haberlo hecho, pero jugar con Bobby se había convertido en un clásico. La sostuvo en la palma de la mano para que ella la viera.
– ¿Quieres guardártela de recuerdo? -se burló.
– ¿Lo hiciste tú con la que te disparó algún soldado del Vietcong?
Charles se planteó darle un bofetón que la dejara inconsciente. No habría tenido que golpearla muy fuerte, y precisamente le pareció que no tenía gracia destruirla cuando su autocontrol ya pendía de un hilo. Sin embargo, Bobby aún se controlaba, y en cierto grado, aunque pequeño, la admiraba por ello; por eso le respondió.
– Pues sí. Guardé la bala para recordar siempre el odio que sentí en ese momento. Era esencial sentirlo para sobrevivir. Y no fue ningún soldado del Vietcong quien me disparó -añadió. Después de todo, eso era motivo de orgullo.
Ella cerró los ojos y exhaló un hondo suspiro.
– Entonces, ¿quién te disparó?
No se lo había preguntado nunca hasta ese momento; no había tenido agallas. Toby Granville sí que se lo había preguntado hacía mucho, mucho tiempo. Entonces tenía trece años y estaba mucho más seguro de sí mismo de lo que Bobby lo había estado jamás. En aquel momento Charles le había respondido a Toby. Decidió responderle a Bobby ahora.
– Otro soldado norteamericano. Nos escapamos juntos.
Ella abrió los ojos, lo justo para que parecieran estrechas rendijas en su rostro. Él seguía limpiándole la herida.
– ¿De dónde?
– De un lugar infernal del sudeste de Asia conocido como campo de prisioneros.
Ella exhaló un suspiro entre dientes.
– Eso explica muchas cosas. -Se estremeció cuando él le pinchó con la aguja-. Señor. ¿Por qué te disparó?
– Por un mendrugo de pan -dijo él, con voz igualmente serena a pesar de que al pronunciar las palabras en voz alta su interior se puso al rojo vivo-. Luego me dejó tirado para que muriera.
– Es evidente que no moriste.
– Es evidente. -Pero eso sí que no lo compartía con nadie.
Ella apretó los dientes cuando él empezó a suturar la herida.
– ¿Y tu venganza?
– Tardó tiempo en llegar. -Charles pensó en el hombre encerrado en una prisión de Nueva York por un crimen que no había cometido para proteger a la familia que nunca tendría la oportunidad de conocer. El hombre que merecía todos los días de su tormento y más-. Pero era una venganza larga y valió la pena esperar. Todos los días sonrío al pensar que él está sufriendo, en cuerpo, mente y alma. Sufrirá el resto de su vida.
Ella permanecía callada mientras él seguía dando puntos.
– ¿Por qué no lo mataste? -preguntó al final.
– Porque en su caso la muerte era una venganza demasiado rápida.
Ella asintió. Los dientes le habían dejado una marca en el labio inferior, pero no se quejó. Esa era la chica dura a quien había conocido tantos años atrás. Esa era la valiente a quien hacía tanto tiempo que no veía. Él tiró con fuerza del hilo. Ella respiró hondo pero guardó silencio, así que la presionó más.