– ¿Reñiste a las gemelas?
– ¡Claro! Les dije que tú no sabías nada y las acosté sin cenar.
– ¡Mujer, dales por lo menos un plátano y un vaso de leche!
En la playa de Bastianiño, según dice Moncho Preguizas, encontró unas almejas muy raras y con la concha de cristal de roca color caramelo, las curuchetas curuchiñas, que no se pueden comer porque son muy venenosas pero que si se les da aliento, se abren y de ellas sale volando una meiga pequeñita y difícil de cazar porque corre mucho y vuela muy alto, sin embargo los de Lugo sí saben cazarlas, a los de Orense se nos da peor, las secan en la lareira y después, cuando crecen y llegan al tamaño de las mujeres, las ponen a servir. Ádega fue medio novia de Moncho Preguizas, después lo dejaron.
– Al que vierte la sangre Dios le corta la sangre y lo degüella o lo hace morir echando sangre por la boca, Dios no perdona al criminal y aunque se esconda debajo de las piedras lo encuentra siempre, Dios tiene mucha memoria y para eso inventó el infierno.
Raimundo el de los Casandulfes encuentra a Fabián el Moucho muy engallado.
– No vayas a hacer ninguna barrabasada, Fabián, mira que por aquí nos conocemos todos bien, esto es muy pequeño.
– Yo hago lo que me da la gana y a ti no te importa.
– Bueno.
Raimundo le dice a nuestra prima Ramona que anda preocupado porque las cosas están tomando mal cariz.
– Baldomero Afouto no quiere esconderse, para mí que se equivoca, la gente con un arma en la mano siempre acaba haciendo disparates, lo mejor sería mandarlo a Cela, a casa de los Venceás, pero no quiere ir, ya hablé con él y no quiere ir, tú sabes que Cela está mismo en la raya de Portugal.
Los lulús tienen mala vejez, espelexan demasiado, el perro Wilde está ya viejo, Raimundo le regaló a nuestra prima Ramona un galgo ruso que atiende por Zarevich.
– ¿No habrá que cambiarle el nombre?
– No, mujer, no creo, vamos a ver qué pasa.
El gato King tampoco es ya ningún niño, como está capado tiene poco desgaste y aguanta bien los acontecimientos, el guacamayo Rabecho se pasa el día subiendo y bajando por la percha, los colores de la pluma no le brillan demasiado, se conoce que esta luz le va mal, el loro no tiene nombre, se llamaba Rocambole pero de repente se quedó sin nombre, ¡cosas que pasan!, el loro cuando no tiene frío dice lorito real, lorito real, para España y no para Portugal, es un loro que varía poco, también sabe la letanía del Santo Rosario.
– Yo creo que las mujeres tendrían que ir a las guerras, sería la forma de acabar con las guerras, las mujeres están más con los pies en el suelo que los hombres, tienen más sentido común, son más listas y prácticas y pronto verían que las guerras son un disparate en el que se pierde todo: la razón, la salud, la paciencia, los ahorros y hasta la vida, en las guerras todos pierden algo y nadie gana nada, ni siquiera el que gana la guerra.
– Te veo muy pesimista.
– No, mujer, lo que estoy es preocupado.
– ¿Quieres que apague la radio?
– Sí, pon unos discos en la gramola.
– ¿Tangos?
– No, valses.
El murciélago es musaraña de mucho instinto y acomodo, los murciélagos llegan hasta donde nadie se atreve a llegar, los murciélagos tienen un pie en el aire de la tierra, como los demonios que andan a la caza de almas, y el otro en el aire del infierno, como los demonios que andan a la administración de almas, los murciélagos a veces llevan un vampiro en el corazón.
– Siga.
Bueno, seguiré, los enfermos, los presos y hasta los muertos son siempre los mismos, ¡allá usted con sus manías, sus remordimientos de conciencia, sus atriciones y contriciones y su dolor de corazón! La muerte cuelga de las vigas más altas y a oscuras, más enmohecidas y apolilladas, da grima ver a la muerte balanceándose como un ahorcado sobre una mancha de aceite que parece la península Ibérica.
– ¿Quieres bailar?
– Después.
Los pálidos anduvieron sembrando muertes con la regadera de la muerte pero, cuando Dios quiso, también empezaron a morir y quienes habían llorado pero seguían vivos, el hombre es animal que aguanta mucho, sembraron una abeleira por cada pálido muerto para que el jabalí tuviera siempre avellanas frescas. El mono Jeremías está cada vez más tísico y vicioso, tampoco toda la culpa es suya, la señorita Ramona se siente incapaz de defenderlo del asedio de Rosicler.
– Te dije mil veces que no se la menees más al mono, ¿no ves que el pobre tose sin parar?
La tortuga Xaropa lleva meses escondida, hasta que llegue el calor no se enseñará, y el caballo Caruso aguanta bien, es la única bestia no morriñenta de toda la casa, Etelvino lo saca todas las mañanas a que estire un poco la musculatura, también lo cepilla. Por las tardes, en cuanto se pone el sol, doña Gemma le dice a su marido,
– Dame un poco de anisado, Teodosio, que estoy que no aliento. Y tú mete la cabeza en una bolsa de hule y si no puedes respirar, pues mira, ¡peor para ti!
Doña Gemma no es simpática ni generosa pero sí sucia y beata, váyase lo uno por lo otro, doña Gemma tuvo un pasado tumultuoso pero ahora lee Los gozos de las madres. Meditaciones para la mujer cristiana, por el Rvdo. P. Zaqueo Mantecón, Pbro., Huelva, 1920. Doña Gemma sufre prurito anal que combate con baños de asiento de camomila.
– Para mí tengo que el anisado no te prueba, Gemma, eso te tiene que irritar el ojete.
– ¡Tú, calla!
– Bueno, como quieras, el picor es tuyo. ¡Qué horror, qué modales!
A don Teodosio, en la pila bautismal le pusieron Casiano pero después, cuando lo del sacramento de la confirmación, le cambiaron el nombre. Doña Gemma y don Teodosio viven en Orense, en la plaza de San Cosme, en el piso donde murieron los padres de ella, la casa está infestada de cucarachas, parece la selva, y el retrete lleva más de diez años atorado, hay que echar dos cubos de agua y ayudarse con una escoba, las baldosas de la galería pintan rayas, ángulos y cruces, cada baldosa tiene cuatro rayas y cuatro ángulos y cada ángulo está formado por dos rayas que al prolongarse dibujan tres ángulos más, uno al norte (o al sur), otro al este y otro al oeste, don Teodosio procura no pisar raya, ni ángulo, ni cruz y, claro es, marcha siempre escorado y en zigzag, cuando don Teodosio va a casa de la Parrocha pasa directamente a la cocina.
– ¿Está Visi?
– Está ocupada, don Teodosio, no creo que tarde porque lleva ya un buen rato con don Ezequiel, el del Monte de Piedad, ¿quiere usted que le llame a la Ferminita?, don Ezequiel es un poco pesado.
– No, no, prefiero esperar, muchas gracias.
– Como guste, usted manda.
Gaudencio toca el acordeón con tristeza, las notas no le salen tan limpias como de costumbre, Gaudencio lleva unos días triste y medio preocupado.
– ¿No se habrá vuelto loca la gente?
– No sé, muy cuerda no parece estar.
Doña Gemma es natural de Villamarín, sus padres tenían una fábrica de sifones y gaseosas, Espumosos Vilela, y otra de lejía, La Sobreirana, y se defendieron bien y con holgura hasta que don Antonio, el cabeza de familia, inventó el jugo de carne Excavacón, extracto carne vacuno concentrado, y la inspección de sanidad le cerró la fábrica porque usaban perros y lagartos, eso le llevó a la ruina. En casa de la Parrocha tienen innúmeras consideraciones con don Teodosio.
– ¿Quiere usted que le llame a Marta la Portuguesa para que se vaya calentando?
– ¡Mujer, muy agradecido! ¡Usted siempre tan detallosa y amable!
– ¡No diga, don Teodosio! Lo único que servidora desea es complacer a los buenos amigos.
Visi es de Penapetada, en la Puebla de Trives, pero habla con acento andaluz, todavía no le sale demasiado bien pero ya irá aprendiendo. La Parrocha tiene tres colecciones muy valiosas, una de abanicos, otra de sellos y otra de monedas de oro, se las dejó en testamento don Perpetuo Carnero Llamazares, del comercio de la ciudad de León, por los entresijos de las ramerías se cuelan sucesos muy raros, es una pena que esa historia se quede sin escribir, la Parrocha no tiene pensado el destino que dará a las colecciones cuando muera.