– ¿Puedes ver la hermosura en las hojas de los árboles, que aparecen una a una como iluminadas desde dentro en la oscuridad de la noche parecidas a flores de primavera o a estrellas? ¿La paciencia en la decoración de los muros? ¿El elegante equilibrio en la composición de la pintura entera? El caballo del apuesto Hüsrev es airoso y delicado como una mujer. Arriba, en la ventana, su amada Sirin tiene la cabeza inclinada pero el rostro orgulloso. Es como si los enamorados fueran a permanecer eternamente en la luz que se filtra de los colores, el tacto y la piel de la pintura cuidadosamente trabajados con tanto amor por el ilustrador. ¿Ves? Sus cabezas están relativamente vueltas hacia el otro, pero sus cuerpos están medio girados hacia nosotros porque saben que están en una pintura y que nosotros los vemos. Por eso, no intentan en absoluto parecerse de manera exacta a lo que vemos todos los días. Justo al contrario, insinúan que han surgido de los recuerdos de Dios. Ésa es la razón por la que ahí, en esa pintura, el tiempo se ha detenido. Por deprisa que pase el tiempo en la historia que ilustran, ellos, como jovencitas tímidas y elegantes bien educadas, permanecerán para siempre sin hacer ningún movimiento exagerado con las manos o los brazos, con sus delicados cuerpos y ni siquiera con sus ojos. Todo permanecerá petrificado junto a ellos en la noche azuclass="underline" el pájaro del cielo vuela inquieto como los acelerados corazones de los amantes en medio de la noche, entre las estrellas, pero también permanece para siempre clavado en el cielo ahora, en este instante incomparable. Los antiguos maestros de Herat, cuando eran conscientes de que la oscuridad aterciopelada de Dios estaba cayendo sobre sus ojos como un telón, sabían también, perfectamente, que si se quedaban ciegos mientras miraban sin moverse una pintura así durante días, semanas, sus almas acabarían por mezclarse por fin con ese tiempo infinito de la pintura.
Cuando a la hora de la oración del anochecer la Puerta del Tesoro fue abierta con la misma ceremonia por la multitud de siempre, el Maestro Osman continuaba observando todavía la página que tenía ante él prestando toda su atención al pájaro inmóvil en el cielo. Pero cualquiera que notara el color pálido de sus pupilas comprendería que había algo extraño en su manera de mirar la página, de la misma forma que nos damos cuenta de que algunos ciegos se acercan al plato de comida por el ángulo incorrecto.
Como los funcionarios del pabellón del Tesoro no me registraron con demasiada minuciosidad cuando supieron que el Maestro Osman se quedaría dentro y que Cezmi agá estaría en la puerta, no encontraron el alfiler de turbante que me había escondido en los calzones. Al salir del patio de Palacio a las calles de Estambul, me metí en un callejón, me saqué de los calzones aquella terrible cosa que había dejado ciego al legendario Behzat y me la introduje en el fajín. Caminé por las calles como si corriera.
El frío de las salas del Tesoro se me había metido tan dentro que me dio la impresión de que sobre las calles de la ciudad había descendido un dulce aire de primavera temprana. Moderé el paso al cruzar por el mercado de Eskihan y pasar ante los colmados, las barberías, las perfumerías, las fruterías y las leñerías que iban cerrando una a una, y observaba con atención las barricas, los manteles, las zanahorias y los tarros iluminados por candiles en el interior de las cálidas tiendas.
La calle de mi Tío, no es ya que no diga «mi calle», ni siquiera puedo decir «la calle de Seküre» todavía, me pareció un lugar aún más extraño y lejano tras dos días de ausencia. Pero la alegría de haber regresado sano y salvo a Seküre y la idea de que esa noche podría entrar en la cama de mi amada, ya que se podía considerar que el asesino había sido descubierto, me hacía sentirme tan próximo al mundo entero que al ver el granado y el postigo cerrado recién arreglado, tuve que contenerme para no gritar como un campesino que llama a alguien que está en la otra orilla de un arroyo. Porque al ver a Seküre lo primero que quería decir era «Ya se sabe quién es el vil asesino».
Abrí la puerta del patio. No sé si por el chirrido de la puerta, por la despreocupación con la que un gorrión bebía del cubo del pozo o por la oscuridad de la casa, pero lo cierto es que me di cuenta enseguida con ese instinto lobuno del hombre que ha vivido completamente solo durante doce años de que no había nadie en la casa. Cuando uno comprende apenado que se ha quedado solo insiste, no obstante, en abrir todas las puertas, todos los armarios, hasta las tapaderas de los pucheros abre. Yo hice lo mismo. Miré incluso en los baúles.
Lo único que oí a lo largo de aquel prolongado silencio fue el estruendo de mi corazón latiendo a toda velocidad. Como un anciano que ya no estuviera para esas cosas, sólo encontré consuelo cuando saqué mi espada del fondo del baúl más alejado, donde la había escondido, y me la ceñí a la cintura. En tantos años de empuñar la pluma mi espada de empuñadura de marfil siempre me había dado paz interior y equilibrio, incluido el equilibrio necesario para caminar. Los libros, aunque los tomamos por consuelo, sólo añaden profundidad a nuestra desdicha.
Bajé al patio. El gorrión ya se había ido. Salí de la casa abandonándola en el silencio de una oscuridad cada vez mayor, como si abandonara un barco que se va a pique.
Corre, me decía ahora mi corazón con mayor confianza en sí mismo, ve y encuéntralos. Corrí. Pero me fui moderando según aumentaba el número de perros que me seguían alegres por haber encontrado una diversión en los patios de las mezquitas que cruzaba usándolos como atajos para evitar los lugares más abarrotados.
53. Me llamo Ester
Estaba preparando sopa de lentejas para la cena cuando Nesim me dijo «Hay alguien en la puerta que pregunta por ti». «Que no se pegue la sopa», le avisé después de pasarle el cucharón, tomar su anciana mano en la mía y dar un par de vueltas con ella a la cazuela. Porque si no se lo enseño se puede pasar horas con la cuchara metida en la sopa sin removerla.
Cuando vi a Negro en la puerta simplemente sentí pena por él. Tenía algo en la cara que a una le daba miedo preguntar lo que había pasado.
– No entres -le dije-. Me cambio y ahora mismo estoy contigo.
Me puse el vestido rosa y amarillo que uso cuando me llaman a las celebraciones de Ramadán, a las mesas de los ricos o a las bodas largas y cogí mi atado de los días de fiesta.
– Ya me tomaré la sopa cuando vuelva -le dije al pobre Nesim.
Negro y yo apenas habíamos cruzado una calle de nuestro pequeño barrio judío, donde las chimeneas echan tan poco humo como vapor las cazuelas de los pobres, cuando le dije:
– El antiguo marido de Seküre ha vuelto de la guerra.
Negro estuvo callado hasta que salimos del barrio. Tenía la cara del color de la ceniza, como el atardecer.
– ¿Dónde están? -preguntó mucho después.
Así fue como comprendí que Seküre y los niños no estaban en casa.
– En su casa -me di cuenta de inmediato de que aquello se marcaría como un hierro al rojo en el corazón de Negro porque me refería a la antigua casa de Seküre y quise abrir una puerta a la esperanza-. Probablemente.
– ¿Tú has visto a su marido después de que volviera de la guerra? -me preguntó mirándome a los ojos.
– No lo he visto ni a él, ni a Seküre abandonando la casa.
– ¿Y cómo sabes que ha abandonado la casa?
– Por tu cara.
– Cuéntamelo todo -dijo decidido.
Estaba tan preocupado como para no comprender que para que esta Ester, con el ojo en la ventana y el oído en la calle, pueda ser la Ester que encuentra marido a tantas muchachas soñadoras y que llama con toda tranquilidad a la puerta de tantas casas infelices, nunca puede contarlo todo.
– Hasan, el hermano del antiguo marido de Seküre, fue a vuestra casa -vi que le alegraba que hubiera dicho «vuestra casa»- y le dijo a Sevket que su padre estaba a punto de volver de la guerra, que llegaría esa misma tarde y que si no veía a su mujer y a sus hijos se entristecería mucho. Aunque Sevket le dio la noticia a su madre, Seküre fue prudente y no llegó a tomar una decisión. Poco antes de media tarde Sevket se escapó de casa y se refugió con su tío Hasan y su abuelo.