– Ahora mismo, Naomi no piensa con claridad -dijo Yvon Cotchin, con lágrimas en los ojos-. Podría hacer cualquier locura.
Su voz sacó a Simón de sus pensamientos.
– Le ha dejado una nota diciendo que volvería más tarde -dijo. Era más de lo que había hecho Charlie-. Eso es una buena señal. Volveremos a pensar en ello si no aparece pronto.
– Puede que esto suene absurdo, pero… creo que puede haber ido a ese pueblo, al lugar donde se crió Robert.
– ¿A Oxenhope?
Yvon asintió con la cabeza.
– Quería conocerlo. No con un objetivo concreto, sólo porque tenía que ver con Robert. Hasta ahí llega su obsesión.
– ¿Sabía Naomi que Robert Haworth no era su verdadero nombre? -preguntó Simón.
– ¿Cómo? No, seguro que no. ¿Cómo…? ¿Cómo se llamaba antes?
Había llegado el momento de cambiar de tema.
– Yvon, tengo algunas preguntas sobre su trabajo que me gustaría que contestara. ¿Le parece bien?
Aunque no estuviera de acuerdo, Simón pensaba hacérselas de todos modos.
– ¿Mi trabajo? ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con Naomi o con Robert?
– Ahora no puedo comentar eso con usted; es confidencial. Pero, créame, sus respuestas nos serán muy útiles.
– De acuerdo -repuso ella después de una breve pausa.
– Usted diseñó la página web para la empresa de relojes de sol de Naomi Jenkins.
– Sí.
– ¿Cuándo?
– A ver… No estoy segura -dijo, moviéndose nerviosamente en su silla-. ¡Ah, sí! Fue en septiembre de 2001. Estaba trabajando en ella cuando me enteré de que habían chocado dos aviones contra el World Trade Center. Un día horrible -dijo, estremeciéndose.
– ¿Cuándo empezó a funcionar la página web? -preguntó Simón.
– En octubre de 2001. No me llevó demasiado tiempo.
– Usted también diseñó la página web para los chalets Silver Brae, en Escocia.
Yvon parecía sorprendida. Hizo una mueca. Simón supuso que estaba reprimiendo las ganas de volver a preguntarle a qué se debía todo aquello.
– Sí -dijo.
– ¿Conoce a Graham Angilley, el propietario? ¿Fue así como consiguió ese trabajo?
– No he llegado a conocerlo personalmente. Es amigo de mi padre. ¿Le… ha ocurrido algo a Graham?
– Estoy seguro de que se encuentra bien -repuso Simón, sin importarle que Yvon captara su malicioso tono de voz-. ¿Cuándo diseñó su página web? ¿Lo recuerda? -¿Habría algún otro atroz acto terrorista que activara su memoria?-. ¿Antes o después de la de Naomi?
– Antes -contestó, sin asomo de duda-. Mucho antes… En 1999 o 2000. Más o menos.
La decepción hizo que Simón se desanimara. La teoría de que Graham Angilley había visto la página web de Naomi Jenkins para hacerse una idea de cómo trabajaba Yvon Cotchin se había hecho trizas. Si se había equivocado con eso, ¿en qué más podía equivocarse?
– ¿Está segura? ¿No pudo ser al revés, que diseñara primero la de Naomi y luego la de los chalets?
– No. Diseñé la de Naomi mucho después que la de Graham. Guardo todas mis viejas agendas de trabajo en casa…, en casa de Naomi. Si quiere puedo enseñarle las fechas exactas en las que trabajé en esas páginas.
– Eso sería de gran ayuda -repuso Simón-. También voy a necesitar una lista de todas las páginas web que ha diseñado desde que empezó a trabajar. ¿Es posible?
Yvon parecía preocupada.
– Todo esto no tiene nada que ver conmigo -protestó.
– No creemos que haya hecho nada malo -dijo Simón-. Pero necesitamos esa lista.
– De acuerdo. No tengo nada que ocultar, sólo que…
– Lo sé. ¿Le suena el nombre de Prue Kelvey?
– No. ¿Quién es?
– ¿Sandy Freeguard?
– No.
A Simón le pareció que estaba diciendo la verdad.
– De acuerdo -dijo Simón-. Tengo especial interés por saber para qué mujeres empresarias, como Naomi Jenkins, ha diseñado páginas web. ¿Algún nombre que pueda recordar ahora mismo?
– Sí, a ver… -dijo Yvon-. Mary Stackiewski, Donna Bailey…
– ¿La artista?
– Sí. Creo que esas dos son las únicas que pueden resultarle familiares. Luego había una mujer que dirigía una agencia matrimonial y otra que hacía miniaturas…, era la hija de mi…
– ¿Juliet Haworth?
Simón la interrumpió, notando cómo se le erizaba el vello de los brazos. ¿Miniaturas? Tenía que ser ella.
– Ésa es la mujer de Robert. -Yvon le miró como si se hubiera vuelto loco-. No sea ridículo. Nunca podría trabajar para ella. Naomi me ataría a la primera farola que encontrara y me dispararía como a un traidor…
– ¿Y qué me dice de Heslehurst, Juliet Heslehurst? -la interrumpió Simón-. ¿Casas en miniatura?
Yvon abrió unos ojos como platos, asombrada.
– Sí -dijo, con voz débil-. Ésa era la mujer que hacía miniaturas. La suya fue la primera página que diseñé. ¿Hay…? También se llamaba Juliet. ¿Se trata de…?
– Soy yo quien hace las preguntas. ¿Cómo conoció a Juliet Heslehurst?
– En realidad no la conocí. Joan, su madre, solía cuidar de mí cuando era pequeña, antes de tener hijos. Las familias siguieron en contacto y Joan le comentó a mi madre que su hija buscaba a alguien para que diseñara su página web…
– O sea, ¿que la página web de Juliet Heslehurst fue la primera que diseñó?
– Sí.
– ¿Por casualidad no le sugeriría al señor Angilley que le echara un vistazo a la página web de Juliet Heslehurst para que se hiciera una idea de su trabajo?
Yvon se ruborizó. Unas gotas de sudor aparecieron en su labio superior.
– Sí -murmuró.
«Naomi me ataría a la primera farola que encontrara.» Era la segunda vez en poco tiempo que Simón escuchaba la palabra «farola». La primera vez la había pronunciado él mismo, hablando de la despedida de soltero de Gibbs, la que Sellers se había olvidado de organizar. Simón se preguntó por qué a Gibbs le importaba tanto eso… Un hombre en su sano juicio querría evitar que lo desnudaran y lo ataran, que era lo que al parecer solía suceder en las despedidas de solteros…
El corazón de Simón se puso a latir más lentamente y al cabo de un momento empezó a golpear su pecho con fuerza. «Maldita sea-pensó-. Maldita, maldita sea.»
Se disculpó y abandonó la sala, con el móvil en la mano. Había algunas cosas que empezaban a quedar terriblemente claras; la menos importante de ellas era que, a partir de ahora, todo el equipo tendría que recordar las largas semanas de malhumor de Chris Gibbs como algo a lo que había que estar agradecido, por muy desagradables que hubieran podido ser.
CAPÍTULO 24
Sábado, 8 de abril.
– Voy a parar en la próxima área de servicio -dice Charlie Zailer. Y entonces, como si acabara de ocurrírsele, pregunta-: ¿De acuerdo?
Su voz suena conmocionada. No me mira; no lo ha hecho desde que hemos salido. Habla mirando al frente, como si estuviera usando un manos libres para comunicarse con alguien que no estuviera aquí.
– Me quedaré en el coche -le digo.
Quiero encerrarme en mí misma, meterme en una caja metálica que me haga invisible. Esto ha sido un error. No debería estar aquí. ¿Cómo puedo saber que me está diciendo la verdad acerca de ese hombre y sobre dónde se encuentra?
Voy a volver a verle y no debería hacerlo en su terreno. Debería hacerlo en una comisaría de policía, en una rueda de reconocimiento. Siento estallar el pánico dentro de mi cabeza. No me encuentro bien. Tengo que decirle a la inspectora Zailer que pare el coche aquí, en el arcén. Cuando salimos hacía un día espléndido, pero llevamos más de una hora de trayecto y el cielo, aquí, está ligeramente gris y cubierto de nubes muy oscuras. Sopla el viento y la lluvia se estrella en diagonal contra el parabrisas. Me imagino congelada y empapada en la cuneta y no digo nada.