– Dios le bendiga, qué bien lo ha escrito -dije-. Se nos ha hecho todo un poeta.
– «¿Eres un ángel para que acercarse a ti sea tan terrible?» -dijo Hasan-. Esta frase se la ha copiado a Ibni Zerhani. Yo soy capaz de escribir mejor -se sacó su propia carta de un bolsillo-. Toma esto y llévaselo a Seküre.
Por primera vez me disgustó aceptar dinero por llevar una carta. En su enloquecido empeño por un amor que no le era correspondido sentí algo que provocaba una cierta repugnancia. Y Hasan, como si quisiera confirmar mi impresión, dejó a un lado la buena educación que lucía desde hacía tanto tiempo y me dijo con chulería:
– Dile que si queremos podemos traerla a casa a la fuerza con una orden del cadí.
– ¿Se lo digo de veras?
Hubo un silencio. «No se lo digas», me respondió. La luz de la lámpara de la habitación se reflejó en su cara y pude ver que miraba al suelo como un niño que sabe que ha hecho algo malo. Como conozco estos estados de ánimo suyos, siento respeto por su amor y le llevo sus cartas. No por dinero, como todos creen.
Estaba saliendo de la casa cuando Hasan me detuvo en la puerta.
– ¿Le dices a Seküre cuánto la quiero? -me preguntó muy nervioso y nada sensato.
– ¿No se lo dices tú en tus cartas?
– Dime, ¿cómo puedo convencerlos a ella y a su padre?
– Siendo una buena persona -le respondí, y eché a andar hacia la puerta.
– A mi edad es ya un poco tarde… -dijo con una amargura sincera.
– Has empezado a ganar mucho dinero, Hasan el funcionario. Eso hace buenas a las personas -le contesté, y me fui.
El interior de la casa era tan oscuro y tenebroso que me pareció que fuera había templado. El sol me dio en la cara. Pensé que me gustaría que Seküre fuera feliz. Pero también estimaba a aquel pobrecillo que había visto en esa casa húmeda, fría y oscura. Sin que lo hubiera planeado, simplemente porque me salió de dentro, me metí en el Mercado de las Especias de Lâleli creyendo que el olor de la canela, el azafrán y la pimienta me harían volver en mí, pero me equivocaba.
Tras recibir las cartas, Seküre preguntó primero por Negro. Le dije que el fuego del amor le envolvía cruelmente y aquello le agradó.
– Hasta las mujeres que se pasan el día bordando en casa discuten la razón por la que el pobre Maese Donoso habrá sido asesinado -dije luego cambiando de conversación.
– Hayriye, haz dulce de sémola y llévaselo a la señora Kalbiye, la pobre viuda de Maese Donoso -le ordenó Seküre.
– Parece ser que a su entierro van a ir todos los erzurumíes y una enorme multitud -proseguí-. Su familia dice que su muerte no quedará sin vengar.
Pero Seküre había comenzado a leer la carta de Negro. La miré a la cara con toda mi atención, furiosa. Esta mujer tiene tanta experiencia en la vida que puede controlar la manera en que sus pasiones se reflejan en su rostro. Mientras leía la carta noté que le gustaba que me mantuviera callada y que interpretaba mi silencio como si yo aprobara la importancia especial que le concedía a la carta de Negro. Y así, cuando acabó de leerla y me sonrió, no tuve más remedio que preguntarle lo siguiente, porque sabía que a Seküre le gustaría:
– ¿Qué dice?
– Lo mismo que cuando era niño… Está enamorado de mí.
– ¿Y qué piensas?
– Estoy casada. Espero a mi marido.
Al contrario de lo que podáis pensar, no me enfadé porque me soltara aquella mentira después de pretender que me interesara, debo decir que hasta me tranquilizó. Si muchas de las jovencitas y mujeres para las que llevo cartas y a quienes doy consejos sobre la vida demostraran el cuidado de Seküre, tanto mi trabajo como sus esfuerzos resultarían el doble de fáciles e incluso algunas podrían encontrar mejores maridos.
– ¿Y qué dice el otro? -le pregunté no obstante.
– Ahora no me apetece leer la carta de Hasan -me replicó-. ¿Sabe Hasan que Negro ha vuelto a Estambul?
– No sabe ni que existe.
– ¿Hablas alguna vez con Hasan? -me preguntó mi preciosa abriendo sus ojos negros.
– Sólo porque tú quieres.
– ¿Y?
– Sufre. Te quiere mucho. Aunque tu corazón se incline por otro, te será muy difícil librarte de él. Le ha dado muchas alas el que aceptes sus cartas. Ten cuidado con él. Porque está dispuesto, no sólo a llevarte de vuelta a su casa, sino a obligarte a aceptar que su hermano ha muerto y a casarse contigo -sonreí para compensar un poco el lado amenazador de mi última frase y que no me tomara por el heraldo de ese desgraciado.
– ¿Y qué cuenta el otro, pues? -me preguntó, pero ¿sabía por quién preguntaba?
– ¿El ilustrador?
– Estoy totalmente confusa -dijo de repente, quizá temiendo sus propios pensamientos-. Y me da la impresión de que todo se va a complicar todavía más. Mi padre está viejo ya. ¿Qué será de nosotros? ¿De estos huérfanos? Noto que se está acercando algo malo que nos afectará a todos, que el Diablo está preparando algo. Ester, dime algo que me alegre.
– Tú no te preocupes, Seküre, hermosa mía -le dije con el corazón agitado-. Eres muy lista y muy hermosa, de verdad. Algún día te acostarás con un guapo marido, lo abrazarás, te olvidarás de todos tus problemas y serás feliz. Lo leo en tus ojos.
Me despertó un cariño tal que los ojos se me humedecieron.
– Bueno, ¿y quién será ese marido?
– ¿No te lo dice ese corazón tan inteligente que tienes?
– Estoy triste precisamente porque no puedo entender lo que me dice mi corazón.
Hubo un silencio. Por un momento pensé que Seküre no confiaba nada en mí, que estaba ocultando magistralmente su falta de confianza para tirarme de la lengua, que sentía lástima de sí misma. En cuanto comprendí que no me iba a dar una respuesta inmediata a las cartas, le dije lo que siempre le digo a mis hijas, hasta a las bizcas, agarré mi atado, salí al patio y me largué de allí:
– Si abres bien esos bonitos ojos tuyos no te pasará nada malo, querida. No te preocupes.
16. Yo, Seküre
Antes, cada vez que venía Ester la buhonera, soñaba que algún amante capaz de conseguir que latiera a toda velocidad el corazón de una mujer como yo, inteligente, hermosa, bien criada, viuda pero virtuosa, se habría decidido por fin y habría escrito una carta que ella me traería. Y, al ver que las cartas eran de mis pretendientes habituales, al menos ganaba fuerza y paciencia para esperar a mi marido. En cambio, ahora, cada vez que Ester la buhonera se va me siento confusa y mucho peor.
Escuché los sonidos del mundo. Desde la cocina llegaba el ruido de un hervor y olor a limón y cebolla: sé que Hayriye está cociendo calabacines. Sevket y Orhan están en el patio, donde el granado, jugando a los espadachines a empellones, oigo sus voces. Mi padre, silencioso, está en la habitación de al lado. Abrí la carta de Hasan, la leí y me di cuenta de que no había nada de que preocuparse. A pesar de todo le tenía un poco de miedo y me felicité por cómo resistí sus esfuerzos por meterse en mi cama en la época en que compartíamos la misma casa. Luego volví a leer la carta de Negro sosteniéndola con cuidado, como si fuera algo frágil que pudiera romperse, y de nuevo me sentí confusa. No volví a leer las cartas; salió el sol y pensé lo siguiente: si cualquier noche me hubiera dejado abrazar por Hasan y hubiéramos hecho el amor, nadie se habría dado cuenta; excepto Dios. Se parece a mi desaparecido marido, así que habría sido lo mismo. A veces se me ocurre alguna idea así de estúpida y extraña. Salió el sol y, al templarse el ambiente, noté de repente que tenía un cuerpo, sentí mi piel, mi cuello, incluso mis pezones. Mientras el sol me daba entrando por la puerta Orhan se metió en la casa de repente.