Siempre he sido apreciado en Estambul. Las muchachas me han besado como si fuera el marido de sus sueños, me han escondido en bolsas de seda, debajo de sus almohadas, entre sus enormes pechos, en sus calzones y, en sueños, me han tocado para comprobar que seguía allí. Me he ocultado junto al horno en unos baños, dentro de unas botas, en el fondo de un frasquito que olía de maravilla en la tienda de un perfumero, en el bolsillo secreto de un saco de lentejas de un cocinero. He paseado por todo Estambul en los rincones más ocultos de cinturones de piel de camello, de forros de tela estampada de Egipto, de zapatos forrados de paño, de zaragüelles multicolores. El maestro relojero Petro me puso en un compartimento secreto de un reloj de pesas y un abacero griego me metió directamente en un queso; he sido envuelto en trozos de tela y ocultado, junto con sellos, joyas y llaves, en conductos de chimeneas, dentro de hornos, bajo alféizares de ventanas, entre paja basta que servía de relleno a cojines, en compartimentos secretos de trampillas y baúles. He visto padres que se levantaban de la mesa cada dos por tres para mirar si seguía donde me habían escondido, mujeres que, sin motivo alguno, se me llevaban a la boca y me chupaban como si fuera un caramelo, niños que me metían en los agujeros de sus narices a fuerza de tanto olerme, viejos con un pie en la tumba que no se quedaban tranquilos si no me sacaban siete veces al día de la bolsa de cuero para contemplarme. Había una mujer circasiana muy meticulosa que, después de pasarse el día barriendo la casa y quitando el polvo, nos sacaba brillo con un cepillo. Un cambista con un solo ojo hacía torrecitas con nosotros sin parar; un porteador, cuyas manos olían a madreselva, y su familia nos contemplaban como quien mira un paisaje; y un iluminador que ya no está entre nosotros -creo que el nombre no es necesario- se pasaba las tardes colocándonos de manera que formáramos distintos motivos. He viajado en caiques de caoba, he entrado y salido de palacio, me he ocultado en volúmenes encuadernados al estilo de Herat, en tacones de escarpines que olían a rosas, en cubiertas de albardas. He visto cientos de manos, sucias, peludas, regordetas, grasientas, temblorosas, ancianas. Me he impregnado del olor de fumaderos de opio, de fábricas de velas, de arenques y del sudor de todo Estambul. Después de tanto movimiento y excitación, cuando el miserable bandido que había cortado la garganta de su víctima y me había echado en su propia bolsa aprovechando la oscuridad de la noche me escupió al llegar a su casa diciendo «Todo por tu culpa», me sentí tan ofendido que hubiera querido desvanecerme.
Pero, de no ser por mí, nadie distinguiría al buen ilustrador del malo y eso llevaría a que se acuchillaran los unos a los otros, así que no he desaparecido y he venido hasta aquí en la bolsa del iluminador más inteligente y de mayor talento.
Si sois mejores pintores que él, venid a por mí.
20. Me llamo Negro
¿Cuánto sabía su padre de las cartas que Seküre y yo nos habíamos enviado? De haber tenido en cuenta el estilo de la carta de Seküre, de muchacha tímida que tiene mucho miedo de su padre, debería haber concluido que no se habían cruzado una palabra respecto a mí, pero sentía que no era así. Me inquietaban la mirada astuta de la buhonera Ester, la magia de la aparición de Seküre en la ventana, la decisión con que mi Tío me había enviado a hablar con los ilustradores y la desesperación que le noté esta mañana cuando me mandó llamar.
Esta mañana, en cuanto mi Tío se sentó frente a mí, comenzó a hablarme de los retratos que había visto en Venecia. Había podido entrar en muchos palacios, mansiones e iglesias en su condición de embajador de Nuestro Sultán, Escudo del Mundo. Había estado durante días contemplando miles de retratos y había visto miles de caras sobre lienzos y madera, en marcos, pintadas directamente en el muro. «¡Todas diferentes, caras humanas únicas, distintas unas de otras!», me dijo. Le habían embriagado su variedad, sus colores, la suavidad, la delicadeza, incluso la dureza de la luz que caía sobre ellas y la expresión de sus ojos.
– Todos se hacían retratos, como si se hubieran contagiado de una epidemia -me dijo-. Toda Venecia. Los que tenían dinero y poder ordenaban sus retratos tanto para que fueran testigos y recuerdo de sus vidas como símbolos de sus fortunas, de su poder y su fuerza. Para que estuvieran siempre allí, frente a nosotros, para proclamar su existencia y sugerir que eran distintos y únicos.
Sus palabras eran despectivas, como si estuviera tratando de la envidia, la ambición y la codicia pero, mientras hablaba de aquellos retratos que había visto en Venecia, a veces su cara se iluminaba por un instante y se llenaba de vida, como la de un niño.
A los ricos aficionados a la pintura, a los príncipes y a los miembros de las grandes familias les poseyó una fiebre tal por hacer que pintaran sus rostros con el menor motivo que incluso cuando encargaban alguna pintura para las paredes de las iglesias con escenas de la Biblia o de vidas de santos aquellos infieles ponían como condición que su rostro apareciera en algún lugar de la pintura. Así, por ejemplo, estabas mirando una que mostraba el entierro de San Esteban y de repente, ¡ah!, junto a la tumba, entre la gente que lloraba estaba el príncipe que tan contento y alegre te había mostrado los cuadros que colgaban de las paredes de su palacio presumiendo de ellos. Luego, en un fresco que mostraba cómo San Pedro curaba a los enfermos con su sombra, a un lado del desdichado enfermo que se retorcía de dolor, te dabas cuenta de que estaba el hermano del atento dueño de la casa, sano como un cerdo, por cierto, y te llevabas una enorme decepción. Y al día siguiente, ahora en una pintura que describía la resurrección de los muertos, contemplabas el cadáver del que unas horas atrás había sido tu vecino de mesa en un almuerzo en el que habías visto cómo se atiborraba hasta no poder más.
– Algunos habían llevado el asunto hasta tal punto -prosiguió mi Tío con cierto temor, como si estuviera hablando de las tentaciones del Diablo-que sólo por estar presentes en la pintura consentían en convertirse en un criado que llena las copas en medio de una multitud, un hombre cruel de los que lapidan a la mujer adúltera o un asesino con las manos manchadas de sangre.
– Es igual -le dije aparentando no entenderle- que cuando en los libros que cuentan las antiguas leyendas persas vemos al sha Ismail sentado en su trono. O cuando nos encontramos pintado en la historia de Hüsrev y Sirin a Tamerlán, que gobernó mucho después.
¿No sonaba un ruidillo en alguna parte de la casa?
– Pero es como si esas pinturas de los francos se hicieran para atemorizarnos -dijo luego mi Tío-. Y no sólo nos asustan con el poder y la riqueza de quienes las encargan. Además intentan convencernos de que el mero hecho de estar en este mundo es algo muy especial y misterioso. Quieren crear ejemplos únicos de criaturas enigmáticas con sus caras, sus ojos y sus posturas sin igual y con sus ropajes, cada arruga de los cuales está realzada por sombras, y así atemorizarnos.
Me contó cómo en cierta ocasión se había perdido en un extraordinario bosque de retratos, que reunía rostros de todos los hombres famosos de la historia de los francos, de reyes a cardenales, de soldados a poetas, atesorado en su rica mansión a orillas del lago de Como por un aficionado desquiciado.
– Cuando le pedí al hospitalario dueño de la casa, que me estaba enseñando muy orgulloso todas las habitaciones, que me permitiera pasear por ellas a mi aire y me dejó solo, vi que aquellos personajes infieles supuestamente notables, de los cuales la mayoría parecía real y había algunos incluso que me miraban directamente a los ojos, se habían convertido en gente que ocupaba un lugar importante en el mundo sólo porque les habían pintado sus retratos. El que hubieran sido pintados les había contagiado de algo tan mágico, les había hecho tan incomparables, que por un momento me sentí débil e imperfecto. Me dio la impresión de que si yo hubiera sido pintado de aquella manera habría sido capaz de comprender mejor la razón de mi existencia en este mundo.