– Dijiste que ibas a verte con ella.
– Ah, vale. Bien, pues no lo hice.
– ¿Lo cancelaste?
Simón parecía perplejo.
– No. No llegué a quedar para verla.
– Pero…
– Lo único que dije fue que quizás me pusiera en contacto con ella para ver si le apetecía quedar. Pero al final decidí no hacerlo.
Charlie no sabía si echarse a reír o lanzarle té frío a la cara. La ira y el alivio libraban una batalla, pero la sensación de alivio era más leve y no tuvo ninguna opción.
– Maldito cabrón -dijo Charlie.
– ¿Qué?
Simón adoptó su expresión más inocente: el desconcierto de hombre que de repente se ve asaltado por un problema que no ha sido capaz de prever. Lo que lo hacía todo incluso más irritante es que era sincero. En asuntos profesionales, Simón podía ser arrogante y autoritario, pero en cualquier cuestión de índole personal era un corderillo. Peligrosamente humilde, había pensado Charlie a menudo. Su modestia le hacía pensar que nada de lo que decía o hacía era capaz de impactar a nadie.
– Me dijiste que ibas a quedar con ella -dijo Charlie-. Pensé que estaba decidido. Debías saber qué era eso lo que pensaría.
Simón negó con la cabeza.
– Lo siento. Si te di esa impresión, no era lo que pretendía.
Charlie no quería seguir hablando del tema. Le había demostrado que le importaba. Otra vez.
Cuatro años atrás, en la fiesta del cuarenta cumpleaños de Sellers, Simón había rechazado a Charlie de una forma difícil de olvidar. Pero no antes de que le diera esperanzas. Encontraron una habitación tranquila y oscura y cerraron la puerta. Charlie se sentó a horcajadas sobre Simón y se besaron. Que acabarían acostándose parecía algo previsible. La ropa de Charlie estaba apilada en el suelo, aunque Simón aún no se había quitado nada. Ella debería haber sospechado algo en aquel momento, pero no lo hizo.
Sin dar ninguna explicación ni disculparse, Simón cambió de opinión y salió de la habitación sin decir ni una palabra. Con las prisas, no se molestó en cerrar la puerta. Charlie se vistió a toda velocidad, pero no antes de que al menos nueve o diez personas la hubieran visto.
Charlie aún seguía esperando que le ocurriera algo que neutralizara en su memoria ese momento y que dejara de importarle. Graham, tal vez. Era mucho mejor para su ego que Simón y también más accesible. Puede que ése fuera el problema. ¿Por qué esa invisible barrera que rodeaba a Simón le resultaba tan atractiva?
– Ve a ver cómo le va a Gibbs -dijo Charlie.
Le resultaba extraño pensar que si no hubiese cogido el toro por los cuernos con respecto a lo de Alice no se habría inventado un novio llamado Graham. Y, si no hubiera hecho eso, puede que no se hubiese empeñado en que ocurriera algo con Graham Angilley cuando lo conoció. O puede que sí. ¿Acaso no era el Tyrannosaurus Sex, una devoradora de hombres?
Simón parecía preocupado, como si en aquel momento no fuera sensato levantarse e irse, aunque estaba claro qué era lo que deseaba hacer. Charlie no le devolvió su tímida sonrisa. «¿Por qué no me has preguntado ni una vez por Graham, cabrón? No lo has hecho ni una sola vez desde que le mencioné.»
Una vez que Simón se marchó, Charlie sacó el móvil de su bolso y marcó el número de los chalets Silver Brae, deseando haber anotado el móvil de Graham. No tenía ganas de mantener una conversación forzada con la burra de carga.
– Chalets de Lujo Silver Brae, ¿dígame? Steph al habla, ¿en qué puedo ayudarle?
Charlie sonrió. La única vez que había llamado, desde España, fue Graham quien contestó al teléfono y no le había soltado todo ese rollo. Era típico de él obligar a la burra de carga a interpretar el papel de recepcionista, algo que él no haría ni en sueños.
– ¿Podría hablar con Graham Angilley, por favor? -Charlie lo dijo con un marcado acento escocés.
Un purista habría dicho que no parecía escocesa, pero tampoco parecía ella, que era lo que importaba. El cambio de voz era meramente estratégico. A Charlie no le daba miedo enfrentarse a Steph -en realidad, tenía ganas de decirle a esa estúpida fulana lo que pensaba de ella en cuanto la viera; después de la diatriba que le había soltado en el despacho, se quedó demasiado atónita para responder-, pero ahora no era el momento para una escaramuza verbal. Charlie no dudaba que la burra de carga haría todo lo posible por impedir que hablara con Graham, de modo que el subterfugio era su mejor opción.
– Lo siento, pero Graham no está aquí en este momento.
Steph intentó que su voz sonara más refinada que la que le había oído a principios de semana. Foca engreída.
– ¿No tendrá su número de móvil, por casualidad? -¿Puedo preguntar de qué se trata?
La voz de Steph sonó un poco nerviosa. Charlie se preguntó si su acento escocés no sería demasiado exagerado. ¿Acaso la burra de carga se imaginaba quién era?
– Oh, sólo es una reserva. No es nada importante -dijo Charlie, echándose atrás-. Llamaré más tarde.
– No es necesario -repuso Steph, sonando de nuevo confiada. La hostilidad había desaparecido de su voz-. Puedo ayudarla con eso, aunque antes haya hablado con Graham. Soy Steph, la gerente.
«Tú eres la maldita burra de carga, embustera», pensó Charlie.
– Ah, vale -dijo. No quería complicarse la vida haciendo una falsa reserva que luego habría que cancelar, pero no se le ocurría ninguna salida. Steph estaba ansiosa por demostrar su eficiencia-. A ver… -empezó Charlie, indecisa, esperando pasar por una escocesa muy ocupada que estaba consultando su agenda.
– En realidad… -dijo Steph, en plan conspirador, y llenando el silencio de la conversación-, y no le diga a Graham que le he dicho esto, es mejor que hable conmigo. Mi marido no es muy minucioso con las tareas administrativas. Siempre suele tener la cabeza en otro sitio. He perdido la cuenta de las veces que se ha presentado gente y yo no tenía ni idea de que iban a venir.
Charlie tragó una bocanada de aire mientras la conmoción se adueñaba de ella. Se quedó sin aliento, como si alguien la hubiera pinchado en el estómago.
– Oh, no pasa nada -continuó Steph, segura de sí misma-. Yo siempre lo soluciono y todos contentos. Nosotros sólo tenemos clientes satisfechos -dijo, con una risa tonta.
– Su marido -dijo Charlie, en voz baja. Sin acento escocés.
Steph no pareció darse cuenta del cambio de pronunciación ni de humor.
– Lo sé -dijo-. Debo de estar loca por vivir y trabajar con él. Aun así, como les digo siempre a mis amigas, al menos no sufriré el shock que padecen muchas mujeres cuando sus maridos se retiran y están siempre en casa. Estoy acostumbrada a cruzarme a todas horas con él.
Mientras Steph hablaba, Charlie sentía que se desinflaba.
Cuando Charlie volvió a la sala del Departamento de Investigación Criminal y se encontró con Gibbs esperándola prácticamente junto a la puerta, con el rostro crispado por la impaciencia, lo primero que pensó es que no podía hacerlo, que no podía hablar con él. No en ese momento. Las conversaciones con Chris Gibbs exigían mucha energía y cierto coraje. Necesitaba una hora para estar sola. Media hora, como mínimo. Pero había que aguantarse. Aquel no era el tipo de trabajo que permitiera esas cosas.
Ir directamente hacia allí había sido un error. Al volver de la cantina, Charlie pasó por delante de los servicios de señoras y pensó en entrar para esconderse hasta que estuviera nuevamente lista para enfrentarse al mundo. Pero ¿quién cono sabía cuándo ocurriría eso? Y si se encerraba en el excusado se echaría a llorar y luego tendría que esperar un cuarto de hora para recuperar su aspecto normal. Y entrar en la sala del Departamento de Investigación con ganas de llorar no era una opción. «Estupendo», pensó. Por el amor Dios, ¡hacía menos de una semana que había conocido a Graham Angilley! En total, lo había visto tres veces. No debería costarle olvidarse de él.