– No lo sé. -Sigue habiendo un vacío enorme en mi recuerdo de aquella horrible tarde, pero estoy segura de que vi algo. Estoy más segura de eso que de cualquier otra cosa. Espero hasta estar lo bastante tranquila como para hablar-. Debe conocer esa sensación. Es como cuando ves a un actor por televisión y sabes que su nombre está escondido en algún lugar de tu cabeza, aunque tu memoria es incapaz de recordarlo.
Estoy tan exhausta que apenas puedo ver bien. El subinspector Sellers es una mancha borrosa.
– ¿Dónde estuvo la noche del miércoles al jueves? -me pregunta-. ¿Puede decirme, minuto a minuto, lo que hizo durante ese período de tiempo?
– No sé por qué debería hacerlo. ¿Robert está bien? ¡Dígamelo!
Siempre merece la pena luchar, aunque el precio que haya que pagar sea muy alto. Esta forma de ver las cosas ya no está de moda. Día tras día, el mundo se sume en una lánguida apatía; un evidente ejemplo de ello es que incluso son condenadas las guerras que se libran para liberar a alguien de un yugo. Sin embargo, yo opino de forma muy distinta.
– ¿Cómo pueden tratarme así? -le grito a Sellers-. Yo soy una víctima, no una delincuente. Pensaba que la policía actuaba de otra forma: pensaba que, en los tiempos que corren, se suponía que trataban a las víctimas con un poco de consideración.
– ¿Y de qué es usted víctima? -me pregunta-. ¿De una violación? ¿O de la desaparición de su amante?
– Soy yo la que debería preguntarle de qué se me acusa.
– Nos mintió en su declaración; no puede esperar que confiemos en usted.
– Sólo dígame si Robert está vivo.
Hace tres años me prometí que nunca volvería a suplicar. Habría que escucharme ahora.
– Robert Haworth nunca la violó, ¿verdad, señorita Jenkins? Su declaración es falsa.
La cara de caucho de Sellers está llena de manchas rojas; me dan ganas de vomitar.
– Dije la verdad -insisto.
Con las defensas por los suelos y mis reservas de energías a cero, recurro a lo que me resulta más fáciclass="underline" fingir.
Fue lo primero que pensé después de la violación, lo único que me importó una vez que estuve segura de que la agresión, en todas sus fases, había terminado y yo había sobrevivido: cómo ocultarle al mundo lo que me habían hecho. Sabía que podría sobrellevar mejor un trauma en secreto que la vergüenza de saber que era de dominio público.
Nadie ha sentido nunca compasión por mí. De todos mis amigos y conocidos, soy quien más éxito ha tenido. Tengo una profesión que me encanta. Vendí una fuente tipográfica a Adobe cuando aún estaba en la universidad y empleé el dinero para montar una empresa rentable. A los ojos del mundo debe parecer que lo tengo todo: un trabajo gratificante y creativo, seguridad económica, un montón de amigos, una familia fantástica y una bonita casa que pagué al contado. Hasta que sufrí la agresión, no me faltaban los novios y, aunque no carecía de sentimientos ni nada parecido, la mayoría parecían quererme a mí más de lo que yo los quería a ellos. Toda la gente que conozco me envidia. No paran de decirme lo afortunada que soy por mi privilegiada situación.
Todo eso habría cambiado si la gente hubiera descubierto lo que me ocurrió. Me habría convertido en la pobre Naomi. Habría seguido estando siempre -en la imaginación de toda la gente que conocía, de todos aquellos que me importan-en el estado en el que estaba cuando aquel hombre me dejó tirada en Thornton Road, después de que hubo acabado conmigo: desnuda, salvo por el abrigo y los zapatos, con la cara llena de lágrimas y mocos, y el semen de un desconocido goteando por mi cuerpo.
Ni hablar: no iba a dejar que eso ocurriera. Me quité el antifaz y comprobé que no había nadie. La calle estaba vacía. Me dije que tenía suerte de que nadie me hubiera visto. Corrí a toda prisa hacia mi coche y me dirigí hacia mi casa. Mientras conducía asumí mentalmente el control de la situación. Empecé a hablarme a mí misma, pensando que era importante imponerme algún tip0 de orden lo antes posible. Me dije que daba igual cómo me sintiera…, ya me preocuparía por eso más tarde. De momento, simplemente no iba a permitirme sentir nada. Traté de pensar como lo haría un soldado o un asesino. Lo único que importaba era comportarme como si estuviera bien, haciendo todo lo que habría hecho en circunstancias normales, a fin de que nadie sospechara nada. Me convertí en un lustroso robot, idéntico, por fuera a la Naomi de antes.
Hice un excelente trabajo. Otro éxito, algo que la mayoría de la gente no habría sido capaz de conseguir. Nadie sospechó nada, ni siquiera Yvon. La única parte que fui incapaz de controlar fue la de los novios. Le dije a todo el mundo que quería concentrarme en mi carrera durante un tiempo, sin distracciones, hasta que conocí a alguien especial. Hasta que te conocí a ti.
– Vístase -dice el subinspector Sellers.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho.
– ¿Va a llevarme a ver a Robert?
– Voy a llevarla a la Unidad de Custodia de la comisaría de Silsford. Puede venir voluntariamente o puedo detenerla. Depende de usted. -Al ver mi expresión de congoja, añade-: Alguien ha intentado asesinar al señor Haworth.
– ¿Intentado? ¿Quiere decir que no lo ha conseguido?
Mis ojos se quedan mirando fijamente los suyos, exigiendo una respuesta. Después de lo que me parece una eternidad, él cede y asiente con la cabeza.
Una sensación de triunfo se apodera de mí. Ha sido gracias a mi mentira, porque te he acusado de un crimen que no has cometido, por lo que han registrado tu casa. Me pregunto qué dirá Yvon cuando le cuente que te he salvado la vida.
CAPÍTULO 11
Charlie se sentó ante el ordenador de Graham, un Toshiba portátil muy plano, y tecleó «Habla y Sobrevive» en la casilla de búsqueda de Google. El primer resultado que apareció es el que quería: una organización que ofrecía ayuda y apoyo a mujeres que habían sido víctimas de una violación. Una vez que se cargó la página, Charlie clicó en «Historias de supervivientes». Había una lista numerada. Clicó la número setenta y dos.
Simón había definido la carta de Naomi Jenkins como austera. Él creía que la había escrito Jenkins, aunque quería saber qué opinaba Charlie. «Me echa de menos», pensó ella. La invadió una mezcla de orgullo y felicidad. ¿Acaso importaba que hubiera pensado en verse con Alice Fancourt? Era a ella a quien llamaba en plena noche cuando le preocupaba algo importante.
Asintió con la cabeza mientras leía la carta que «N.J.» había mandado a la página web; por lo poco que sabía de aquella mujer, parecía ser de Naomi. Alguien que ponía objeciones a que la llamaran «señorita» y «señora» también podría ponerlas a que la etiquetaran como «superviviente» de una violación. En realidad, Charlie pensó que tenía razón en eso, aunque ya no la convenció tanto su desdén por otras víctimas de violación -o supervivientes-y su forma de expresarse. Charlie sólo había leído declaraciones oficiales de violaciones; estaban redactadas de forma muy sencilla, porque así debían ser. Nada que ver con las letras de las canciones de un mal álbum de heavy metal, que era la acusación que hacía Naomi en su carta contra las historias de las supervivientes de esa página web. Un relato en primera persona de una violación supuestamente terapéutico debía de ser distinto de una declaración a la policía; había que poner tanto énfasis en los hechos como en los sentimientos, en compartir el dolor con otras personas que hubieran vivido una experiencia similar.
Charlie se masajeó la frente. Los efectos de las cuatro botellas de vino que se había bebido con Graham y Olivia aquella noche estaban empezando a pasársele; notaba la jaqueca en el entrecejo y en la frente. Técnicamente ya era otro día -la madrugada del jueves-, pero a ella le parecía el pesado final de un miércoles largo y exangüe. Estaba indignada consigo misma. Había sido ella quien había insistido en tomar más vino. Había flirteado descaradamente con Graham, lo había invitado al chalet y había obligado a marcharse a su hermana. «Muy bonito, Charlie», se dijo. Aquella noche había actuado de forma implacable, poniendo todo su empeño en pasárselo en grande. «Eres una estúpida que no para de hacer estupideces», pensó.