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Aunque yo misma, Ester, que me he pateado todas las calles de Estambul, excepto los barrios más pobres y peores, o sea, donde habitan los emigrantes y todo tipo de gente desdichada, creyera de vez en cuando que desapareceríamos entre aquellas callejuelas que daban vueltas y revueltas sin parar en una oscuridad sin fondo, había no obstante ciertos rincones que reconocía por haber pasado por allí de día llevando mi hatillo pacientemente: reconocí los muros de la calle del Sastre Mayor, el intenso olor a estiércol, que casi parecía canela, del establo que había junto al jardín del Maestro Nurullah, los solares incendiados de la calle de los Titiriteros y el pasaje de los Halconeros y la plaza de la Fuente del Peregrino Ciego, a la que daba el pasaje, y comprendí que no nos dirigíamos a la casa del difunto padre de Seküre sino a algún otro sitio que no pude adivinar.

Me di cuenta de inmediato de que Negro había encontrado otro lugar que sirviera de refugio porque quería ocultar a su familia de Hasan, que era imprevisible cuando se dejaba llevar por la ira, y de aquel demoníaco asesino. Si hubiera podido saber de qué sitio se trataba os lo diría ahora mismo y a Hasan a la mañana siguiente. No porque sea malvada, sino porque estaba segura de que Seküre querría atraerse de nuevo el interés de Hasan, por eso. Pero el inteligente Negro no confiaba ya en mí, y con toda la razón.

Estábamos en una calle oscura por detrás del Mercado de Esclavos cuando nos llegaron voces, gritos y llamadas desde el otro extremo de la calle. Oímos un forcejeo, ese estrépito incomparable que se escucha cuando empieza la pelea y entrechocan las hachas, las espadas y los garrotes y reconocí con pánico aullidos de agonía.

Negro le entregó su enorme espada a un hombre de confianza, le arrebató a la fuerza a Sevket la daga que llevaba, naciéndole llorar, e hizo que Seküre, Hayriye y los niños se alejaran de allí acompañados por el aprendiz de barbero y otros dos hombres. El estudiante de medersa me dijo que me llevaría directamente a casa; no me dejaría ir con los demás. ¿Era una casualidad o era para ocultarme astutamente el lugar en que iban a esconderlos?

Al final de la estrecha calle, nos vimos obligados a cruzarla, había un establecimiento que comprendí que era un café. Quizá la pelea había terminado antes de empezar. Una multitud que entraba y salía a gritos -en un primer momento pensé que lo estaban saqueando- estaba destruyendo el café. Primero sacaban las tazas, las cafeteras, los vasos y las mesas cuidadosamente y a la luz de las antorchas para que nosotros, los curiosos, lo observáramos y nos sirviera de ejemplo, y luego lo rompían todo ante nuestros ojos. Estuvieron golpeando un rato a uno que intentó detener aquello pero por fin pudo librarse. Al principio pensé que su única preocupación era el café, como decían. Explicaban los peligros del café, cómo estropeaba la vista y el estómago, cómo confundía la mente y provocaba que los hombres abandonaran la fe, cómo era un veneno franco y cómo el Profeta Mahoma lo había rechazado a pesar de que el Diablo se lo había ofrecido disfrazado de una hermosa mujer. Aquello parecía una función nocturna educativa, hasta el punto de que en cuanto volviera a casa pensaba reñir a Nesim y decirle: «No tomes mucho de ese veneno».

Como por los alrededores había bastantes pensiones de solteros y fondas baratas, rápidamente se reunió una multitud de espectadores, compuesta de piojosos sin oficio ni beneficio y vagos que habían entrado ilegalmente en la ciudad, que envalentonó a los enemigos del café. Fue entonces cuando me di cuenta de que se trataba de los hombres de Nusret, el famoso predicador de Erzurum. Iban a limpiar Estambul de nidos de bebida y prostitución y de cafés y castigarían a todos aquellos que se apartaran del camino del Profeta Mahoma y a los que bailaban moviendo las caderas al ritmo de la música en los monasterios con la excusa de que se trataba de ceremonias religiosas. Maldijeron a los enemigos de la religión, a los que colaboraban con el Diablo, a los idólatras, a los impíos y a los ilustradores. Entonces recordé que aquél era el café de cuyas paredes se colgaban pinturas, donde se difamaba la religión y al predicador de Erzurum y se cometían tantas obscenidades.

Del interior salió un mozo con la cara cubierta de sangre; creí que iba a desplomarse pero se limpió la sangre de la frente y las mejillas con la manga de la camisa, se unió a nosotros y comenzó a contemplar el asalto. La multitud, temerosa, se había retirado ligeramente. Me di cuenta de que Negro reconocía a alguien entre la multitud y de que dudaba por un instante. Comprendí que estaban llegando los jenízaros o cualquier otro grupo armado de garrotes por la manera en que se dispersaron los erzurumíes. Las antorchas se apagaron y en la multitud se produjo una enorme confusión.

Negro me agarró del brazo y me apartó para que siguiera al estudiante. «Id por calles laterales -dijo-. Te llevará a tu casa». El estudiante quería desaparecer lo antes posible, así que nos alejamos a la carrera. Seguía pensando en Negro, pero si retiran a esta Ester vuestra de la acción ya no puede contaros cómo sigue la historia.

54. Yo, la mujer

¡Señor cuentista, puedes imitar cualquier cosa pero no puedes ser una mujer! Eso dicen pero yo afirmo lo contrario. Sí, nunca he podido casarme porque he estado continuamente de ciudad en ciudad narrando historias hasta medianoche e imitando cualquier cosa hasta enronquecer en bodas, diversiones y cafés. Pero eso no significa en absoluto que no conozca a las mujeres.

Conozco muy bien a las mujeres e incluso he tratado personalmente con cuatro de ellas, les he visto la cara y les he hablado. Son las siguientes:

1. Mi difunta madre. 2. Mi querida tía. 3. La mujer de mi hermano mayor, el mismo que siempre me pegaba, que me decía que saliera de la habitación en cuanto me veía (fue de la primera de la que me enamoré). 4. Una mujer a la que vi por un instante en una ventana abierta en Konya durante uno de mis viajes. Aunque nunca le hablé, durante años, todavía ahora, alimenté por ella lujuriosos sentimientos. Quizá ya haya muerto.

Como ver a una mujer con la cara descubierta, hablar con ella y verla en su condición humana puede provocar en nosotros, los hombres, profundos dolores carnales y espirituales, lo mejor es no verlas antes de la boda, como ordena nuestra religión, especialmente a las hermosas. Para satisfacer las necesidades del cuerpo la única solución es buscar la amistad de apuestos muchachos que no tienen nada que envidiar a las mujeres, y esto acaba por convertirse en una dulce costumbre. En las ciudades de los francos las mujeres se pasean llevando al descubierto no sólo sus rostros sino también sus brillantes cabellos, lo más atractivo de una mujer, y además sus cuellos, sus brazos, sus hermosas gargantas y, si lo que cuentan es cierto, parte de sus preciosas piernas, y por esa razón los hombres andan con sus partes siempre erectas y caminan avergonzados, doloridos y a duras penas, lo cual, por supuesto, lleva a la parálisis de su sociedad. Ése es el motivo por el que cada día los infieles francos pierden una fortaleza ante el Otomano.

Así pues, tras comprender ya en mi primera juventud que el camino más acertado para la felicidad y la paz de mi alma era vivir alejado de las mujeres hermosas, sentí aún más curiosidad por ellas. Como por entonces no había visto a otras que mi madre y mi tía, mi curiosidad adquirió una misteriosa peculiaridad, era como si la cabeza me hormigueara y comprendiera que sólo podría sentir lo que sentían haciendo lo que ellas, comiendo lo que ellas, repitiendo sus palabras, imitando sus actitudes y vistiendo sus ropas. Y un viernes en que mi madre, mi padre, mi hermano mayor, mi tía, todos en suma, fueron a visitar el jardín de rosas de mi abuelo en las orillas del Fahreng, les dije que estaba enfermo y me quedé en casa.