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Por eso quiso casarse, por eso quería tener un hijo y por eso el aborto de Eve le afectó tanto. Por eso vino a vivir con nosotros el día que descubrió lo que había detrás del aborto. Y al día siguiente te conoció. Conoció al muchacho que era cuanto él nunca había sido y tenía cuanto él no había tenido. Ira no te reclutaba. Tal vez tu padre lo creyera así, pero no, eras tú quien le reclutaba a él. Aquel día, cuando fue a Newark, el aborto todavía le afectaba tanto que eras irresistible para él. Era un chico de Newark con mala vista, un ambiente familiar cruel y sin educación. Tú eras el chico de Newark bien criado, a quien se lo daban todo. Eras su príncipe Hal. Eras Johnny O'Day Ringold. Todo eso eras, y en eso consistía tu tarea, tanto si lo sabías como si no. Ayudarle a protegerse contra su naturaleza, contra la enorme fuerza que encerraba aquel corpachón, el furor asesino. Esa fue mi tarea durante toda mi vida. Es la tarea de muchísima gente. Ira no constituía ninguna rareza. ¿Hombres que intentan no ser violentos? A eso me refería antes al decir «donde todo había empezado». Esos hombres están a nuestro alrededor, por todas partes.

– Ira mató a aquel hombre con una pala. ¿Qué ocurrió después? -le pregunté-. ¿Qué ocurrió aquella noche?

– Yo no enseñaba en Newark. Era 1929. Aún no habían construido la escuela de Weequahic. Daba clases en la de Irvington, mi primer trabajo. Alquilé una habitación junto al almacén de maderas de Solondz, cerca de las vías del ferrocarril. Eran casi las cuatro de la madrugada cuando Ira se presentó. Yo vivía en la planta baja, y él llamó a mi ventana. Salí, eché un vistazo a sus zapatos y pantalones ensangrentados, a las manos y la cara manchadas de sangre, le hice subir al viejo Ford que tenía y nos pusimos en marcha. No sabía adonde diablos me dirigía. A algún lugar alejado de la policía de Newark. Entonces pensaba en la policía y no en Boiardo.

– Te contó lo que había hecho.

– Sí. ¿Y sabes a quién más se lo contó? A Eve Frame. Lo hizo varios años después, durante su noviazgo, aquel verano que estuvieron juntos en Nueva York. Estaba loco por ella y quería casarse, pero tenía que decirle la verdad, tenía que mostrarse tal como era y revelar lo peor que había hecho. Tal vez ella se asustaría, pero Ira quería que supiera con quién se relacionaba, que había sido un hombre violento, aunque esa faceta suya estaba superada. Lo dijo por la razón que tienen quienes se han reformado a sí mismos para hacer tales confesiones: para que ella le obligara a continuar reformado. Entonces no comprendía, jamás comprendió, que un hombre violento era lo que Eve más necesitaba.

Ciegamente, como era propio de ella, Eve intuía sus deseos más secretos. Necesitaba al bruto. Exigía al bruto. ¿Quién mejor que él para protegerla? Con un bruto estaba segura. Esto explica por qué no pudo seguir con Pennington durante los años en que él pasaba las noches fuera de casa, dedicado a sus aventuras homosexuales, y regresaba por una entrada lateral que había construido en su estudio. Eve le había pedido que construyera aquella entrada especial, para no oírle a las cuatro de la madrugada, cuando volvía de sus citas. Eso explica por qué se casó con Freedman, explica la clase de hombres que le atraían. Su vida romántica consistía en cambiar de brutos. Si aparecía un bruto, ella era la primera aspirante a quedárselo. Necesitaba al bruto que la protegiera, y necesitaba que el bruto fuese intachable. Sus brutos eran la garantía de la inocencia que atesoraba. Arrodillarse ante ellos y rogarles era de la mayor importancia para Eve. Belleza y sumisión, eso era lo que regía su vida, la llave que le daba acceso a la catástrofe.

Necesita al bruto para redimir su pureza, mientras que el bruto, por su parte, necesita que lo amansen. ¿Qué puede ser mejor para domesticarlo que la mujer más airosa del mundo? ¿Qué puede ser mejor para afinar su docilidad que las cenas para sus amigos, la biblioteca con las paredes forradas de madera para sus libros y, por esposa, una actriz delicada con una hermosa dicción? Así pues, Ira le contó a Eve lo que ocurrió con el italiano y la pala, y ella lloró por lo que había hecho a los dieciséis años, por lo que había sufrido, por su supervivencia y la manera en que, con tal valentía, se había convertido en un hombre maravilloso y perfecto, y se casaron.

Quién sabe, tal vez Eve pensó que un ex asesino era perfecto por otro motivo: a un hombre que se confiesa violento y asesino puedes imponerle sin temor esa presencia inaceptable, la de Sylphid. Un hombre corriente huiría corriendo de aquella chica. ¿Pero un bruto? El la aceptaría.

Cuando leí en la prensa que ella estaba escribiendo un libro, pensé lo peor. Ira le había dicho incluso el nombre del tipo. ¿Qué impediría a aquella mujer que, cuando se creía acorralada, era capaz de decir cualquier cosa a quien fuese, quién iba a impedirle que gritara «StroUo» desde los tejados? «¡Strollo, Strollo… sé quién mató a Strollo, el cavador de zanjas!» Pero cuando leí el libro, no contenía nada sobre el asesinato. O bien ella no dijo nada a Katrina y Bryden sobre el suceso, fue capaz de retenerse después de todo, comprendió lo que unas personas como los Grant (otro par de brutos de Eve) harían con esa información, o bien lo había olvidado a la manera en que podía olvidar cualquier hecho desagradable. Nunca supe cuál de los dos motivos explicaba su silencio sobre el caso. Tal vez ambos.

Pero Ira estaba seguro de que aquel hecho del pasado saldría a la luz. El mundo entero iba a verle como le vi yo la noche en que le llevé al condado de Sussex, cubierto con la sangre de un muerto, la cara manchada por la sangre de un hombre al que había matado. Y diciéndome entre risas, la risa entrecortada de un chico enloquecido: «Strollo ha dado su último paseo».

Lo que había empezado como un acto de defensa propia se había convertido en la ocasión de cometer un crimen. La suerte se lo había brindado. La defensa propia había pasado a ser el acto instigador que proporciona la oportunidad de asesinar. «Strollo ha dado su último paseo», me dijo mi hermano. Gozaba de lo que había hecho, Nathan.

«¿Sabes lo que acabas de coger, Ira?», le pregunté. «Has cogido el desvío incorrecto del camino. Acabas de cometer el peor error en el que podías caer. Lo has trastocado todo. ¿Y por qué? ¿Porque el tipo te atacó? ¡Pero le zurraste la badana! Le dejaste inconsciente, te hiciste con la victoria. Descargaste tu cólera golpeándole hasta dejarlo convertido en pulpa. Pero a fin de que tu victoria fuese total, volviste sobre tus pasos y le asesinaste… ¿por qué? ¿Porque dijo algo antisemita? ¿Eso requería que le mataras? ¿El peso entero de la historia judía recae sobre los hombros de Ira Ringold? ¡Tonterías! Has hecho algo irremediable, Ira, maligno, maníaco, algo que nunca podrás extirpar de tu vida. Esta noche has hecho algo que nunca podrás corregir. No puedes disculparte públicamente por un asesinato y arreglar las cosas. Nada puede corregir el asesinato. ¡Jamás! El asesinato no sólo pone fin a una vida, sino a dos. ¡El asesinato termina también con la vida humana del asesino! Nunca te librarás de este secreto. Irás a la tumba con él. ¡Lo tendrás contigo para siempre!».

¿Sabes? Cuando alguien comete un asesinato, imagino que va a intervenir la realidad dostoievskiana. Como soy hombre de letras, profesor de literatura, espero que el asesino manifieste el trastorno psicológico sobre el que Dostoievski escribe. ¿Cómo puedes cometer un asesinato sin que te angustie? Eso te convierte en un monstruo, ¿no es cierto? Raskolnikov no mata a la anciana y luego se siente bien por lo que ha hecho durante los siguientes veinte años. Un asesino con sangre fría como Raskolnikov reflexiona durante toda su vida sobre su sangre fría. Pero Ira no era muy introspectivo, siempre fue una máquina de acción. Por mucho que su crimen deformase el comportamiento de Raskolnikov… en fin, Ira pagó el precio de una manera distinta. Su penitencia (el intento de resucitar su vida, aquel echarse atrás para alzarse erguido) no fue en absoluto la misma.