Durante aquellos meses, Ira se sintió cada vez más aislado en la casa. En las noches en que no estaba en una reunión de la junta directiva del sindicato, o en la reunión de su partido, o no habían salido a cenar, Eve estaba en el salón haciendo punto y escuchando la música que tocaba Sylphid, mientras Ira, en su estudio, escribía a O'Day. Y cuando el arpa dejaba de oírse y él bajaba en busca de Eve, no la encontraba allí. Estaba en la habitación de Sylphid, escuchando el tocadiscos. Las dos metidas en cama, escuchando Cosifan tutte. Cuando subía al piso superior, oía la ópera de Mozart a todo volumen y las veía juntas en la cama, Ira tenía la sensación de que él era el hijo. Más o menos al cabo de una hora, Eve regresaba, todavía caliente de la cama de Sylphid, para acostarse con él, y ése fue más o menos el fin de la dicha conyugal.
Cuando tiene lugar la explosión, Eve se asombra. Sylphid debe buscarse un piso propio. «Pamela vive a cinco mil kilómetros de distancia de su familia», dice Ira. «Sylphid puede vivir a tres manzanas de la suya». Pero lo único que Eve hace es echarse a llorar. Esto es injusto, es horrible, él intenta apartar a su hija de ella. No, insiste él, sólo se trata de que viva a la vuelta de la esquina. Tiene veinticuatro años y ya es hora de que deje de acostarse con mamá. «¡Es mi hija! ¿Cómo te atreves?» «Muy bien», dice él. «Seré yo quien viva a la vuelta de la esquina», y a la mañana siguiente encuentra un apartamento en Washington Square, lado norte, a cuatro manzanas de distancia. Entrega la fianza, firma el contrato de alquiler con opción a compra, paga el alquiler del primer mes, vuelve a casa y dice lo que ha hecho. «¡Me abandonas! ¡Te divorcias de mí!» El replica que no, que sólo va a vivir a la vuelta de la esquina, y que así podrá pasarse toda la noche en cama con su hija, pero si, para variar, alguna vez quiere pasar toda la noche con él, sólo tiene que ponerse el abrigo y el sombrero e ir a la vuelta de la esquina, donde él la recibirá encantado. En cuanto a la cena, ¿quién reparará siquiera en que él no está presente? Ya vería: iba a producirse una mejora considerable en la perspectiva que Sylphid tenía de la vida. «¿Por qué me haces esto? ¿Para obligarme a elegir entre mi hija y tú, para obligarle a una madre a elegir… ¡es inhumano!» El necesita varias horas más para explicarle que le está pidiendo que acepte una solución que eliminará la necesidad de elegir, pero es dudoso que Eve llegue a comprender lo que le está diciendo. La comprensión no era el fundamento sólido de sus decisiones, sino la desesperación y la capitulación.
A la noche siguiente, Eve subió como de costumbre a la habitación de Sylphid, pero esta vez para presentarle la propuesta que ella y Ira habían convenido, la propuesta que iba a traerles la paz. Ese día Eve había ido con él a ver el apartamento alquilado en Washington Square. Tenía puertas vidrieras, altos techos, molduras ornamentales y suelo de parqué. Había una chimenea con la repisa tallada. Al otro lado del dormitorio trasero había un jardín vallado muy parecido al de la casa en la calle West Eleventh. No era la avenida Lehigh, Nathan. Washington Square Norte, en aquellos días, era una calle tan hermosa como la que más de Manhattan. «Es encantador», comentó Eve. «Es para Sylphid», dijo él. Mantendría el contrato a su nombre, pagaría el alquiler, y Eve, quien siempre había ganado mucho dinero pero le aterraba la idea de que se lo arrebatara un Freedman cualquiera, Eve no tendría que preocuparse de nada. «Ésta es la solución», le dijo él. «¿Y es tan terrible?» Ella se sentó al sol, en uno de los asientos junto a la ventana, en el salón. Su sombrero tenía un velo, uno de aquellos velos con lunares que Eve popularizó en alguna película, lo alzó de su carita deliciosa y se echó a llorar. La lucha había terminado. Se puso en pie de un salto, abrazó a Ira, le besó y corrió de una habitación a otra, imaginando dónde iba a colocar los hermosos y antiguos muebles que llevaría desde la calle West Eleventh para Sylphid. No podría haber sido más feliz. Volvía a tener diecisiete años. Era mágica, encantadora, era la chica seductora de las películas mudas.
Aquella noche hizo acopio de valor y subió al piso superior con el dibujo que había hecho, el plano del nuevo apartamento, y una lista de los muebles que de todos modos Sylphid habría heredado y de los que ya podía disponer. Por descontado, Sylphid planteó enseguida sus objeciones y Ira subió corriendo las escaleras hasta el cuarto de la joven. Las encontró juntas en la cama, pero esta vez sin Mozart. Esta vez era un manicomio. Vio a Eve tendida boca arriba, llorando y gritando, y a Sylphid en pijama y a horcajadas sobre ella, también gritando y llorando, sus fuertes manos de arpista aferrando los hombros de Eve e inmovilizándola en la cama. Había trozos de papel por todo el suelo, el plano del nuevo apartamento, y allí, encima de su esposa, estaba sentada Sylphid, gritando: «¿No puedes enfrentarte a nadie? ¿No te enfrentarás a él una sola vez por tu propia hija? ¿Es que no vas a ser nunca, jamás una madre?».
– ¿Y qué hizo Ira? -le pregunté.
– ¿Qué crees que hizo? Salió de la casa, vagó por las calles hasta Harlem, regresó a Village, caminó varios kilómetros y entonces, en plena noche, fue al piso de Pamela en la calle Carmine. Procuraba no verla nunca allí si podía evitarlo, pero tocó el timbre, subió a toda prisa los cinco pisos y le dijo que había terminado con Eve. Quería que le acompañara a Zinc Town y que se casara con él. Le dijo que había querido casarse con ella desde el principio, y tener un hijo. Puedes imaginar el impacto de sus palabras.
Ella vivía en una única habitación al estilo bohemio: armarios sin puertas, el colchón en el suelo, láminas de Modigliani, la botella de quianti con la vela y partituras de música por todas partes. Era un apartamento minúsculo, y aquel hombre, alto como una jirafa, entra bruscamente, vuelca el atril de música, derriba todos los discos de 78 revoluciones, tropieza con la bañera, que está en la cocina, y le dice a aquella bien educada chica inglesa, con su nueva ideología de Greenwich Village, convencida de que lo que estaban haciendo no tendría consecuencias (una espléndida y apasionada aventura, libre de consecuencias, con un famoso hombre mayor que ella), que iba a ser la futura madre de sus herederos nonatos y la mujer de su vida.
El abrumador Ira, aquel grandullón que irrumpía allí como una jirafa volcándolo todo, aquel hombre impulsivo, con su actitud de todo o nada, le dice: «Recoge tus cosas, te vienes conmigo», y así se entera, con más rapidez que de cualquier otra manera, de que, desde hacía meses, Pamela deseaba poner fin a su relación. «¿Fin? ¿Por qué?» «No podía soportar más la tensión.» «¿Tensión? ¿Qué tensión?» Y entonces ella se lo dijo: cada vez que estaba con él en Jersey, no dejaba de abrazarla, toquetearla y llenarla de inquietud al decirle mil veces cuánto la amaba; entonces dormía con ella, y ella regresaba a Nueva York, se reunía con Sylphid y ésta no hacía más que hablar del hombre al que apodaba la Bestia; unía a Ira y su madre llamándoles la Bella y la Bestia. Y Pamela tenía que darle la razón, tenía que reírse de él; también tenía que bromear acerca de la Bestia. ¿Cómo era tan ciego que no se daba cuenta del efecto que eso le causaba? No podía huir y casarse con él. Tenía un trabajo, una carrera, era una artista que amaba su música, y no podía volver a verle. Si no la dejaba en paz… Así que Ira la dejó. Subió al coche, se dirigió a la cabana y allí es donde fui a verle al día siguiente, cuando salí de la escuela.
Él habló, yo escuché. No me puso al corriente de su situación con Pamela, y no lo hizo porque conocía muy bien mi postura sobre el adulterio. Ya se la había repetido más veces de las que él estaba dispuesto a escuchar. «Lo estimulante del matrimonio es la fidelidad. Si esa idea no te estimula, el matrimonio no es para ti.» No, no me habló de Pamela, sólo me contó la escena de Sylphid sentada sobre Eve. Se pasó la noche entera hablándome de eso, Nathan. Me marché al amanecer, fui a la escuela, me afeité en el baño del profesorado y di las clases. Por la tarde, después de la última clase, subí al coche y volví a la cabana. No quería que se pasara la noche allí a solas, porque no sabía qué era lo que podría hacer a continuación. No sólo se enfrentaba a un grave conflicto en su vida hogareña. Eso era una parte del problema. Por otro lado, la cuestión política se estaba desmadrando: las acusaciones, los despidos, la lista negra permanente. Eso era lo que le estaba minando. La crisis doméstica no era todavía la crisis. Desde luego, corría riesgos en ambos aspectos, los cuales acabarían por fusionarse, pero de momento podía mantenerlos separados.