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Por supuesto, yo era consciente de que si Negro me había planteado la pregunta del Maestro Osman sobre la ceguera y la memoria era más para poder estar tranquilo mientras observaba mis cosas, mi habitación y mis pinturas, que para saber mi respuesta. No obstante, me alegró ver que las historias que le había contado le habían conmovido.

– La ceguera es un mundo feliz en el que no pueden entrar el Demonio ni el crimen -le dije.

– En Tabriz -me explicó- sigue habiendo algunos ilustradores a la antigua que, por influencia del Maestro Mirek, consideran la ceguera como la mayor virtud que puede conceder la gracia divina, se avergüenzan de no estar aún ciegos aunque ya son bastante ancianos y, como temen que se crea que es debido a su falta de habilidad y talento, aparentan estarlo. A causa de esa convicción moral, también influida por Cemalettin de Kazvin, algunos, para aprender a ver el mundo como los ciegos aunque ellos no lo estén en realidad, se sientan en la oscuridad entre espejos y miran durante semanas, sin comer ni beber, las páginas de los antiguos maestros de Herat a la pálida luz de un candil.

Llamaron a la puerta. Abrí y era un apuesto aprendiz del taller con los ojos enormemente abiertos. Me dijo que el cadáver de nuestro hermano el iluminador Maese Donoso había sido encontrado en un pozo ciego y que el funeral se celebraría a la hora de la oración de la tarde en la mezquita de Mihrimah y echó a correr para llevar la noticia a los demás. Dios mío, protégenos.

15. Me llamo Ester

¿Es el amor el que vuelve estúpidas a las personas o es que sólo los estúpidos se enamoran? Llevo años de buhonera y de casamentera y todavía no sé la respuesta. Me gustaría conocer a una pareja que cuando se enamore se vuelva más sagaz, más astuta y sepa intrigar de manera más inteligente, sobre todo un hombre. Lo único que sé es lo siguiente: si un hombre recurre a las astucias, a pequeños trucos y trampas, es que no está enamorado en absoluto. En cuanto al señor Negro, todo demuestra que ya ha perdido su sangre fría y cuando habla conmigo de Seküre pierde incluso todo sentido de la medida.

En el mercado le dije que Seküre pensaba continuamente en él, que me había preguntado por su respuesta, que nunca la había visto así y cosas parecidas, en fin toda esa cantinela que me sé de memoria y que le repito a todo el mundo. Me miraba de una forma que me dio pena. Me dijo que le llevara «de inmediato» a Seküre la carta que me entregaba en ese momento. Todos los estúpidos creen que en su amor se dan unas circunstancias especiales que requieren mucha prisa y así dejan al descubierto la violencia de su amor y le entregan un arma a sus amantes; si ellas son inteligentes, retrasarán la respuesta. Resultado: en el amor la prisa sólo produce el efecto contrario de lo que se pretende.

Por eso, si el señor Negro hubiera sabido que llevé antes a otro sitio esa carta que tendría que haber entregado «de inmediato», me habría estado agradecido. Mientras le esperaba largo rato en el mercado me había quedado helada. Para calentarme decidí pasarme primero por casa de una de mis hijas, que me pillaba de camino. A los muchachos y muchachas cuyas cartas llevo y a quienes caso con mis propias manos les llamo mis hijos. Esta muchacha más que fea me está tan agradecida cada vez que voy a su casa, además de revolotear a mi alrededor como una polilla, siempre me da un puñado de ásperos. Estaba preñada y contenta. Preparó una manzanilla que me tomé saboreándola tranquilamente. Cuando por fin me quedé sola conté el dinero que me había entregado el señor Negro. Veinte ásperos.

Volví a ponerme en marcha. Pasé por callejuelas y crucé pasajes donde el barro se había congelado haciendo casi imposible caminar. Cuando llamaba a la puerta de la casa me dejé llevar por mi espíritu bromista y grité:

– ¡Buhonera, aquí está la buhonera! Traigo tules rizados de lo más púrpura, dignos de un sultán, chales maravillosos llegados de Cachemira, fajines de seda de Bursa, las mejores camisas de paño de Egipto con ribetes de seda, manteles de muselina bordada, sábanas y colchas, pañuelos de todos los colores, ¡buhonera!

Abrieron la puerta y entré. Como siempre, la casa olía a camas, sueño, aceite refrito y humedad. Ese olor terrible a hombres solteros que se van haciendo mayores.

– ¡So bruja! ¿Por qué gritas?

Subí sin decir nada y le entregué la carta. Se acercó a mí como una sombra en aquella habitación en penumbra y me la arrebató de las manos. Pasó a la habitación de al lado, allí había una lámpara siempre encendida. Me detuve en el umbral.

– ¿No está tu señor padre? -le pregunté.

No me contestó. Leía la carta completamente absorto. Le dejé que la leyera. Como estaba detrás de la lámpara no podía verle la cara. Cuando la terminó comenzó a leerla otra vez.

– ¿Y? -le dije-. ¿Qué ha escrito? Hasan me la leyó:

Estimada señora Seküre:

Yo, que también he vivido durante años con el recuerdo de una única persona, comprendo respetuosamente que esperes a tu marido y que no pienses en nadie más. Qué otra cosa se podría aguardar de una mujer como tú sino honestidad y castidad-aquí Hasan lanzó una carcajada-. Pero el hecho de que fuera a ver a tu padre se debía a algo relacionado con la pintura y no a la intención de molestarte. Eso ni se me pasaría por la cabeza. Tampoco se me ocurriría sugerir que he recibido una señal tuya ni que me hayas dado esperanzas. Cuando se me apareció tu rostro en la ventana como un rayo de luz, sólo pensé que era una gracia que Dios me concedía. Porque la felicidad de poder ver tu rostro me basta-«Esto se lo ha plagiado a Nizami», interrumpió airado-. Pero ya que me dices que no me acerque a ti, respóndeme, ¿eres un ángel para que acercarse a ti sea tan terrible? Escúchame, escúchame: cuando a medianoche contemplaba la luz de la luna que se reflejaba en montañas peladas por las ventanas de caravasares solitarios y malditos regidos por posaderos desesperados donde sólo se hospedaban bandoleros que huían del cadalso e intentaba dormir escuchando los aullidos de lobos aún más desdichados y solos que yo, pensaba que un día te vería de repente tal y como te he visto en esa ventana. Escucha: ahora que vuelvo a casa de tu padre a causa de un libro, me devuelves la pintura que te hice de niño. Es una señal de que he vuelto a encontrarte y no de que nuestro amor ha muerto. He visto a uno de tus hijos, a Orhan. Pobre huérfano. ¡Yo seré su padre!