51. Yo, el Maestro Osman
En Bujara cuentan una historia de tiempos de Abdullah Jan. Al jan uzbeco, que era un soberano muy receloso, le disgustaba profundamente que los ilustradores observaran las páginas de los demás y se copiaran unos de otros aunque no se oponía a que colaboraran en una misma pintura. Porque si se cometía algún delito al pintar sería imposible encontrar al auténtico culpable entre unos ilustradores que se copiaban desvergonzadamente. Y, lo que era más importante, al poco tiempo aquellos ilustradores plagiarios, en lugar de esforzarse y buscar en la oscuridad los recuerdos de Dios, se dejaban llevar por la holgazanería y se limitaban a dibujar de nuevo lo que veían por encima del hombro del que trabajaba junto a ellos. Por eso el jan uzbeco recibió con alegría a dos grandes maestros que huían de las guerras y de soberanos crueles y buscaron refugio junto a él, uno del sur, de Shiraz, y el otro del este, de Samarcanda, pero les prohibió a aquellos renombrados talentos que vieran las obras del otro y les dio dos pequeños cuartos de pintura situados en los dos rincones más alejados del palacio. Y así, durante treinta y siete años y cuatro meses, aquellos grandes maestros escucharon, como si se tratara de una leyenda, las explicaciones de Abdullah Jan sobre lo maravillosas que eran las páginas del otro, que nunca habían podido ver, en qué detalles se diferenciaban y en qué puntos se parecían sorprendentemente y ambos sintieron una curiosidad mortal por las pinturas del otro. Después de que el jan uzbeco muriera tras una vida tan larga como la de una tortuga, los ancianos ilustradores corrieron al cuarto del otro para ver sus pinturas. Después, sentados juntos a ambos lados de un enorme almohadón, con los libros del otro en el regazo y observando las pinturas que conocían por las historias legendarias de Abdullah Jan, se sintieron decepcionados. Porque las pinturas que veían no eran legendarias, como las de las historias que le habían escuchado al jan, sino que les parecían vulgares, sin luz y borrosas, como todas las que habían visto en los últimos años. Ni siquiera después de quedarse completamente ciegos algún tiempo más tarde comprendieron los dos grandes maestros que el motivo de aquella opacidad era la ceguera que les estaba sobreviniendo, y se murieron habiendo decidido que habían sido engañados a lo largo de toda su vida y creyendo que los sueños eran más hermosos que las pinturas.
Yo estaba mucho más feliz que los protagonistas de aquella historia cruel de Bujara mientras pasaba con mis dedos congelados las páginas de aquellos libros que llevaba cuarenta años imaginando y las contemplaba a medianoche en la fría sala del Tesoro. Me excitaba de tal manera tener entre mis manos antes de quedarme ciego y morir ciertos libros cuya historia legendaria había escuchado durante toda mi vida, que, a veces, al ver que una de las páginas que abría era aún más prodigiosa que la leyenda que había oído, susurraba: «Gracias, gracias, gracias, Dios mío».
Por ejemplo, cuando hace ochenta años el sha Ismail cruzó el río y recuperó por la fuerza de la espada Herat y todo el Jurasán de los uzbecos, nombró a su hermano Sam Mirza gobernador de Herat, y su hermano, para celebrar tan feliz acontecimiento, ordenó preparar un libro reescribiendo y haciendo ilustrar el llamado Encuentro de las estrellas, en el que se narra una leyenda parecida al hecho del que fue testigo Emir Hüsrev en el palacio de Delhi. Una de las imágenes de dicho libro, según yo había oído por la leyenda, mostraba a dos soberanos encontrándose a orillas de un río y celebrando sus victorias y su encuentro, y las caras de los dos soberanos se parecían tanto a la de Keyhubat, sultán de Delhi, y su padre, Bugra Jan, señor de Bengala, cuyas historias se narraban en el libro, como a las del sha Ismail y su hermano, Sam Mirza, que lo habían originado. Estaba absolutamente seguro de que en la tienda del sultán aparecerían los rostros de los protagonistas de cualquiera de las dos historias que en ese momento tuviera en la mente y le agradecí a Dios que me hubiera dado la oportunidad de ver aquella página milagrosa.
En una ilustración del jeque Muhammad, otro de los grandes maestros de aquel mismo tiempo legendario, había un pobre siervo, cuyo fervor y cariño por su soberano habían llegado al extremo del amor y que había estado esperando pacientemente largo rato mientras el sultán jugaba al polo con la esperanza de que la pelota fuera hacia él y así pudiera recogerla del suelo y entregársela, y que había sido representado cuando, después de que la pelota llegó por fin hasta él y pudo recogerla del suelo, se la entregaba a su sultán. Tal y como había oído miles de veces, la admiración, la sumisión y el amor debidos que un pobre siervo siente por un insigne jakán o un glorioso sultán, o bien los que siente un joven y apuesto aprendiz por un gran maestro, estaban representados con tal delicadeza y una comprensión tan profunda en la manera en que el siervo extendía los dedos que sostenían la pelota y en la forma que tenía de no atreverse a mirar a la cara del sultán, que, tal y como yo podía sentir en ese momento en lo más profundo de mi corazón, se podía comprender que en este mundo no hay mayor felicidad que la de ser aprendiz, con una sumisión rayana en la esclavitud, de un gran maestro, tanta como la de ser maestro de jóvenes, hermosos y comprensivos aprendices, y sentía pena por aquellos que eran incapaces de comprender esa verdad.
Mientras pasaba las páginas y observaba rápidamente pero con toda mi atención miles de aves, caballos, soldados, enamorados, camellos, árboles y nubes, el alegre enano del Tesoro sacaba más y más tomos de los baúles y los dejaba ante mí presumiendo con tanta desvergüenza como si fuera un sha de los tiempos antiguos que hubiera encontrado la ocasión de exhibir sus riquezas. De entre aquellos libros maravillosos, volúmenes vulgares y confusos álbumes surgieron dos ejemplares extraordinarios de rincones distintos de un baúl de hierro, el uno encuadernado al estilo de Shiraz en color cereza madura y el otro con las cubiertas, lacadas en color oscuro por influencia china, hechas en Herat, cuyas páginas se parecían tanto que en un primer momento pensé que habían sido copiados el uno del otro. Intentando descubrir cuál era el original y cuál la copia, seguí los nombres de los calígrafos en el colofón, busqué las firmas secretas que pudiera ver y por fin, con un escalofrío, comprendí que aquellos dos volúmenes de Nizami eran los libros legendarios que el Maestro Ali, el jeque de Tabriz, había hecho para Cihan Sha, jakán de los Ovejas Negras, y Hasan el Largo, jakán de los Ovejas Blancas. Cuando el sha de los Ovejas Negras lo dejó ciego para que no pudiera hacer un libro igual al primero, el gran maestro ilustrador buscó refugio junto al jakán de los Ovejas Blancas y pintó de memoria uno aún mejor. El ver que en el segundo de aquellos libros legendarios, el que había ilustrado ya ciego, las pinturas eran más puras y simples mientras que en el primero los colores eran más vigorosos y llenos de vida, me recordó que la memoria de los ciegos saca a la superficie la cruel simplicidad de la existencia pero mata su vigor.
Como sé que soy un verdadero gran maestro, como por supuesto lo sabe también el Altísimo Dios, que todo lo ve y todo lo sabe, soy consciente de que algún día me quedaré ciego, pero ¿es eso lo que deseo ahora? Como el condenado a muerte que quiere ver por última vez el paisaje antes de que le corten la cabeza, le dije a Dios «Permíteme ver todas estas ilustraciones y llenarme la mirada con ellas», porque en la extraordinaria y terrible oscuridad de aquella sala del Tesoro repleta de objetos se podía sentir muy de cerca la presencia de Dios.
A menudo, gracias a la divina Providencia, surgían parábolas sobre la ceguera entre las leyendas de las páginas que hojeaba. El jeque Ali Riza de Shiraz, que había pintado las hojas del plátano una a una de manera que cubrieran el cielo en la famosa escena en la que se describe cómo Sirin, en un paseo por el campo, ve la imagen de Hüsrev colgada de una rama del árbol y se enamora de él, había intentado pintar el mismo árbol, de nuevo con todas sus hojas, sobre un grano de arroz para demostrar orgullosamente que el verdadero tema de la ilustración no era la pasión de la hermosa joven sino la del ilustrador en respuesta a un imbécil que había mirado la pintura y había comentado que el verdadero tema no debía ser el plátano. Si la firma orgullosa que había a los hermosos pies de una de las encantadoras damas de Sirin no me engañaba, estaba viendo el extraordinario árbol del gran maestro, el que había hecho sobre el papel, por supuesto, y no el del grano de arroz, que apenas tenía a medias cuando se quedó ciego siete años y tres meses después de haber comenzado el trabajo. En otra página Rüstem aparecía cegando a Alejandro con su flecha de doble punta como lo habría hecho un ilustrador que conociera el país del Indo, con un vigor y un colorido tales que al observador le daba la impresión de que la ceguera, el ansia vital y el secreto deseo del verdadero ilustrador, no era sino el comienzo de una alegre celebración.