Toby y Simon habían escondido allí las fotografías que revelaban su participación en las violaciones; lo sabía. Ella misma las había sacado hacía unos años. Había resultado muy práctico que Rocky trabajara en el banco de su tío. Bobby sabía qué encerraban las cajas de seguridad de unos cuantos habitantes de Dutton. El hecho de conocer los secretos de quienes aún la trataban como si fuera una inmundicia que había tenido la suerte de casarse bien, le hacía sentirse muy poderosa.
No obstante, ahora nada de eso importaba. Necesitaba dinero para desaparecer. Podría vender algunas de las reliquias de la familia Vartanian, como el juego de té de plata. Esbozó una sonrisa de satisfacción ante la idea. Después de tanto tiempo, por fin lo poseía. Sabía que allí había más tesoros. Cuando tuviera a Susannah en sus manos, le obligaría a enseñarle todos los escondrijos de la casa.
Utilizaría el dinero que consiguiera vendiendo los objetos para hacerse con un pasaporte con otro nombre. Con otra foto. A esas horas la suya ya aparecía en todos los informativos del país, tal vez del mundo entero.
«Mierda. ¿En qué estaba pensando esta tarde? Me podrían haber pillado.»
Había estado pensando tal como Charles quería que pensara. Se había centrado en tratar de humillar a Susannah Vartanian y verla morir en un lugar público lleno de gente, porque eso era lo que quería Charles.
Él también odiaba a Susannah, y eso no dejaba de ser interesante. Sin embargo, lo que Charles quisiera o sintiera ya no importaba mucho. «Lo que importa es lo que quiero yo.»
«Y yo quiero que Susannah Vartanian muera. Me da igual que suceda en privado.»
Claro que ahora Bobby sabía que Susannah era mucho más fuerte de lo que había creído. «Primero tengo que curarme. Luego terminaré lo que tengo pendiente.» Dejaría que Charles creyera que mataba a Susannah para él y sólo ella sabría la verdad. «La mataré para mí.» Luego desaparecería.
Atlanta,
lunes, 5 de febrero, 2:45 horas
La despertaron unos sollozos. Susannah levantó la cabeza de la almohada y por un momento se sintió desorientada. No estaba en su cama y tenía el cuerpo dolorido, en todos los lugares posibles. El olor a cedro y el sonido de los suaves ronquidos de Thor la tranquilizaron de inmediato.
Se encontraba en la cama de Luke, pero él no estaba allí.
Se levantó despacio; de repente todos los golpes y las magulladuras de los últimos tres días se hacían sentir. Con una mueca se enfundó la camisa que Luke había dejado tirada en el suelo. Olía igual que él, a cedro mezclado con un sudor limpio.
«El viernes por la mañana tomé un avión en La Guardia con la intención de dar un giro a mi vida.»
Sin duda lo había logrado, pensó mientras se subía las mangas de la camisa.
Cielo se había situado frente al otro dormitorio de la casa. La puerta estaba entreabierta y Susannah la empujó lo suficiente para echar un vistazo dentro. Había montado un gimnasio y en una esquina colgaba un saco de boxeo. Abrazado a este, con los hombros agitándose al ritmo de su llanto, vio a Luke. A Susannah se le humedecieron los ojos. Durante los últimos días lo había visto emocionarse y entristecerse muchas veces, incluso a punto de llorar, pero eso… Ese llanto procedía de lo más profundo de su ser y a Susannah se le encogió el alma.
– Luke.
Su espalda desnuda se puso rígida de inmediato. Se apartó del saco hasta erguirse por completo, pero no se volvió.
– No era mi intención despertarte -dijo con tirantez.
– Son casi las tres, hora de despertarse -bromeó ella-. ¿Puedo pasar?
Él asintió sin volverse a mirarla. Ella le pasó las manos por la espalda y notó todos sus músculos tensos.
– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó con suavidad.
– Ha llamado Nate.
– Nate, del ICAC. -El temor le atenazó el estómago-. ¿Han encontrado a las hermanas de Becky? -La amiga de Monica había muerto en su desesperado intento por proteger a esas niñitas.
– Sí. En una página de internet en la que hay que pagar para descargarse el archivo. Nate ha enviado fotos de las niñas a todas las agencias de investigación después de que esta mañana encontráramos el piso vacío. -El piso cuya dirección Monica Cassidy había memorizado, manteniendo así su promesa de ayudar a las hermanas pequeñas de Becky-. Uno de nuestros homólogos europeos se ha puesto en contacto con él y le ha dicho que habían visto a las niñas. El propio Nate las ha visto esta noche en internet. -Apoyó la frente en el saco-. Está destrozado.
– Lo comprendo.
– Hemos visto a las niñas, Susannah… Sabemos que están en alguna parte, pasándolo mal, pero no las encontramos.
Ella apoyó la mejilla en su espalda y lo abrazó. No dijo nada; no quería responder a su auténtico sufrimiento con tópicos.
– Nate -prosiguió él- lleva días visionando cintas, mirando fotos. Tendría que haber estado con él; lo he dejado solo con todo el trabajo.
– Claro, y tú mientras has estado de vacaciones en Bali -musitó ella-. Luke, has salvado a mucha gente. Aún no hace veinticuatro horas que has liberado a diez chicas. No te castigues así.
– Ya lo sé. Pero ¿por qué con eso no basta?
– Porque eres tú, y tú te implicas; te implicas mucho. Sabes que has hecho todo lo posible porque eres incapaz de hacer menos. Tienes que aferrarte a eso.
Él le cubrió las manos con las suyas.
– Me has ayudado mucho. De verdad.
– Encontrarás a Bobby Davis, y luego podrás ayudar a Nate a buscar a las Snyder y a todas las demás niñas que te mantienen en vela a las tres de la madrugada. ¿Ha podido Nate dar con el padrastro de Becky?
– No, pero sabemos que Snyder las trajo una vez a la ciudad. Nate difundirá fotos de sus caras por las escuelas, a ver si así puede localizarlas. Claro que a estas horas podrían estar en cualquier parte del mundo. No hay nada que obligue a ese hombre a quedarse en Atlanta.
– Puede que sí. Puede que haya algo que lo ate aquí y tú no lo sepas. Para empezar, ¿qué te hace pensar que estuvo en Atlanta? ¿Cuándo? ¿Cuando aún tenía a Angel y a Becky?
– Lo hemos deducido por cosas que hemos visto en las fotos, por lo que hay en la habitación donde tenía a las chicas. Una gorra de los Braves, un tomahawk… Cosas de ese tipo, que regalan como propaganda.
– Cosas que tiene todo el mundo -dijo ella en voz baja contra su espalda.
– Sí. -La palabra traslucía amargura y desesperanza.
– Vuelve a la cama -dijo ella-. Necesitas descansar. Así estarás más lúcido.
– No puedo dormir.
– Vuelve a la cama de todos modos. -Ella tiró de él y él la siguió, pero cuando llegaron a la cama se paró en seco. Susannah llevaba puesta su camisa y al subirse a la cama esta se ahuecó y dejó al descubierto una oscura marca en su pecho, cortesía del disparo de Bobby. Su ira aumentó al recordar cuán cerca había estado de perderla.
Negó con la cabeza.
– Tú acuéstate -dijo-. Yo me voy a ver un rato la televisión.
Se conocían bien y sabía que en esos momentos era demasiado arriesgado meterse en la cama con ella. Tenía un gran cardenal y debía de dolerle como un demonio.
«Y yo ya estoy a punto para el segundo asalto.» Tragó saliva cuando ella se arrodilló sobre la cama y extendió sus pequeñas manos para atraerlo hacia sí. «Muy, muy a punto.»
– No me excluyas -musitó-. Yo no te he excluido a ti.
– No es lo mismo.
Ella frunció el entrecejo.
– ¿Porque estás en el lado negro? -Introdujo las manos por la cinturilla de sus tejanos y tiró de él-. No me importa.