– Sí; eso, sí.
Guiados por la estrella Polar, andando de noche y a la luz de la lourenza de gaurra y durmiendo de día, también cruzando dos frentes de guerra, la cuadrilla de Martiño Fruime llegó desde más allá del Tajo hasta la aldea de Nespereira, en la parroquia de Carballeira, en Nogueira de Ramuín, el pueblo de los afiladores y el de ellos, los segadores que iban como rosas y volvían como negros, ¡bendito sea Dios!
– ¿Tú siempre creíste que llegábamos vivos?
– Sí.
El primer cabrito que se ocupó con Doloriñas Alontra después de que la operaron de apendicitis fue don Lesmes Cabezón Ortigueira, practicante de medicina y cirugía menor y uno de los jefes de la milicia cívica Caballeros de La Coruña, que es como un somatén político y patriótico.
– ¿Te duele el sitio?
– Sí, señor.
– Pues aguanta marea que para eso te pago.
– Sí, señor.
Según rumores, don Lesmes tuvo que ver con los paseos del campo de la Rata y los asaltos a las logias Renacimiento Masónico y Pensamiento y Acción, tú te ves arrastrado por las muertes del prójimo y de repente te ves rodeado de muertos, te das cuenta de que también estás matando y asolando.
– ¿Tú sabes algo?
– ¿Yo qué he de saber?
Don Lesmes va muy de tapadillo a casa de la Apacha, su posición le obliga a guardar las formas, a Doloriñas le dijo que se llamaba don Vicente y era sacerdote.
– No se lo digas a nadie, hija mía, la carne es flaca y pecadora, tú a lo tuyo.
– Sí, señor.
Una noche don Lesmes armó un escándalo de pronóstico porque se reventó una cañería mientras estaba dale que dale y, claro es, se asustó.
– ¡Sabotaje, sabotaje! -rugía don Lesmes mientras se abrochaba los pantalones-. ¡Esto es un atentado! ¡Aquí va a haber que hacer un escarmiento! ¡Esto es un antro de rojos!
La Apacha le paró los pies.
– Oiga, usted, don Lesmes, con todo respeto, aquí de rojos nada, ¿se entera?, aquí somos todas tan nacionales como el que más y yo la primera, en ese terreno no admito que haya la menor duda, ¿me oye bien?, ¡la menor duda!, y si no se reporta llamo por teléfono a don Óscar, que es buen amigo mío, y ya se las entenderá usted con él, aquí en mi casa la gente se desahoga pero no conspira, ¿se entera?
Don Lesmes recogió velas.
– Dispense, usted, es que creí que era una bomba, compréndalo.
Raimundo el de los Casandulfes no sabe quién es don Óscar pero tampoco pregunta, ¿para qué?, lo que pueda pasar en las casas de putas, ¿a quién le importa?, los nacionales hemos tomado Toledo, ¿por qué dices hemos?, y hemos liberado el Alcázar, Raimundo el de los Casandulfes nota que le laten las sienes, a lo mejor tiene calentura. Franco es designado Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y Robín Lebozán dice que no se apunta, ya llamarán su quinta, cada cual sigue su camino y va a su andar, la señorita Ramona monta a caballo, come galletas y piensa, piensa siempre, los nacionales nos presentamos ante las puertas de Madrid, ¿por qué dices nos presentamos?, cuando Raimundo el de los Casandulfes llega a la aldea encuentra rara a la señorita Ramona.
– ¿Qué te pasa?
– Nada, ¿por qué?
– No, creí que te pasaba algo.
Puriña Córrego, la más vieja de las criadas de la señorita Ramona, apareció muerta una mañana, sobre la frente tenía una culebrilla que salió escapando, parecía un lápiz.
– ¿Cómo fue?
– Pues que se murió de vieja, a todo el mundo le toca tarde o temprano, algunos ni siquiera llegan a viejos.
De tiempos del padre, a la señorita Ramona ya no le quedan más recuerdos que Antonio Vegadecabo y Sabela Soulecín.
– Y el loro.
– Bueno, claro, y el loro.
Fabián Minguela, Moucho, no va a sacar de sus casas ni a Cidrán Segade ni a Baldomero Afouto, no se atreve, Fabián Minguela se quedó a una carreiriña de un can, primero de la casa de Cidrán Segade y después de la de Baldomero Afouto, a verlos venir, mandó a diez hombres a que los prendieran y se los llevaron atados, Cidrán Segade los recibió a tiros, se entregó cuando le quemaron la casa, nadie vino ni al ruido de los disparos ni al resplandor del incendio, la señorita Ramona sujetó a Raimundo el de los Casandulfes y a Robín Lebozán, que estaban en su casa, a Ádega le dieron un culatazo en la cara y la dejaron sin conocimiento y atada a un árbol, Baldomero Afouto también tiró de escopeta y tuvo mejor puntería porque mató a uno, Baldomero Afouto se entregó cuando cogieron a Loliña, su mujer, y a sus cinco hijos, les tuvieron que tapar la boca con un saco porque mordían.
– ¡Dios, qué gente!
Fabián Minguela, el muerto que mató a Afouto, que va a matar a Afouto, sonríe como un conejo a sus prisioneros, los dos van con las manos atadas a la espalda, los dos tienen los ojos cruzados de venitas de sangre y los dos guardan silencio.
– ¡Andando!
A Fabián Minguela le brilla la chapeta de piel de puerco que se le pinta en la frente. El guacamayo de la señorita Ramona es animal de otros aires y otras decoraciones, aquí parece medio triste y aburrido. Fabián Minguela gasta el pelo ralo; a la luz de la luna, el muerto que mató a Afouto es como un muerto.
– ¿A que nunca creías que ibas a estar así?
Ni Cidrán Segade ni Baldomero Afouto abren la boca. ¿Qué más da que al parvo de Bidueiros lo ahorcaran sin mala intención? Fabián Minguela tiene la frente como las tortugas, puede que peor, desde que empezó todo esto no se oyen cantar los ejes de los carros en cuanto la luz se pone.
– ¿Te das cuenta de que llegó la mía? ¡Ya iba siendo hora!
Afouto tiene apagada la estrellita de luz que se le encendía en la frente -unas veces era roja como el rubí, otras azul como el zafiro o violeta como la amatista o blanca como el diamante- y el demonio aprovechó para matarlo a traición, no le faltan ya sino un par de cientos de pasos. Fina la Pontevedresa es como un molinillo de moler café, a Fina la Pontevedresa lo que le gusta es el meneíto y bailar el son cubano Muévete, Irene, su marido murió por falta de condiciones, el tren lo aplastó porque no tenía condiciones. Los hombres de Fabián Minguela dejaron a su compañero muerto en la cuneta, antes le quitaron la cartera con el documento, la noche tiene mil ruidos y mil silencios que empujan el ánimo de los caminantes y resuenan como el eco en su corazón. Fabián Minguela va pálido, bueno, no va más pálido que otros días, es que es así.
– ¿Tienes miedo?
Pepiño Pousada Coires, Pepiño Xurelo, va todas las mañanas a misa a pedir por la misericordia.
– ¿Verdad, usted, que una de las obras de misericordia es enterrar a los muertos?
– Sí, hijo.
Pepiño Xurelo está muy asustado y medio adivina una lucecita que le da la razón. A Fabián Minguela le crece la barba por parroquias, cuatro pelos aquí, otros cuatro allá.
– Me parece que ya no vas a tener tiempo de hacerme trampas a la garrafina. ¿No quieres hablar?
A lo mejor Ricardo Vázquez Vilariño, el novio de tía Jesusa, está en el frente tirando tiros o llevando las cuentas en la oficina de la compañía, matar aún no lo mataron. Las manos de Fabián Minguela parecen babosas, los enfermos de aire de difunto no las tienen más húmedas ni frías ni blandas, difuntiños todos, dádeme o aire que a vos non vos fai falta.
– ¿Quieres rezar el Señor mío Jesucristo?
Fabián Minguela mira siempre para otro lado, como los sapos de San Modesto que son tres pero parecen ciento.
– ¿Te cagas?
Fabián Minguela habla en falsete, como las siete virgos treintañeras de las Sagradas Escrituras.
– Pídeme perdón.
– Suéltame las manos.
– No.
Fabián Minguela, el muerto que mató a Afouto, se palpa las partes, a veces tarda más en sentírselas.
– Te digo que me pidas perdón.
– Suéltame las manos.