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Él la apartó con toda la suavidad de que fue capaz.

– A mí sí. -Se volvió para marcharse pero ella se apresuró y llegó a la puerta antes que él. Luego se apoyó en ella, alzó la barbilla y lo miró con gesto retador-. Susannah -le advirtió-, no es el momento.

– Ayer dijiste lo mismo, y te equivocabas.

Él soltó un reniego y trató de apartarla de su camino pero ella le echó los brazos al cuello y le rodeó la cintura con las piernas, aferrándose a él como una lapa.

– No -susurró-. No me apartes de ti.

Él agarró la puerta y se mantuvo así.

– ¿Es que no sabes que te haré daño?

Ella le besó el mentón.

– ¿Es que no sabes que necesito ayudarte?

– No puedes. -Sabía que la estaba provocando pero no se le ocurría de qué modo parar.

– Mírame -musitó ella mientras le besaba las mejillas, los labios cerrados con fuerza. Sin hacerle ningún caso, siguió besándole el hombro, lamiéndolo hasta el pecho. Él se resistió, hasta que ella le clavó los dientes en el hombro, con fuerza.

En ese momento perdió la contención. Se despojó de los tejanos con un gruñido y, con las manos temblorosas, sacó otro preservativo del cajón. Sin pensarlo, se tiró con ella en la cama. Susannah seguía aferrada a su cuello, rodeándole la cintura con las piernas, y él la penetró con fuerza.

Estaba tensa y húmeda, y él se impulsó dentro de ella hasta que la furia que hervía a fuego lento en su interior se desbordó y todo se volvió negro. Todo su cuerpo se tensó y su espalda se arqueó hacia atrás cuando lo azotó el orgasmo más intenso que jamás había experimentado. Se dio cuenta demasiado tarde de que ella no lo acompañaba. La había dejado atrás sin preocuparse en absoluto.

Palpitando, avergonzado, bajó la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos. La había utilizado.

– Dios -musitó cuando fue capaz de hablar-. Lo siento, lo siento mucho.

– ¿Por qué?

No parecía molesta ni herida. Él levantó la cabeza y la miró. Le sonreía. Él la miró perplejo.

– ¿No te he hecho daño?

– Un poco, pero sobreviviré. ¿Cómo te sientes tú?

– Bien -dijo él en tono cauteloso.

Ella alzó los ojos en señal de exasperación.

– Vamos, por favor. Yo también estaba, no lo olvides. Ha estado más que bien.

Él exhaló un suspiro.

– Para mí sí. He sido un egoísta, no me he preocupado por ti.

– Ya lo sé, pero me lo compensarás la próxima vez. Dime, ¿cómo te sientes?

Su pícara sonrisa era contagiosa.

– Estupendamente.

Ella levantó la cabeza y lo besó en la barbilla.

– Y te he visto la cara -añadió, triunfal.

– Ya me la habías visto antes.

– Los espejos engañan. Esto era real. -Sus rasgos se suavizaron y la sonrisa se amplió y le iluminó el rostro-. Te crees que me has escatimado placer, pero no tienes ni idea de lo que esto significa para mí, Luke.

– Pues cuéntamelo -la invitó él en tono quedo.

La sonrisa de Susannah se desvaneció por completo y su mirada se cubrió de anhelo.

– ¿Sabes lo que significó para mí sentarme a la mesa con toda tu familia? ¿Sabes que era la primera vez que hacía una cosa parecida? Nunca, ni una sola vez en mi vida había disfrutado de una comida familiar con personas que se aman las unas a las otras. Tú lo has hecho posible. -Él abrió la boca para protestar, pero ella le posó los dedos sobre los labios-. Has hecho posible más que eso. Me has devuelto la vida. Yo también quería hacer algo por ti. Si en algo has sido egoísta es en resistirte tanto antes de permitírmelo.

– No quería hacerte daño.

Ella escrutó su rostro; luego negó con la cabeza.

– No. No querías hacerte daño tú.

Él apartó la mirada.

– Tienes razón.

– Muchas -dijo ella con ironía.

Él bajó la cabeza.

– Estoy cansadísimo -dijo-. No me recupero.

– Ya lo sé -dijo ella-. Duerme. Cuando te despiertes seguiré a tu lado.

– ¿De verdad? -preguntó, y una de las comisuras de los labios de ella se curvó hacia arriba.

– ¿Tú qué crees? ¿Adónde iba a ir? No tengo ropa.

Él abandonó pesaroso la calidez de su cuerpo y la colocó de forma que quedara acurrucada contra él.

– Puedes echar mano del conjunto de Stacie.

– Ya se lo he regalado. Además, no me imagino vestida así durante la lectura del acta de acusación si Chloe decide presentar cargos. El juez me confundirá con una puta a quien han detenido en una redada.

Su ironía no consiguió engañarlo.

– ¿Qué harás? -musitó, abrazándola más fuerte por la cintura-. ¿De verdad pueden prohibirte ejercer?

– Sí. Podría apelar, pero Chloe tiene razón: una sala llena de periodistas no es el mejor sitio para infringir la ley. Dentro de pocas horas apareceré en la portada de todos los periódicos. Anoche ya salí en todos los informativos de la tele. -Suspiró-. Seré el tema de todas las conversaciones de café, y mira que lo sabía desde el momento en que puse un pie fuera del avión el viernes por la mañana. Pero lo superaré. Lo peor que puede pasarme es que me conozca todo el mundo y tal vez que me juzguen culpable de un delito menor. Chloe lo suavizará bastante; no me han condenado nunca. Es lo que haría yo.

– No encontraste la pistola en casa de tu padre -dijo él en tono quedo, y ella no respondió-. Susannah.

– Hay cosas que es mejor no remover, Luke. Si lo sabes, podrían citarte a declarar y tendrías que explicarlo. Y, de cualquier forma, si volviera a pasarme, actuaría igual. ¿Tú no?

– Sí. Lo único que cambiará es que a partir de ahora le haré un regalo mejor a Leo por Navidad. -Tiró de su camisa y la besó en el hombro que había quedado al descubierto-. ¿Y qué harás si no puedes ejercer más de fiscal?

– No lo sé. Estaba pensando en lo que hoy le he respondido al periodista, que todas las mujeres están en su derecho de denunciar o no la agresión. Pero en mi papel de fiscal he estado todo este tiempo animando a las mujeres a hacerlo.

– Es tu trabajo condenar a los culpables.

– Ya lo sé, y he cumplido mi labor para con el estado. Pero una cosa es eso y otra comparecer en el juicio. Siempre me he preguntado cómo me habría sentido de haberme decidido a denunciar la agresión. Habría estado muy asustada, igual que lo están ellas. Se ven obligadas a revivirlo todo. El estado acusa al agresor, pero en realidad nadie defiende a la víctima.

– Estás pensando en hacerte defensora de víctimas.

– Si me inhabilitan, sí. Y aunque no lo hagan, creo que me costaría mucho estar presente en un juicio y conseguir que la atención no recayera sobre mí en lugar de sobre la víctima. Decida lo que decida Chloe, tendré que dedicarme a otra cosa. Hasta puede que monte un negocio de bebidas refrescantes.

Él dio un gran bostezo.

– ¿Habrá refrescos de cereza?

– De uva -le oyó responder adormilada-. A todo el mundo le gusta la uva. Ahora duerme, Loukaniko.

De repente él abrió los ojos como platos.

– ¿Qué has dicho?

– Que a todo el mundo le gusta la uva. Y que duermas -dijo enojada-. Haz el favor de dormirte ya.

– No, me refiero a lo de «Loukaniko».

Ella volvió la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

– Leo me dijo que te llamabas así, que por eso tu madre te llama Lukamou.

Luke se mordió la lengua para evitar echarse a reír.

– Mmm… Lo de Lukamou es más bien… Significa más bien «cariño». «Loukaniko» suena a gran salchicha pringosa.

Ella se estremeció. Entonces entornó los ojos.

– Lo siento, la culpa es de Leo.

– El hermanito Leo acaba de perder puntos para su regalo de Navidad.

Ella se acurrucó contra él.

– Aunque me parece que en ciertas circunstancias respondes bien al nombre de Loukaniko.

Él se rió por lo bajo.