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– No te preocupes, no aparece un nuevo estilo porque a un ilustrador le apetezca -le dije-. Muere un príncipe, un sha pierde una guerra, termina una época que parecía interminable, se cierra un taller y los ilustradores se dispersan y buscan otros hogares, otros protectores amantes de los libros. Un día un príncipe reúne compasivamente en su tienda o en su palacio a varios de esos ilustradores y calígrafos sin hogar ni raíces, perdidos pero con talento, hombres procedentes de lugares distintos, digamos Herat y Alepo, y forma con mimo su propio taller. Aunque los ilustradores, que aún no están acostumbrados los unos a los otros, sigan pintado en un principio en los viejos estilos que les resultan familiares, luego, como los niños que se van haciendo amigos a fuerza de pelearse en la calle, van apareciendo entre ellos parecidos, pendencias y acuerdos. Después de años de discusiones, de envidias, de conspiraciones y de trabajos sobre el color y las ilustraciones, lo que surge por fin es un nuevo estilo. En la mayor parte de los casos es el ilustrador más brillante y de más talento del taller el que lo impone. También podríamos llamarlo el más afortunado. Al resto le corresponde perfeccionar dicho estilo, incluso pulirlo, imitándolo eternamente.

Sin mirarme del todo a los ojos, casi temblando como una muchacha y con un tono tan suave como inesperado, que parecía pedirme tanto honestidad como benevolencia, me preguntó:

– ¿Tengo yo un estilo?

Por un momento creí que me iban a brotar lágrimas de los ojos. Le respondí de buen grado con lo que creía que era la verdad intentando con todas mis fuerzas ser dulce, cariñoso y bueno:

– En los más de sesenta años que llevo de vida eres el ilustrador más milagroso y de mayor talento que he visto, el de manos más prodigiosas y ojos más agudos. Si tuviera delante una pintura en la que hubieran trabajado juntos mil artistas combinando su trabajo, todavía sería capaz de distinguir y reconocer ese toque mágico de pincel que Dios te ha dado.

– Eso pienso yo también, pero no eres lo bastante inteligente como para comprender el secreto de mi talento -dijo-. Ahora me estás mintiendo porque me tienes miedo. No obstante, explícame cómo es mi estilo.

– Tu cálamo parece encontrar la línea justa por sí mismo, no porque tú lo toques. ¡Lo que nos descubre no es ni real ni frívolo! Cuando pintas una escena de grupo, la tensión que brota de las miradas entre la gente, de la composición de la página y del significado del texto, se convierte en tu pintura en un elegante susurro infinito. Vuelvo a mirar a menudo tus ilustraciones para escuchar ese susurro; en cada ocasión me doy cuenta sonriendo de que el significado ha cambiado y, no sé cómo decirlo, emprendo la observación de la pintura como si fuera a leer un texto. Así, cuando pones una detrás de otra estas capas de significado, surge una profundidad que va mucho más allá de la perspectiva de los maestros francos.

– Hummm. Bien. Deja a los maestros francos. Sigue.

– Tu cálamo es tan maravilloso, tan poderoso, que quien ve una pintura tuya no cree en el mundo que lo rodea, sino en lo que tú has dibujado. Y así, de la misma forma que eres capaz con tu talento de apartar del buen camino al hombre de fe más firme, con una pintura puedes conducir a la senda de Dios al más inquebrantable de los impíos.

– Es cierto, pero no sé si es un cumplido. Sigue.

– Ningún otro ilustrador conoce como tú la consistencia y los secretos de la pintura. Siempre eres tú quien prepara los colores más brillantes, más vivos, más auténticos.

– Bien. ¿Algo más?

– Sabes que eres el más grande de los ilustradores, junto a Behzat y a Mir Seyyid Ali.

– Sí, lo sé. Y si tú también lo sabes, ¿por qué no vas a hacer el libro conmigo sino con ese modelo de mediocridad que es Negro?

– Primero, para el trabajo que él hace no se necesita tener talento de ilustrador -le contesté-. Segundo, no es un asesino como tú.

Me sonrió con dulzura porque yo también sonreía con una sensación de desahogo. Sentía que podría librarme de aquella pesadilla si seguía hablando de aquella forma del estilo. Y así, una vez iniciada la cuestión, nos enzarzamos en una agradable charla sobre el tintero mongol que sostenía en la mano, no como padre e hijo, sino como dos viejos experimentados que comparten el interés por el tema de conversación. El peso del bronce, el equilibrio del tintero, la profundidad de su cuello, el tamaño de los viejos cálamos de caña de calígrafo y los secretos de la tinta roja, cuya consistencia podía notar sacudiendo ligeramente el tintero mientras seguía plantado de pie ante mí… Comentamos que si los maestros mongoles no hubieran llevado a Jorasán, a Bujara y a Herat los secretos de la tinta roja, que habían aprendido de los maestros chinos, nunca habríamos podido hacer nuestras pinturas en Estambul. Mientras hablábamos parecía cambiar la consistencia del tiempo, como la de la pintura, y se iba haciendo más fluida. Un rincón de mi mente seguía sorprendido preguntándose por qué todavía no había nadie en casa y me habría gustado que dejara aquel pesado tintero en su sitio.

– Cuando se acabe el libro, ¿comprenderán mi talento los que vean lo que he pintado? -me preguntó con la soltura habitual con la que hablábamos mientras trabajábamos.

– Si Dios quiere, algún día acabaremos sin problemas este libro y cuando Nuestro Señor el Sultán lo tenga en sus manos, le echará una ojeada; por supuesto, primero comprobará de un vistazo si se ha usado o no pan de oro donde se debería, luego, como hacen todos los monarcas, contemplará su propia imagen como quien lee un panegírico y se quedará admirado no por nuestra maravillosa ilustración sino por la imagen de sí mismo, y después, ¡ya podremos estar agradecidos si se toma la molestia de mirar las maravillas que hemos hecho inspirándonos en Oriente y en Occidente con tanto esfuerzo, tanto entusiasmo y dejándonos la luz de los ojos! Tú también sabes que, si no ocurre un milagro, nunca preguntará quién hizo ese encuadre, quién es el iluminador, ni quién ha pintado tal hombre o cual caballo y guardará bajo siete llaves el libro en su tesoro. Pero nosotros, como todos los hombres de auténtico talento, seguiremos pintando por si ese milagro se produce algún día.

Nos callamos un rato, como si lo esperáramos pacientemente.

– ¿Y cuándo ocurrirá ese milagro? -me preguntó-. ¿Cuándo se apreciarán realmente todas esas decenas de pinturas que hemos hecho hasta quedarnos ciegos? ¿Cuándo se me, se nos dará el aprecio que nos merecemos?

– ¡Nunca!

– ¿Cómo?

– Nunca nos darán eso que pretendes -dije-. En el futuro serás menos apreciado aún.

– Los libros duran siglos -dijo con tono orgulloso, pero sin confiar del todo en sí mismo.

– Ningún maestro italiano posee tu poesía, tu fe, tu sensibilidad, la pureza y la brillantez de tus colores, créeme. Pero sus pinturas son más convincentes, se parecen más a la propia vida. No pintan el mundo como si lo vieran desde el balcón de un alminar y sin darle importancia a eso que llaman perspectiva, sino desde la calle, o, al menos, desde la habitación del príncipe, e incluyen su cama y su colchón, su mesa, su espejo, su tigre, su hija y su dinero; lo pintan todo, ya lo sabes. No me convence todo lo que hacen; me resulta ofensivo e indigno el que la pintura intente imitar directamente al mundo. ¡Pero resulta tan atractivo lo que hacen con esos nuevos estilos! Pintan todo lo que puede ver el ojo tal y como lo ve. Ellos pintan lo que ven, nosotros lo que miramos. En cuanto ves sus obras te das cuenta de que la única forma de que tu rostro permanezca hasta el Día del Juicio pasa por las maneras de los francos. Es tan poderosa su atracción que en todos los países de los francos, y no sólo en Venecia, los sastres, los carniceros, los soldados, los sacerdotes, los dueños de los colmados… todos se hacen pintar de esa manera. Porque cuando ves esos cuadros tú también quieres verte así, quieres creer que eres una criatura completamente distinta a las demás, sin igual, particular y extraña. Ésa es la oportunidad que te brinda el nuevo estilo, pintar al hombre no como lo ve la mente, sino como lo ven los ojos. Algún día todos pintarán como ellos. ¡Y cuando se hable de pintura el mundo entero comprenderá que se trata de lo que hacen ellos! Hasta el pobre sastre estúpido de aquí, que no entiende nada de ilustraciones, querrá que le pinten de tal manera que pueda creer mirando la curva de su nariz que se trata de un individuo especial, distinto, en lugar de un simple bobo.