– ¿Y tú no?
Susannah se dio cuenta de que sí, lo estaba disfrutando. Se puso en pie y detuvo las manos sobre la cremallera. Ahora era ella quien le hacía esperar. La mirada de él se ensombreció. Tiró del bajo y ella lo satisfizo bajando la cremallera y luego la falda hasta la cadera.
Él se la siguió bajando hasta los pies mientras contemplaba la ropa interior de encaje que Mitra había elegido con tanto acierto.
– Bonitas bragas -dijo con voz gutural.
Ella se dispuso a bajárselas pero él la detuvo.
– Todavía no. Vuelve a sentarte. -Él se le acercó y le posó los labios en un muslo y luego en el otro, hasta que a Susannah le temblaron las piernas.
– Luke -susurró, aguardando a que su boca rozara la zona que sentía palpitar. Pero él no lo hizo; pasó de largo las braguitas y le levantó la sudadera lo justo para besarle el vientre.
– No puedo dejar de pensar en ti, arrodillada en medio del bosque en sujetador. -Tenía la voz entrecortada-. Enséñamelo otra vez, por favor.
Ella volvió a satisfacer su deseo, consciente de que aquello resultaba tan excitante para él como lo era para ella. Se pasó la sudadera por la cabeza, la dejó caer al suelo y aguardó. Él tomó aire y luego lo exhaló.
– Bonito. Muy bonito.
Le apartó las piernas con suavidad y se arrodilló frente a ella mientras iba subiendo las manos por su espalda. Fue besándola hasta llegar a su estómago; luego entre los senos. Ella aguardó, conteniendo la respiración, pero él siguió hacia arriba y la besó en el hueco de la garganta. La risa de ella sonó entrecortada.
– Luke. -Le notó sonreír contra su cuello.
– ¿Te lo estás pasando bien, Susannah?
A ella le entraron ganas de estrangularlo.
– Sí. No. Mierda. ¿A qué estás esperando?
– Te estoy haciendo el amor -dijo él con ligereza-. Tú quieres correr mucho pero yo he esperado esto mucho tiempo. -Le acarició el seno con la nariz a través del sujetador y ella ahogó un grito.
– Me conociste la semana pasada.
– Pero llevo esperándote toda la vida. -De repente levantó la cabeza y la miró con sus ojos penetrantes-. Es cierto. Parece una frase hecha, lo sé, pero es la pura verdad.
Ella le acarició la mejilla con el pulgar y su barba incipiente le hizo cosquillas en la piel.
– Ya lo sé. -Se inclinó hacia delante y posó los labios en los de él-. Yo también.
– Te deseo -susurró él, con voz trémula.
– Pues deja de juguetear -musitó ella-. Hazlo.
A Luke le tembló un músculo de la mandíbula.
– ¿Qué quieres?
– Tu boca. -Ella tragó saliva-. Bésame.
Él sonrió con picardía.
– ¿Dónde?
– En todas partes. -Dios, se sentía a punto de explotar. Le rodeó las mejillas con las manos y lo atrajo hacia su pecho. Él la besó con avidez y succionó con fuerza a través del encaje. Desplazó las manos hasta el cierre de la espalda y se lo desabrochó con una facilidad asombrosa. Pero ella no pensó en cómo habría aprendido a hacerlo porque ya le había quitado la prenda y su boca le rozaba la piel. Lo sostuvo contra sí, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, disfrutando el momento.
Él se retiró lo necesario para verle la cara.
– Susannah.
Ella levantó la cabeza y se concentró en su rostro, al que ya echaba de menos.
– ¿Qué?
– Mira -dijo él con gravedad-. Míranos.
Ella desplazó la mirada hasta el espejo del tocador y se le atoró la garganta ante la visión de la morena cabeza contra su pecho. Era una imagen muy erótica. Y muy dulce. La combinación la dejó sin aliento. Él le aferraba los muslos y sus dedos jugueteaban con el borde de sus braguitas de encaje que, como ella bien sabía, aunque limpias, estaban empapadas.
– Luke.
Él levantó la cabeza. Tenía los labios húmedos de succionarle los pezones.
– ¿Qué quieres?
Ella temblaba, fuera de control. Pero las palabras no brotaban de su boca.
Él bajó la mirada a sus braguitas y luego volvió a levantarla, llena de deseo.
– ¿Y bien?
– Por favor -susurró ella.
– Pídemelo -dijo él-. Pídemelo bien.
Ella apretó los labios. Tenía las mejillas encendidas pero no se movía. Él aguardó, y al fin ella se inclinó hacia delante y le susurró al oído.
– Hazlo con la boca. Por favor.
Él se colocó sus piernas sobre sus hombros, luego gimió. Y lo que ella quería decir se disipó porque él por fin la tenía en su boca. La besó, la lamió y la mordisqueó a través del encaje, hasta que creyó que iba a morir. Empujó las braguitas hasta que él las deslizó por sus piernas. La penetró con la lengua y ella gritó, con un grito fuerte y prolongado. Y, sin embargo, veía frustrada cómo el orgasmo titilaba fuera de su alcance.
– Luke, no puedo.
Él le introdujo dos dedos.
– Sí, sí que puedes. Córrete para mí, Susannah; deja que te vea.
La levantó y volvió a besarla, con dulzura, preparándola otra vez con lentitud hasta que de nuevo resollaba. Estaba muy cerca, al borde del final.
Muy cerca, pero no llegaba.
– No puedo. -Notó el escozor de las lágrimas en los ojos-. Mierda.
Él se puso en pie, se despojó de los pantalones y quitó el envoltorio a un preservativo.
– Ponte de pie.
Ella pestañeó para apartar las lágrimas y lo miró. Tenía la respiración agitada.
– ¿Qué pasa?
Él le asió la mano y la llevó hasta el tocador.
– Mírame -dijo con voz ronca mientras se enrollaba su pelo en la mano y la obligaba a levantar la cabeza-. Mírame la cara.
Ella lo hizo. Lo miró en el espejo mientras él le separaba las piernas con la rodilla y la penetraba con un impulso duro y profundo. Y con un pequeño grito ella se corrió, convulsionándose alrededor de él, cuyo rostro se crispó mientras empujaba con fuerza una vez, dos; y a la tercera, arrojó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre. Luego se dejó caer, empujándola contra el tocador.
Ella posó la mejilla en la fría madera.
– Oh, Dios mío.
Él respiraba con agitación, y cada vez que tomaba aire la presionaba un poco más contra el mueble.
– Te has corrido -dijo, con la voz llena de satisfacción.
– Sí. -Ella lo levantó por los codos y se lo quedó mirando en el espejo-. Gracias.
Él sonrió sin dejar de resoplar.
– Ha sido un placer. Cuando quieras no tienes más que pedirlo. Lo digo en serio.
La risa se abrió paso en el interior de Susannah.
– Lo he hecho. Dios mío. Lo he hecho; y sin… Vaciló.
– Sin parafernalia de ningún tipo -terminó él, alegre-. Sin látigo, sin cadenas ni esposas.
Ella se sonrojó.
– Sí. Lo he hecho sola. Sola.
Él arqueó las cejas.
– Yo te he ayudado.
Ella volvió a reír.
– Me parece que sí. Ahora, si no me voy a dormir, me moriré.
Él retrocedió, la tomó en sus brazos sin esfuerzo y la llevó a la cama. La arropó con el edredón.
– ¿Dónde quieres que duerma yo?
Ella lo miró.
– ¿Quieres despertarte solo a las tres de la madrugada?
Sus ojos emitieron un centelleo.
– No.
– Entonces duerme aquí. -Sonrió-. Te dejaré tranquilo, te lo prometo.
Él ahogó una risita.
– Lástima.
Dutton,
lunes, 5 de febrero, 00:45 horas
Las punzadas del brazo despertaron a Bobby de repente. Se sirvió una taza de agua en el juego de té de plata de la abuela Vartanian y se tomó el ibuprofeno que Charles le había dado. Luego trató de relajarse, cubierta con el saco de dormir que había recuperado del sótano. En la etiqueta aparecía pulcramente escrito el nombre de Daniel junto con el número de su tropa de los boy scouts. Cómo no; Daniel había sido boy scout. Alzó los ojos en señal de exasperación.
El saco olía a humedad, pero estaba limpio. Lo extendió sobre el somier del antiguo dormitorio de Susannah después de retirar lo que quedaba del colchón. Alguien había entrado y había destrozado la casa, había rajado todos los cojines y los colchones con una precisión metódica. Toby Granville o Randy Mansfield, pensó. Habían estado buscando la llave de la puta caja de seguridad de Simon Vartanian.