Como el anciano que se encontraba con la muerte de un cuento siriaco que oí cuando era niño, se sumergió en un silencio breve de duración infinita.
Ahora que he mencionado la muerte, si hay alguno de vosotros que crea que había acudido allí con alguna mala intención, es que no está entendiendo el libro que lee. ¿Llamaría a la puerta alguien con semejantes intenciones? ¿Se quitaría los zapatos? ¿Iría sin cuchillo?
– Así que has venido -dijo, de nuevo como el anciano del cuento. Pero luego adoptó una actitud completamente distinta-. Bienvenido, hijo mío. Dime, ¿qué quieres?
Ya había oscurecido bastante. Por la pequeña y estrecha ventana recubierta de cera, que en primavera, cuando la abrían, daba al plátano y al granado, entraba sólo la luz suficiente para ver los perfiles de los objetos de la habitación, una luz que les habría gustado a los ilustradores chinos. Yo no veía del todo la cara del señor Tío, que estaba sentado ante un atril de lectura en su rincón habitual recibiendo la luz por la izquierda, pero intentaba conseguir impaciente aquella intimidad que se establecía entre nosotros cuando pintaba allí con él a la luz de las velas hasta el amanecer y hablábamos de ilustraciones entre pinceles, tinteros, cálamos y pulidores. No sé si sería por aquella sensación de extrañeza o porque de repente me dio vergüenza exponer directamente mis recelos y mis sospechas de que había pecado pintando y de que los fanáticos lo sabían, no lo sé, pero el caso es que me refrené y decidí explicarle mis problemas mediante una historia.
Quizá vosotros también hayáis oído la historia del jeque Muhammed, el pintor de Isfahán. No había quien superara a ese ilustrador en la elección de colores, en la composición de la página, en el dibujo de personas, animales y caras, en la aportación a la pintura de un entusiasmo que sólo podemos ver en la poesía y una lógica secreta que sólo podemos ver en la geometría. Después de alcanzar la maestría todavía joven, aquel hombre de manos milagrosas se convirtió en los treinta años siguientes de su vida en el ilustrador más intrépido y emprendedor de su tiempo en lo que respecta a la elección de los temas, la creatividad y el estilo. Él fue quien añadió con talento y equilibrio a la demoníacamente delicada y sensible pintura de Herat los terribles diablos, los genios cornudos, los caballos de enormes testículos, las criaturas monstruosas medio animal medio hombre, los gigantes y los duendes pintados con tinta negra que habían llegado desde China por mediación de los mongoles. Y él fue el primero que sintió interés y en quien influyeron los retratos que venían en los barcos que llegaban de Portugal y de Flandes. Fue él quien reavivó estilos olvidados que se remontaban hasta los tiempos de Gengis Jan rebuscando en viejos libros que se caían a pedazos. Él fue el primero en pintar osadamente temas sexualmente incitantes como a Alejandro observando a las bellezas nadar desnudas en la isla de las mujeres o a Sirin lavándose a la luz de la luna. Él fue quien pintó a Nuestro Profeta Mahoma volando en su caballo Burak, a los shas rascándose, a los perros apareándose, a los jeques borrachos de vino y consiguió que la comunidad de ilustradores lo aceptara. Todo aquello lo hizo con una laboriosidad y un entusiasmo que duraron treinta años mientras bebía vino y fumaba opio, a veces en secreto y a veces abiertamente. Después, ya viejo, se convirtió en seguidor de un jeque fanático, en poco tiempo cambió de arriba abajo, llegó a la conclusión de que todas las pinturas que había hecho a lo largo de aquellos treinta años eran blasfemias impías y renegó de ellas. Y no sólo eso, los treinta años que le restaban de vida los consagró a vagar de ciudad en ciudad, de palacio en palacio y de biblioteca en biblioteca buscando los libros que él mismo había ilustrado en tesoros y bibliotecas de shas y sultanes y destruyéndolos. Si encontraba una pintura que había hecho años atrás en la biblioteca de fuera el monarca que fuese, recurría a todo tipo de medios para eliminarla, usando argucias si no podía engañarlo con lisonjas, y en algún momento en que no llamaba la atención de nadie, o rasgaba la página del libro en la que se encontraba su ilustración o buscaba la ocasión para derramar agua sobre su propia maravilla y así estropearla. Le conté aquella
historia para que sirviera de ejemplo de los sufrimientos que puede acarrear al ilustrador el apartarse de la fe sin darse cuenta cuando se entusiasma en exceso con la pintura. Le recordé que por esa razón el jeque Muhammed había quemado la colosal biblioteca de Kazvin, de la que era gobernador el príncipe Abbas Mirza, ya que era incapaz de distinguir entre los cientos de libros aquellos que él había ilustrado. Le relaté de forma exagerada, como si yo mismo la hubiera vivido, la muerte del ilustrador en el terrible incendio, ardiendo también de dolor y arrepentimiento.
– ¿Tienes miedo, hijo mío -me preguntó cariñosamente el señor Tío-, de las pinturas que estamos haciendo?
La habitación estaba tan oscura ahora que más que ver supuse que me lo decía sonriendo.
– Nuestro libro ya no tiene nada de secreto -le dije-. Quizá eso no sea importante. Pero corren rumores por todos lados. Se dice que blasfemamos contra nuestra religión de manera encubierta. Se dice que no estamos preparando el libro que había pedido y esperaba Nuestro Sultán sino uno que satisfaga nuestro propio placer, que incluso se burla de Nuestro Santo Profeta, un libro impío y ateo que imita a los maestros infieles. Incluso hay quien dice que nuestro libro presenta al Diablo como alguien amigable. Dicen que blasfemamos al mirar el mundo con la perspectiva de un asqueroso chucho de la calle porque pintamos del mismo tamaño un tábano y una mezquita, con la excusa de que la mezquita está más atrás, y que nos burlamos de los fieles que acuden a ella. No puedo dormir por las noches pensando en todo esto.
– Hemos hecho juntos las pinturas -me contestó el señor Tío-. Y no sólo no hemos hecho nada de eso, ¿se nos ha pasado acaso ni una sola vez por el corazón?
– ¡Dios nos libre! -le dije exagerando las tintas-. Pero, no sé dónde lo habrán oído, dicen que hay una última pintura y que ésa no es una impiedad encubierta, sino una clara blasfemia.
– Tú mismo has visto esa última pintura.
– Yo he pintado lo que me pidió y como me lo pidió en los rincones que me indicó de una hoja grande para una ilustración de doble página -le contesté con un cuidado y una decisión que esperaba que apreciara el señor Tío-. Pero no he visto la pintura entera. Si la hubiera visto mi conciencia habría estado absolutamente tranquila al negar estas repugnantes calumnias.
– ¿Por qué te sientes culpable? -me preguntó-. ¿Qué es lo que te está reconcomiendo? ¿Quién ha conseguido que dudes de ti mismo?
– Cuando uno duda de si un libro que lleva meses ilustrando feliz puede atacar cosas que cree sagradas, vive los tormentos del Infierno. Si pudiera ver entera esa última ilustración…
– ¿Y eso es todo lo que te preocupa? ¿Para eso has venido?
De repente me inquieté. ¿Acaso estaba pensando algo tan repugnante como que yo había matado al pobre Maese Donoso?
– Además, los partidarios de destronar al sultán y poner en su lugar al Príncipe Heredero se unen a esas calumnias y andan divulgando que Nuestro Sultán apoya este libro en secreto.
– ¿Cuánta gente cree en eso? -me preguntó con aspecto cansado, exhausto-. Cualquier predicador ambicioso al que le embriaga la poca atención que le prestan enseguida empieza a decir que estamos dejando de lado la religión. Es la forma más segura que tienen de ganarse la vida.
¿Pensaba que había ido hasta allí sólo para informarle de aquel rumor?
– Pobre Maese Donoso, que en paz descanse -dije con voz temblorosa-. Al parecer lo matamos nosotros porque había visto la última ilustración entera y se había dado cuenta de que era una blasfemia. Me lo ha contado en el taller un jefe de sección amigo mío. Y ya sabe cómo son los aprendices y los asistentes; todo el mundo se dedica a los cotilleos.