– ¿Qué lees, madre? -me preguntó.
Bien, había dicho hace un instante que no había vuelto a leer las cartas que me había traído Ester, os he mentido. Estaba leyéndolas de nuevo. Pero ahora por fin doblé las cartas, me las guardé en el seno y le dije a Orhan:
– Ven a mis brazos. ¡Uf! Bendito sea Dios, cuánto pesas, te has puesto enorme -le besé-. Estás helado -le estaba diciendo cuando:
– Madre, qué caliente estás -me dijo apoyando su espalda en mi pecho.
A ambos nos gustaba estar sentados apretándonos con fuerza el uno contra el otro, sin hablar. Le olí el cuello y le besé. Lo abracé con más fuerza. Nos quedamos callados un rato.
– Me estás haciendo cosquillas -me dijo mucho después.
– Vamos a ver -le dije con una voz muy seria-. Si viniera el sultán de los duendes y te dijera que le pidieras lo que quisieras, ¿qué es lo que más te gustaría pedirle en la vida?
– Me gustaría que Sevket estuviera con nosotros.
– ¿Y qué más? ¿Quieres tener un padre?
– No. Cuando sea mayor yo me casaré contigo.
Lo malo no es envejecer, volverse fea, ni siquiera quedarse pobre y sin marido, sino que nadie te envidie, pensé. Bajé de mis brazos el cuerpo ya caliente de Orhan. Subí a ver a mi padre pensando que una mala persona como yo debía casarse con alguien bueno.
– Cuando Nuestro Exaltado Sultán vea con sus propios ojos el libro terminado le premiará -le dije-. Y usted volverá a ir a Venecia.
– No sé -me contestó mi padre-. Este asesinato me ha asustado. Nuestros enemigos deben de ser poderosos.
– Sé que esta situación mía les ha envalentonado dando lugar a malentendidos y a que abriguen falsas esperanzas.
– ¿Qué?
– Debo casarme lo antes posible.
– ¿Qué? -exclamó mi padre-. ¿Con quién? Pero tu ya estás casada. ¿De dónde te has sacado eso? -me preguntó-. ¿Quién te pretende? Por muy razonable e irresistible sea ese pretendiente que tienes -continuó mi sensato padre-, dudo mucho que sea posible encontrar a alguien así que, además, sea de nuestro gusto -y añadió resumiendo mi desafortunada situación-. Sabes que para que puedas casarte antes debemos resolver ciertos asuntos muy importantes -y continuó tras un largo silencio-. ¿Quieres dejarme e irte, querida?
– Anoche soñé que mi marido había muerto -le dije. Pero no lloré como una mujer que realmente hubiera soñado eso.
– De la misma manera que hay quien sabe interpretar una pintura mirándola, hay que saber interpretar los sueños.
– ¿Le parece bien que se lo cuente?
Se produjo una pausa momentánea y nos sonreímos como personas inteligentes que a toda velocidad tienen en cuenta todas las posibles implicaciones de lo que están diciendo.
– Interpretando tu sueño, yo puedo creer que ha muerto, pero tu suegro, tu cuñado y el cadí, que está obligado a hacerles caso, querrán otras pruebas.
– Hace dos años que cogí a los niños y volví a casa, pero ni mi suegro ni mi cuñado me han reclamado.
– Porque son perfectamente conscientes de sus errores -me respondió mi padre-. Pero eso no significa que acepten que te divorcies.
– Si fuéramos malikíes o hanbalíes, el cadí, teniendo en cuenta que ya han pasado cuatro años, permitiría que me divorciara y además me otorgaría una pensión. Pero, gracias a Dios, somos hanefíes y no podemos hacerlo.
– No me menciones siquiera al sustituto del cadí de Üsküdar, ese safií, eso son asuntos sucios.
– Todas las mujeres de Estambul cuyos maridos han desaparecido en la guerra acuden a él con sus testigos para divorciarse. Como es safií, sólo les pregunta si su marido ha desaparecido, cuánto tiempo lleva así, si tiene problemas para subsistir, si son aquellos sus testigos, y enseguida las divorcia.
– ¿Quién te mete esas cosas en la cabeza, hija mía? ¿quién te ha sorbido el seso?
– Y una vez que me haya divorciado, y si hay alguien que me haga perder la cabeza, por supuesto será usted quien me indique quién es ese hombre y yo nunca me opondré a la decisión que haya tomado respecto a mi matrimonio.
Mi astuto padre, viendo que su hija podía ser tan astuta como él, comenzó a pestañear. En realidad hay tres razones para que mi padre pestañee a esa velocidad: 1. Cuando le presionan y su mente funciona a toda marcha para buscar alguna treta. 2. Cuando está a punto de llorar sinceramente por la pena o la desesperación. 3. Cuando le presionan y su treta consiste en mezclar la primera y la segunda razón y quiere dar la impresión de que está a punto de llorar de pena.
– ¿Quieres coger a tus hijos y marcharte dejando solo a tu anciano padre? Sabes que tenía miedo de que me mataran a causa de nuestro libro -sí, eso dijo, nuestro libro-, pero ahora que te vas a ir con los niños eso es lo que quiero, morirme.
– Padre mío, ¿no es usted quien siempre dice que la única manera posible de librarme de ese inútil de cuñado mío es divorciándome?
– No quiero que me abandones. Puede que tu marido vuelva algún día. Y aunque no vuelva, no tiene nada de malo que sigas casada. Basta con que vivas en esta casa con tu padre.
– No quiero otra cosa sino vivir en esta casa con usted.
– Hija mía, ¿no decías hace un momento que querías casarte?
Así es discutir con mi padre: al final acabo por creer que no tengo razón.
– Sí, lo decía -le respondí mirando al suelo. Luego, mientras me contenía para no llorar, me dio valor lo razonable de la idea que se me había ocurrido y continué-. Bien, entonces, ¿no voy a volver a casarme nunca?
– Daría la bienvenida a un yerno que no te llevara lejos de aquí. ¿Quién es tu pretendiente? ¿Estaría dispuesto a vivir con nosotros en esta casa?
Guardé silencio. Por supuesto los dos sabíamos que mi padre no sentiría respeto por un yerno dispuesto a vivir en esta casa con nosotros y que acabaría por aplastarle. Y le menospreciaría de una manera tan retorcida y magistral por ser un calzonazos que ni siquiera yo querría entregarme a un hombre así.
– Sabes que en la situación en que te encuentras es casi imposible que te cases sin el consentimiento de tu padre, ¿no? Pues no quiero que te cases y no te doy permiso.
– No quiero casarme, quiero divorciarme.
– Porque un animal desconsiderado al que no le importara otra cosa que su propio beneficio podría hacerte mucho daño. Sabes cuánto te quiero, ¿no es verdad, hija mía? Y además tenemos que terminar ese libro.
Me callé. Porque si llego a empezar a hablar me habría dejado llevar por los demonios, que estaban perfectamente al tanto de mi irritación, y le habría dicho en la cara a mi padre que sabía que por las noches se llevaba a Hayriye a la cama. Pero ¿no estaría feo que una muchacha como yo le dijera a su anciano padre que sabía que se acostaba con una esclava?
– ¿Quién quiere casarse contigo?
Miré al suelo y guardé silencio, pero no por vergüenza, sino de pura rabia. Y lo que era aún peor, no poder responderle a pesar de estar tan enfadada me enfurecía todavía más. Entonces me imaginé a mi padre y a Hayriye en la cama en aquella postura tan ridícula y repugnante. Estaba a punto de llorar cuando le dije, todavía mirando al suelo:
– Hay calabacines en el fuego. Que no se peguen.