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– En cuanto a Susannah…

– La quiero muerta -exclamó Bobby entre dientes-. Pero no quiero que tenga una muerte rápida.

– Bien -respondió él con un ligero exceso de vehemencia, y ella lo miró con los ojos entornados.

– Tú también la odias. ¿Por qué?

Él frunció el entrecejo, enfadado consigo mismo por mostrarse tan transparente.

– Tengo mis motivos.

Ella lo miró con mala cara.

– Llevas todos estos años avivando mi odio, animándome a que tome lo que es mío.

Él le vendó el brazo.

– Tal como debe ser. Susannah ha vivido una vida que te pertenecía a ti. -Le colocó el brazo en cabestrillo y retrocedió-. Ya he terminado.

– Yo no. Llevas años pidiéndome que la mate para ti. ¿Por qué odias a Susannah Vartanian? ¿Qué te ha quitado a ti? -Al ver que no le respondía, lo asió del brazo con la mano libre-. Dímelo. -Se elevó sobre él; sus fríos ojos azules arrojaban fuego, y durante un brevísimo instante él sintió un atisbo de miedo.

«Bien hecho», pensó, orgulloso de ella de nuevo. Le retiró la mano de la manga con cuidado.

– Siéntate antes de que te desmayes. Has perdido mucha sangre.

Ella lo hizo. Estaba pálida y temblorosa pero llena de fuerza.

– Dímelo -repitió, en voz más baja-. Si voy a matarla para ti, al menos tengo derecho a saber por qué. ¿Qué te ha quitado?

Charles la miró a los ojos. La propuesta le parecía justa.

– A Darcy Williams.

Atlanta,

domingo, 4 de febrero, 19:45 horas

– Susannah, despiértate. No podemos llegar tarde.

Susannah se esforzó por abrir los ojos. Luego se incorporó de golpe mientras miraba alrededor.

– ¿Qué hacemos aquí? -«Aquí» quería decir el aeropuerto y Luke estaba aparcando el coche.

– Es una sorpresa -fue toda su respuesta-. Merecerá la pena, te lo prometo.

– ¿Qué hacemos aquí? -volvió a preguntar ella cuando él la guió hasta la zona de recogida de equipaje y la pared en la que había apoyada una maleta enorme-. ¿Has pedido que me enviaran la ropa? Pero ¿cómo…? -Se interrumpió cuando él la tomó por los hombros y le dio la vuelta. Susannah miró la maleta un momento y entonces su corazón se derritió-. ¡Oh! -Corrió hasta el rígido portamascotas apoyado en la pared y se arrodilló para mirar por la portezuela enrejada. Una cara familiar se asomó y se alegró mucho de verla. Thor-. ¿Cómo te las has arreglado para traerla?

– Al y yo hablamos con el personal de la residencia para que la mandaran.

Ella abrió la portezuela enrejada lo suficiente para poder acariciar a su suave perrita.

– Buena chica -musitó-. Te he echado de menos. Enseguida; enseguida saldrás. -Cerró la portezuela y miró a Luke, y la ternura que observó en su rostro hizo que se le pusiera un nudo en la garganta.

– La echabas de menos -dijo él-. He pensado que todo sería más fácil si ella estaba aquí.

Ella no se movió. Tragó saliva.

– Eres muy amable.

Él movió las cejas arriba y abajo.

– ¿Y?

Ella se echó a reír.

– Y también irresistible a más no poder. -Y de verdad lo era.

Le recordaba a un pirata, con su barba incipiente, sus ojos negros y su sonrisa maliciosa. La alegría la desbordó y se sorprendió a sí misma cuando le arrojó los brazos al cuello. Él también se sorprendió a juzgar por su repentina inspiración, pero ello no le impidió atraerla hacia sí y elevarla hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo.

Entonces ella también inspiró con fuerza al notar que de repente él se ponía rígido, completamente excitado. Notó que se le erizaba la piel y su cuerpo respondía, y en ese momento lo deseó.

«No tienes por qué parar esta vez. Él lo sabe todo, y no le importa. Deja de comportarte como una cobarde.» Se apartó para verle la cara y su ya acelerado corazón se disparó. La ternura había desaparecido por completo de su semblante y había dado paso a una violenta avidez.

– Gracias. -Ella le obsequió con un beso, rico y profundo, y notó que su imponente cuerpo se estremecía.

Él también lo necesitaba. Al percatarse sintió ganas de besarlo otra vez, y lo hizo hasta que le oyó emitir un gemido gutural en que se mezclaban el alivio y la frustración.

– Aquí no -dijo mientras echaba la cabeza hacia atrás y respiraba tan hondo que le presionó los senos con el tórax. Ella volvió a estremecerse, y mientras le acariciaba con la boca el firme perfil del cuello notó el latido de su pulso contra los labios.

Tras ellos Thor ladró desde la maleta portamascotas y devolvió a Susannah a la realidad.

– Oh.

Luke esbozó una sonrisa pícara cuando la bajó al suelo, lo bastante lejos de sí.

– ¿Podrías volver a darme las gracias de la misma forma cuando no estemos en un aeropuerto lleno de gente?

Ella se ruborizó, pero no quiso apartar la mirada.

– Sí.

Estiró los brazos como si fuera a atraerla hacia sí de nuevo, pero en vez de eso se llevó la mano al bolsillo y sacó una correa de nailon.

– Es de Cielo. Tenemos que ir a comprar otra para… -Levantó la maleta portamascotas con una mueca.

– Thor -dijo ella en tono amable-. ¿Qué pasa?

– Nada malo, sólo que un perro llamado Thor debería pesar más de diez kilos.

Ella le sonrió.

– Y un feo bulldog no debería llamarse Cielo.

Él dio un resoplido.

– No es tan fea.

Ella se echó a reír.

– Eres un blandengue.

– Vuelve a darme las gracias cuando estemos en casa y ya verás lo blandengue que soy.

A ella volvió a disparársele el corazón y descubrió que le gustaba aquella sensación, la expectativa. La emoción.

– A partir de este momento tenemos una cita.

Dutton,

domingo, 4 de febrero, 19:45 horas

Bobby observó a Charles limpiar metódicamente sus utensilios quirúrgicos. Tenía una buena colección. Bobby imaginó que algunos de los secretos que conocía tenía que arrancarlos un poco más a la fuerza que otros. Al haber probado ese día su bisturí, comprendió a la perfección por qué tenía tanto éxito a la hora de destruir las defensas de sus oponentes.

– Entonces… -Ladeó ligeramente la cabeza-. ¿Quién era Darcy Williams?

– Era mía.

Ella asintió. Por la mañana había utilizado la misma expresión.

– ¿Cómo Paul?

Él asintió.

– Como Paul.

– ¿Es hijo tuyo?

A él la pregunta le hizo sonreír.

– En cierto modo.

– ¿Lo has criado tú?

– Sí.

– ¿Y a Darcy también?

– Más o menos.

– Pero Susannah no mató a Darcy Williams.

Su mirada se tornó fría.

– Ella no le dio la paliza, pero hizo imprescindible que muriera.

– No lo entiendo.

– No pretendo que lo entiendas. -Cerró la bolsa-. Llámame cuando estés a punto para mover tu ficha. Me gustará estar presente.

Bobby lo observó marcharse, apoyándose más de lo habitual en el bastón.

– ¿Charles?

Él se volvió, con la expresión más dura que una piedra.

– ¿Qué?

Ella se llevó la mano al vendaje.

– Suelo pagar mis deudas. Aquí tienes un poco de información. Mi topo del GBI me ha informado de que Susannah Vartanian le ha descrito a una retratista cómo era el hombre que la violó en Nueva York. Le han pedido que enviara por fax el retrato al fiscal de Nueva York para que se lo mostrara al hombre que cumple condena por el asesinato de Darcy Williams.

Por primera vez en toda su vida Bobby vio que Charles palidecía.

– Y ¿lo ha hecho?

– No. -Bobby arqueó las cejas-. Hoy, cuando me ha recogido después de la rueda de prensa, le he preguntado por qué. Me ha respondido que el hombre del retrato era el policía que la pilló y no la detuvo, el que utilizaba el crimen que había cometido para chantajearla en espera de que llegara su momento. Puesto que el policía del retrato era Paul, no me ha costado mucho atar cabos. Y puesto que Paul es tan importante para ti…