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Tenía miedo porque había comprendido que la pasión por los retratos acabaría con la pintura musulmana, que los antiguos maestros de Herat habían hecho perfecta e inmutable, y además hasta lo había deseado.

– Pero también era como si quisiera sentir que era distinto a los demás, diferente, único -continuó. Y notó que le poseía una poderosa atracción hacia aquello que temía, como debe ocurrir cuando el Diablo nos arrastra al pecado-. No sé cómo explicarlo, me daba la impresión de que era un deseo pecaminoso, como volverse arrogante ante Dios, como creerme alguien importante, como si situara el centro del universo mismo.

Luego se le ocurrió que aquello que en manos de los maestros francos era sólo una especie de juguete para niños vanidosos podía convertirse en algo más que simple magia y volverse en una fuerza legítima que sirviera a nuestra religión subyugando a todo el que la viera si se usaba para representar a Nuestro Excelso Sultán.

Y fue en ese momento cuando surgió la idea de preparar un libro en el que hubiera pinturas de Nuestro Sultán y de los objetos que le representaban. Porque cuando mi Tío regresó a Estambul y le dijo a Nuestro Excelso Sultán lo bien que estaría que le pintaran al estilo de los maestros francos, en un primer momento éste le puso objeciones.

– Lo verdaderamente importante es la historia -le había dicho-. Una hermosa pintura completa de forma elegante la historia. Pero cuando intento pensar en una pintura que no completa una historia, lo primero que se me viene a la cabeza es que se convertiría en un ídolo. Porque como no podríamos creer en una historia que no existe, tendríamos que creer en la pintura, en esa cosa. Sería algo como el culto a los ídolos que había en la Kaaba antes de que Nuestro Profeta los destruyera. Porque, si no son parte de una historia, ¿cómo podrías pintar, por ejemplo, ese clavel o a ese enano insolente?

– Mostrando la belleza del clavel, demostrando que es único.

– Y luego, al componer la página, ¿lo convertirás en el centro del universo?

– Tuve miedo -me dijo mi Tío-. Me angustié al ver adonde me estaban conduciendo los razonamientos de Nuestro Sultán.

Noté que lo que temía mi Tío era que otra cosa que no fuera la Providencia Divina ocupara el centro del universo, y por lo tanto, del papel.

– Luego querrás que cuelgue de la pared una pintura en cuyo centro hayas colocado un enano -había proseguido el Sultán, tal y como yo suponía que había temido mi Tío- Pero las pinturas no se cuelgan de las paredes. Porque si colgamos una pintura de la pared, sea cual sea nuestra intención, después de un tiempo acabaremos por adorarla. Si, como hacen los infieles, creyera que el Profeta Jesús es Dios al mismo tiempo, Dios me libre, entonces comprendería que Dios pudiera ser visto en el mundo e, incluso, que podría manifestarse en forma humana y podría aceptar que se hiciera una pintura de un hombre y que se colgara de la pared. Comprendes que, sin darnos cuenta, acabaríamos adorando cualquier pintura que se colgara de la pared, ¿no?

– Le comprendía tan bien -me dijo mi Tío- que me daba miedo lo que ambos estábamos pensando precisamente porque lo comprendía.

– Por esa razón no puedo consentir que mi imagen se cuelgue de la pared -dijo Nuestro Sultán.

– Pero eso era lo que quería -me susurró mi Tío sonriéndome diabólicamente.

Ahora me había llegado el turno a mí de sentir miedo.

– No obstante, quiero que se haga una pintura mía al estilo de los maestros francos -le dijo Nuestro Sultán-. Pero hay que ocultarla entre las páginas de un libro. Ya me dirás cómo tiene que ser dicho libro.

– Por un momento me quedé pensando entre sorprendido y admirado -continuó mi Tío y me sonrió con una sonrisa tan parecida a la sonrisa demoníaca de poco antes que por un instante casi llegué a creer que de repente se había convertido en otra persona-. Su Majestad el Sultán me ordenó que el libro se comenzara de inmediato. La cabeza me daba vueltas de alegría. Me ordenó además que lo preparara como regalo para el Dux de Venecia, a quien me enviaría de nuevo. Quería que cuando el libro estuviera terminado fuera una prueba del invencible poder de Nuestro Exaltado Sultán, Califa del Islam, en el milésimo año de la Hégira. Pero me pidió que preparara el libro en secreto para que no se supiera su condición de regalo con el objeto de llegar a un acuerdo con los venecianos y para que no diera lugar a envidias en los talleres. Y yo comencé a preparar las ilustraciones en secreto, feliz y contento.

21. Soy vuestro Tío

Así pues, la mañana de un viernes comencé a explicarle cómo sería el libro en el que estaría la imagen de Nuestro Sultán pintada al estilo de los maestros francos. Mi punto de partida fue cómo le había contado esa misma historia a Nuestro Sultán y cómo le había convencido para que iniciara los trabajos del libro. Pero mi objetivo secreto era que Negro escribiera las historias que habían de acompañar a las imágenes, ya que yo aún no había podido ni siquiera empezarlas.

Le dije que había completado la mayoría de las ilustraciones y que estaba a punto de finalizar la última.

– En mi libro hay una imagen de la Muerte, hay un árbol que le he encargado a Cigüeña, un ilustrador inteligente, para que demuestre qué pacífico es el mundo que gobierna Nuestro Sultán, otra del Diablo y una de un caballo que nos lleva hasta muy lejos; hay un perro, siempre retorcido y pedante, una moneda… He conseguido que los maestros del taller lo pinten todo de una manera tan hermosa que -le dije a Negro- si lo ves aunque sólo sea una vez, podrías decirme de inmediato cuál debería ser el texto. La poesía y la pintura, el color y la palabra, son hermanos, ya lo sabes.

En cierto momento pensé si debería decirle que le entregaría a mi hija. ¿Viviría con nosotros en esta casa? Luego me dije: «No te dejes engañar por lo atentamente que te escucha ni por la expresión infantil de su cara. Espera poder fugarse con Seküre». Pero no tenía a nadie que pudiera terminar mi libro, excepto a Negro.

Al regresar de la oración del viernes le hablé también del mayor descubrimiento en pintura de los maestros italianos, las sombras.

– Si queremos pintar el mundo tal y como se ve desde las calles por las que paseamos, en las que nos detenemos a charlar con otros transeúntes, si queremos hacer nuestras pinturas desde la calle, debemos aprender a introducir en nuestras pinturas, como hacen los maestros francos, lo que con más frecuencia se ve en ellas, la sombra.

– ¿Y cómo se puede pintar una sombra? -me preguntó Negro.

En ocasiones veía cierta impaciencia en mi sobrino mientras me escuchaba. A veces jugueteaba con el tintero mongol que me había traído. A veces cogía el atizador de hierro y removía las brasas de la chimenea. A veces yo me imaginaba que quería matarme golpeándome la cabeza con el atizador. Porque iba a alejar la pintura de la perspectiva de Dios. Porque me disponía a traicionar las ilustraciones surgidas de los sueños de los maestros de Herat y toda una tradición pictórica. Y porque había engañado al Sultán para hacerlo. A veces se quedaba sentado sin moverse largo rato y no apartaba la mirada de mis ojos. Suponía que pensaba «Seré tu esclavo hasta que pueda conseguir la mano de tu hija». En cierto momento, tal y como hacía cuando era niño, le saqué al jardín e intenté explicarle como lo habría hecho un padre los árboles, cómo el sol se reflejaba en sus hojas, la nieve fundiéndose y la razón por la cual las casas de nuestra calle se veían más pequeñas cuanto más lejos estaban. Pero me equivoqué al hacerlo: incluso algo tan mínimo me bastó para demostrarme que la especie de relación padre-hijo que habíamos tenido en tiempos hacía mucho que se había agotado. El lugar de la curiosidad y la pasión por aprender de su infancia había sido ocupado por la paciencia que demostraba con las tonterías de un viejo chocho en cuya hija había puesto los ojos. El peso y el polvo de los países que había recorrido en aquellos doce años se agazapaban con toda su fuerza en el alma de mi sobrino. Estaba más agotado incluso que yo y sentí lástima de él. Pensaba que además se sentiría furioso no sólo porque no le había entregado a Seküre doce años atrás -aquello era imposible-, sino porque soñaba en pinturas alejadas del estilo de los ilustradores musulmanes, de los legendarios maestros de Herat, e insistía en explicarle aquellas tonterías. Por eso me imaginaba que mi muerte ocurriría a sus manos.