Pero luego se arrepintió. No del miedo que había reflejado en la pintura, sino del mero hecho de haberme pintado. Y yo me siento como alguien a quien su padre recuerda con vergüenza y remordimientos. ¿Por qué se arrepintió de haberme pintado el maestro ilustrador de manos maravillosas?
1. Porque la pintura de la Muerte, yo, no ha sido hecha con la suficiente destreza. Como podéis ver, no soy tan perfecta como lo que pintan los grandes maestros venecianos ni como lo que pintaban los antiguos maestros de Herat. Yo misma siento vergüenza del aspecto descuidado con que me dibujó el gran maestro y que no se corresponde a la seriedad de la Muerte.
2. El maestro ilustrador que me pintó, engañado de una manera diabólica por el anciano, se encontró de repente y sin haberlo pensado imitando el estilo y el punto de vista de los maestros francos y le reconcomían el alma lo que consideraba una cierta falta de respeto hacia los antiguos maestros y una extraña deshonra que sentía por vez primera.
3. Y además algo de lo que debería haberse dado cuenta, como algunos imbéciles aquí presentes que de tanto verme empiezan a sonreír: la Muerte no es cosa de broma.
Ahora el maestro ilustrador que me pintó recorre las calles de noche como si no pudiera detenerse, abrumado por los remordimientos; como algunos maestros chinos, cree ser lo que ha pintado.
25. Me llamo Ester
Unas mujeres de los barrios de Kizilminare y Karakedi me habían encargado unas piezas de tela roja y morada de Bilecik para hacer fundas de edredones y yo las había metido por la mañana temprano en mi atado. Dejé la seda verde de China, que había conseguido del barco portugués que acababa de llegar, pero guardé la azul. Y como parecía que las nieves de este interminable invierno nunca iban a acabar, doblé con mucho cuidado una buena cantidad de calcetines, fajas y chalecos gruesos y multicolores, todos de lana, y los coloqué en el centro de manera que cuando abriera mi atadillo hasta el corazón de la mujer más indiferente diera un salto al ver los colores. Luego metí productos ligeros pero caros, pañuelos de seda, faltriqueras y manoplas de baño bordadas, para las mujeres que me llamaban no con la intención de comprar sino de cotillear, y levanté el atado, aaay, cuánto pesa, me va a partir la espalda. Lo dejé en el suelo. Volví a abrirlo y estaba pensando qué era lo que podía dejar cuando llamaron a la puerta; Nesim abrió y me llamó.
En la puerta estaba, toda ruborizada, la esclava Hayriye. Llevaba una carta en la mano.
– La manda la señora Seküre -susurró. Estaba tan nerviosa que te hubieras creído que era ella la que estaba enamorada y quería casarse.
Cogí la carta muy seria y le advertí a aquella muchacha estúpida que regresara a casa sin que nadie la viera. Nesim miraba con ojos curiosos. Agarré el atado falso que usaba cuando entregaba cartas, más grande pero también más ligero que el otro.
– Seküre, la hija del señor Tío, arde de amor -le expliqué-. La pobrecilla está que pierde la cabeza.
Lancé una carcajada y salí a la calle, pero de repente la vergüenza me envolvió el corazón. De hecho, habría preferido llorar por la triste vida que llevaba Seküre en lugar de burlarme de sus aventuras románticas. ¡Y qué hermosa es mi niña de ojos negros y tristes!
Caminé a toda prisa pasando por delante de las casas semiderruidas de nuestro barrio judío, que parecía todavía más desierto y miserable con el frío de la mañana. Mucho después, cuando vi al pordiosero ciego que se colocaba en la esquina de la calle de Hasan para controlar a todos los que pasaban, grité con todas mis fuerzas: «¡Buhoneraaa!».
– Bruja gorda -me dijo-. Aunque no gritaras te habría reconocido por tu manera de andar.
– Ciego asqueroso -le respondí-. ¡Tártaro mala sombra! Los ciegos son una calamidad dejada de la mano de Dios. Que Dios te maldiga.
Antiguamente esas cosas me daban igual y no me enfadaba. Me abrió la puerta el padre de Hasan. Era un abjazo señorial y educado.
– Vamos a ver qué nos ha traído esta vez -me dijo.
– ¿Está durmiendo el vago de tu hijo?
– ¿Dormir? Está vigilando la calle, esperando noticias tuyas.
Aquella casa estaba tan oscura que cada vez que iba me daba la impresión de estar entrando en una tumba. Seküre nunca me preguntaba qué era lo que hacían, pero yo siempre le hablaba de la casa de tal manera que no se le ocurriera siquiera volver a ella. Resultaba difícil imaginar que mi hermosa Seküre había sido en tiempos la señora de aquella casa y que vivía allí con sus revoltosos hijos. Dentro olía a sueño y a muerte. Pasé a la otra habitación entrando más en la penumbra.
Allí no se veía tres en un burro. Casi ni había terminado de sacar la carta cuando Hasan apareció en la oscuridad y me la arrebató de las manos. Como siempre hacía, le dejé que la leyera para sí y que satisficiera su curiosidad. Rápidamente levantó la cabeza del papel.
– ¿No hay nada más? -me preguntó aunque sabía que no había nada más-. Es una carta muy breve -dijo, y me la leyó:
Mi señor Negro:
Vienes a nuestra casa y te pasas el día allí sentado. Pero he oído que todavía no has escrito ni una línea del libro de mi padre. No te hagas esperanzas vanas mientras no hayas terminado el libro de mi padre.
Sostenía la carta en la mano y me miraba a los ojos de manera acusadora como si todo lo que ocurría fuera por mi culpa. No me gustan nada esos silencios de esta casa.
– Ya ni menciona que está casada y que su marido va a volver de la guerra -me dijo-. ¿Por qué?
– ¿Y cómo voy a saberlo? No soy yo quien escribe esas cartas.
– A veces hasta de eso sospecho -dijo, y me devolvió la carta junto con quince ásperos.
– Algunos hombres se hacen más avaros cuanto más ganan. Ése no es tu caso.
Este hombre tiene un lado tan astuto y demoníaco que enseguida se comprende por qué Seküre sigue aceptando sus cartas a pesar de su carácter malvado y oscuro.
– ¿Qué es eso del libro del padre de Seküre?
– ¡Ya lo sabes! Dicen que quien lo paga todo es Nuestro Sultán.
– A causa de las pinturas de ese libro los ilustradores se están matando entre ellos. ¿Es por el dinero o porque, Dios nos libre, el libro blasfema contra nuestra religión? Cuentan que el que mira las pinturas se queda ciego de inmediato.