Intransigente. El irresistible atributo de Tom Paine, de Ira, Leo y Johnny O'Day. Si hubiera ido al encuentro de O'Day a mi llegada a Chicago, que era lo que Ira había dispuesto para mí, mi vida estudiantil, tal vez toda mi vida a partir de entonces, podría haber quedado a merced de distintas tentaciones y presiones, y tal vez habría prescindido de aquellas limitaciones que había tenido hasta entonces y que aportaban seguridad, bajo la tutela apasionada de un monolito muy diferente al de la Universidad de Chicago. Pero mi abrumadora tarea universitaria, por no mencionar las exigencias del programa complementario del señor Glucksman para eliminar mis convencionalismos, explica que hasta primeros de diciembre no me fuese posible tomarme libre una mañana de sábado y viajar en tren para reunirme con quien fuese el mentor de Ira Ringold en el ejército, el obrero metalúrgico a quien Ira me describió cierta vez como «un marxista de la cabeza a los pies».
Las vías de la Línea de la Ribera Sur estaban en Sixty-third y Stony Island, a sólo quince minutos a pie de mi residencia de estudiantes. Subí al vagón pintado de color naranja, tomé asiento y, a medida que pasábamos por las sucias poblaciones a lo largo de la línea y el cobrador iba diciendo los nombres: «Hegewisch… Hammond…
Chicago Este… Gary… Michigan City… South Bend», volvía a sentirme emocionado, como si escuchara Con una nota de triunfo. Como venía de la New Jersey norteña e industrial, aquel paisaje no me resultaba desconocido. Mirando hacia el sur desde Elizabeth, Linden y Rahway desde el aeropuerto, también nosotros teníamos la compleja superestructura de las refinerías a lo lejos, los malsanos olores de la refinería y las llamaradas en lo alto de las torres producidas por el gas resultante de la destilación del petróleo al arder. En Newark teníamos las grandes fábricas y los talleres minúsculos, teníamos la suciedad, los olores, las vías de ferrocarril que se cruzaban en todas direcciones, los montones de barriles de acero, las colinas de fragmentos metálicos y los horrendos vertederos. Teníamos por todas partes altas chimeneas que vertían humo negro, el hedor a productos químicos, el hedor a malta y el hedor de la granja porcina Secaucus que se expandía por nuestro barrio cuando el viento soplaba con fuerza. Y teníamos ferrocarriles como aquel que corría sobre terraplenes entre las marismas, a través de los juncos, las plantas de pantano y las extensiones de agua. Teníamos la suciedad y el hedor, pero lo que no teníamos ni podíamos tener era Hegewisch, donde construían los tanques para la guerra. No teníamos Hammond, una localidad especializada en la fabricación de vigas maestras para puentes. No teníamos los montacargas de grano a lo largo del canal de embarque que bajaba desde Chicago. No teníamos los hornos con hogar abierto que iluminaban el cielo cuando vertían el acero fundido, un cielo rojizo que podía ver en las noches claras desde una gran distancia, desde la ventana de mi dormitorio, allá en Gary. No teníamos U.S. Steel, Inland Steel, Jones Laughlin, Standard Bridge, Union Carbide y Standard Oil de Indiana. Teníamos lo que tenía New Jersey, mientras que aquí estaba concentrada la potencia del Middle West. Lo que tenían aquí era una inmensa producción de acero, acerías que se extendían muchos kilómetros a lo largo del lago, a través de dos estados, un complejo fabril más vasto que cualquier otro en el mundo, hornos de coque y de oxígeno que transformaban el hierro en acero, grandes cucharones elevados que transportaban toneladas de acero fundido, metal caliente que se vertía como lava en los moldes y, en medio del resplandor, el polvo, el peligro y el ruido, trabajando a una temperatura ambiental de 38°, aspirando vapores que podían destruir su salud, había hombres afanándose las veinticuatro horas del día, hombres que realizaban un trabajo interminable. Yo no era natural de aquella América, nunca lo sería y, sin embargo, la poseía como norteamericano. Mientras miraba desde la ventanilla del vagón, abarcaba lo que me parecía tan reciente, tan moderno, el mismo emblema del industrial siglo XX y, no obstante, un inmenso solar arqueológico; ningún hecho de la vida me parecía más serio que ése.
Veía a mi derecha un bloque tras otro de bungalows cubiertos de hollín, las casas de los obreros metalúrgicos, con glorietas y baños para pájaros en la parte posterior, y más allá de las casas las calles en las que se alineaban unas tiendas bajas y de aspecto degradado donde sus familias compraban, y tan potente era el impacto que ejercía sobre mí la visión del mundo cotidiano de un metalúrgico, su crudeza, su austeridad, el duro mundo de la gente con el agua hasta el cuello, siempre endeudada, siempre pagando algo, tanto me inspiraba pensar: «Por el trabajo más duro, el jornal mínimo, por deslomarse, las recompensas más humildes», que, ni qué decir tiene, ninguno de mis pensamientos le habría parecido extraño a Ira Ringold, mientras que todos ellos habrían consternado a Leo Glucksman.