– Gengis Jan, Chagatay Jan, Tuluy Jan y Kubilay Jan, Soberano de China -leyó el Maestro Osman y cerró el volumen y cogió otro.
Ante nosotros apareció una pintura que mostraba con una increíble belleza la escena en que Ferhat, con la fuerza que le da el amor, se echa a los hombros a su amada Sirin y a su caballo y los transporta con esfuerzo. Para reforzar la pasión de los amantes y su tristeza, las rocas de las montañas, las nubes y las hojas de los tres nobles cipreses que son testigos del amor de Ferhat habían sido pintadas con el estremecimiento de una mano movida por la pena y con tal dolor que el Maestro Osman y yo sentimos de inmediato la tristeza y el sabor a lagrimas de las hojas que caían. Aquella conmovedora escena no había sido pintada para mostrar la fuerza muscular de Ferhat como hacían todos los grandes maestros, sino para explicar que el dolor de su amor era sentido al mismo tiempo por el universo entero.
– Una de las imitaciones de Behzat de las que se hacian ochenta años atrás en Tabriz -dijo el Maestro Osman, y dejo el volumen en su lugar y cogió otro nuevo.
Aquélla era una pintura del Calila y Dimna en la que se mostraba la amistad forzada entre el ratón y el gato. En el campo, el pobre ratón, atrapado entre los ataques del armiño en el suelo y el milano en el cielo, encuentra la salvación junto a un pobre gato atrapado en el cepo de un cazador. Llegan a un acuerdo: el gato lame con cariño al ratón, como si fuera amigo suyo, y el armiño y el milano, temiendo al gato, renuncian a cazarlo. A cambio, el ratón libera con todo cuidado al gato de la trampa. Antes de que yo pudiera llegar a entender la sensibilidad del ilustrador, el maestro ya había encajado el libro entre otros y había abierto un nuevo volumen por una página al azar.
Era una agradable imagen de una misteriosa mujer que abría de manera elegante una mano mientras preguntaba algo y apoyaba la otra en la rodilla por encima de su túnica verde y de un hombre que, vuelto hacia ella, escuchaba atentamente lo que le decía su señora. La observé entusiasmado sintiendo celos de la intimidad, el amor y la amistad que había entre ellos.
El Maestro Osman lo dejó y abrió otra página de otro libro. Los caballeros de los ejércitos de Irán y Turan, enemigos mortales, se habían armado con sus petos, cascos, grebas, arcos, aljabas y flechas, habían montado sus legendarios y hermosos caballos con armaduras hasta el cuello, se habían dispuesto galanamente enfrentados en una estepa con el suelo cubierto de polvo amarillo alzando las lanzas de puntas adornadas con mil colores y, antes de lanzarse unos contra otros a vida o muerte, contemplaban pacientemente la lucha entre sus comandantes, que se habían adelantado y combatían entre ellos. Estaba a punto de decirme que, se hiciera hoy o se hubiera hecho hacía cien años, fuera una escena de guerra o fuera de amor, lo que de verdad pintaba el ilustrador de auténtica fe era la lucha consigo mismo y su amor por la pintura, e iba a comentar que entonces lo que pinta el ilustrador es su propia paciencia cuando:
– Éste tampoco es -dijo el Maestro Osman y cerro el pesado volumen.
En un álbum vimos un paisaje que parecía alejarse mas y más de unas altas montañas que desaparecían entre nubes rizadas. Pensé en cómo pintar era observar este mundo pero mostrarlo como si fuera otro. El Maestro Osman me contó cómo aquella pintura china podría haber llegado desde China a Estambul pasando de Bujara a Herat, de Herat a Tabriz y de Tabriz al palacio de Nuestro Sultán entrando y saliendo de todo tipo de libros, después de que desencuadernaran su libro y a ella la encuadernaran luego con otras pinturas.
Vimos escenas de guerra y muerte, cada una más terrible y mejor pintada que la otra: Rüstem con el Sha Mâzenderân; Rüstem atacando el ejército de Efrasiyab; Rüstem, el héroe misterioso e irreconocible en su armadura completa… En otro álbum vimos cadáveres destrozados, dagas manchadas de roja sangre, soldados desdichados en cuyos ojos se reflejaba la luz de la muerte y héroes que se troceaban mutuamente como cebollas mientras ejércitos legendarios, cuya procedencia no supimos averiguar, combatían sin piedad. El Maestro Osman observó, quién sabe por qué milésima vez, a Hüsrev espiando a Sirin mientras ella se bañaba en el lago a la luz de la luna, a los enamorados Leyla y Mecnun desmayándose al verse de nuevo tras una larga separación y la escena del cascabeleante gozo, entre árboles, flores y pájaros, de Salâman y Absal después de que huyeran del mundo y se fueran a vivir solos a una isla feliz, y, como el verdadero gran maestro que era, no pudo evitar llamarme la atención sobre el detalle extraño que aparecía en algún rincón de incluso la peor pintura, ya fuera debido a falta de firmeza del ilustrador o la conversación que emprendían por sí mismos los colores: ¿Qué desdichado y malintencionado ilustrador había colocado en aquella rama aquella infausta lechuza mientras Hüsrev y Sirin escuchaban las dulces historias que contaban las doncellas cuando nunca debería haber estado ¿Quién había colocado aquel bello muchacho vestido de mujer entre las mujeres egipcias que se cortaban los dedos mientras pelaban toronjas distraídas por la apostura de José? ¿Habría adivinado el ilustrador que había pintado cómo Isfendíyar se quedaba ciego de un flechazo que tiempo después también el se quedaría ciego?
Vimos a los ángeles que rodeaban a nuestro Santo Profeta en su ascensión a los Cielos, al anciano de piel oscura, seis brazos y larga barba que representa al planeta Saturno, cómo el niño Rüstem dormía pacíficamente en su cuna con incrustaciones de nácar mientras su madre y sus niñeras lo observaban. Vimos la dolorosa muerte de Darío en brazos de Alejandro, el encierro de Behram Gür en la habitación roja con su princesa rusa, el cruce del fuego de Siyavus montado en un caballo negro que no tenía ninguna firma secreta en los ollares, el triste entierro de Hüsrev, asesinado por su propio hijo. Mientras hojeaba a toda velocidad los volúmenes y los iba dejando aparte, el Maestro Osman reconocía a veces a un ilustrador y me lo indicaba, descubría alguna firma oculta tímidamente en lo más recóndito de unas ruinas, entre las flores, o en un rincón del pozo oscuro donde se escondía un genio, y comparando firmas y colofones podía descubrir quién había tomado qué de quién. Hojeaba largamente ciertos tomos por si encontrábamos algunas páginas de ilustraciones. A veces se producían largos silencios y sólo se oía el crujido apenas perceptible de las páginas. A veces el Maestro Osman lanzaba un grito como «;Oh!» y yo guardaba silencio sin comprender qué le había sorprendido. A veces me recordaba que la composición de la página o el equilibrio de los árboles o los caballeros de ciertas pinturas ya los habíamos visto en otras escenas de historias completamente distintas en otros volúmenes y buscaba dichas ilustraciones para mostrármelas. Comparaba una ilustración de un libro del Quinteto de Nizami hecho en tiempos del sha Riza, el hijo de Tamerlán, o sea, hace casi doscientos años, con otra de un libro hecho, según él, en Tabriz hacía setenta u ochenta años, me preguntaba el motivo oculto por el que dos ilustradores podían haber pintado lo mismo sin haber visto nunca la obra del otro y él mismo me daba la respuesta:
– Pintar es recordar.
Abriendo y cerrando viejos tomos, entristeciéndose ante las maravillas (porque ya nadie pintaba así), alegrándose ante las ineptitudes (¡porque todos los ilustradores éramos hermanos!) y mostrándome lo que había recordado el ilustrador, viejas imágenes de árboles, ángeles, parasoles, tigres, tiendas, dragones y príncipes tristes, en realidad quería decirme lo siguiente: en determinado momento Dios vio el mundo en su forma mas única e incomparable y, creyendo en la belleza de lo que veía, se lo cedió a sus siervos. Nuestro trabajo, el de los ilustradores y el de los amantes de la pintura que lo observan, es recordar el maravilloso paisaje que Dios vio y nos donó. Los más grandes maestros de cada generación de ilustradores trabajaban entregando sus vidas hasta quedarse ciegos para alcanzar con gran esfuerzo e inspiración aquel magnífico sueño que Dios nos había ordenado ver, para intentar pintarlo. Lo que hacían se parecía a la humanidad buscando acordarse de sus recuerdos de la edad de oro. Pero, por desgracia, incluso los más grandes maestros, como ancianos cansados y grandes ilustradores que se quedan ciegos de tanto trabajar, sólo podían recordar parcialmente y de forma poco clara aquella maravillosa pintura. Ésa era la razón por la que, aunque nunca hubieran visto las obras del otro y además hubiera entre ellos cientos de años de diferencia, a veces, y como si fuera un milagro, los antiguos maestros pintaban lo mismo exactamente igual, un árbol, un pájaro, un príncipe en los baños o una joven melancólica asomada a una ventana.