– Bueno, hagamos entonces también nosotros esas pinturas -dijo el asesino burlón.
– ¡No podemos! -le repliqué-. ¿O es que no has sabido por el difunto Maese Donoso, al que mataste, lo mucho que temen los ilustradores ser tomados por imitadores de los francos? Y aunque no tuvieran miedo y lo intentaran, el resultado sería el mismo. Nuestro estilo acabará muriendo y nuestros colores empalideciendo. A nadie le interesarán nuestros libros ni nuestras ilustraciones. Y aquellos a quienes les interese, o no entenderán nada y fruncirán los labios preguntándose por qué no hay perspectiva, o simplemente no podrán encontrar nuestros libros. Porque el desinterés, el tiempo y los desastres naturales irán royendo lentamente nuestras pinturas hasta acabar con ellas. Como la goma arábiga de los volúmenes lleva pescado, huesos y miel y las páginas han sido pulimentadas con una mezcla de huevos y fécula, ratones insaciables y desvergonzados devorarán las páginas relamiéndose los bigotes; termitas, gusanos y mil y un bichos carcomerán nuestros libros hasta destruirlos. Harán pedazos los volúmenes y arrancarán las hojas; los ladrones, los sirvientes descuidados, los niños y las mujeres que encienden el fuego las rasgarán. Los príncipes niños estropearán las pinturas con sus lápices, les agujerearán los ojos a las figuras humanas, se limpiarán los mocos con las páginas, pintarán garabatos negros en los márgenes; cada dos por tres los que dicen que son pecado lo emborronarán todo, rasgarán nuestras pinturas, las recortarán y quizá las usen para hacer otras ilustraciones o para jugar y divertirse. Y, mientras tanto, las madres destruirán nuestras pinturas porque son obscenas, los padres y los hermanos mayores se masturbarán ante las imágenes de mujeres derramando su semen en ellas; las páginas se quedarán pegadas no sólo por eso, sino también por el barro, por la humedad, por la cola de mala calidad, por la saliva y porque estarán manchadas con todo tipo de suciedad y de comida. En los lugares en que estén pegadas se abrirán como diviesos manchas de moho. Luego las lluvias, las goteras, las inundaciones y el barro acabarán de destrozar nuestros libros. Y cuando del fondo de un baúl milagroso salga milagrosamente el último libro seco e intacto de entre páginas convertidas en pasta de papel por el agua, la humedad, los insectos y el descuido, páginas rasgadas, rotas, agujereadas, descoloridas e ilegibles, algún día las despiadadas llamas de un incendio se lo tragarán y lo harán desaparecer, por supuesto. ¿Hay algún barrio en Estambul que no arda una vez cada veinte años como para que pueda quedar algún libro? En esta ciudad, en la que cada tres años desaparecen más libros y bibliotecas de los que destruyeron los mongoles cuando quemaron y saquearon Bagdad, ¿qué ilustrador puede soñar siquiera con que la maravilla que ha creado pueda vivir un siglo, que un día alguien mirará su pintura y lo recordará, como a Behzat? Y no sólo lo que hacemos nosotros, todo lo que se lleva haciendo desde hace siglos será destruido por los incendios, los insectos y el descuido. Sirin contemplando orgullosa a Hüsrev por la ventana, Hüsrev observando complacido cómo se baña Sirin a la luz de la luna y todas las delicadezas y las miradas mutuas de los amantes; Rüstem luchando a muerte con el Diablo Blanco en el fondo de un pozo; la languidez de Mecnun, a quien el amor le ha hecho perder la cabeza, mientras se hace amigo de un tigre blanco y de una cabra montesa en el desierto; cómo es atrapado y colgado de un árbol el perro pastor traidor que le regalaba un cordero del rebaño que vigilaba a la loba con la que se apareaba cada noche; todos esos adornos de los márgenes compuestos de flores, ángeles, ramas con hojas, aves y lágrimas; todos los intérpretes de laúd pintados para adornar los misteriosos poemas de Hafiz; todos los adornos de pared que han estropeado la vista de miles, de decenas de miles de aprendices y que han dejado ciegos a los maestros; los dísticos de los dinteles de las puertas, las minúsculas inscripciones colgadas de los muros, escondidas en los marcos que se entrecruzan en el interior de la pintura; las modestas firmas ocultas al pie de los muros, en los rincones, en los frontones, en los lugares frecuentados, al pie de arbustos, entre rocas; todas las flores que cubren los edredones que cubren a los amantes; todas las cabezas cortadas de infieles que esperan pacientemente a un lado mientras el difunto abuelo de Nuestro Sultán ataca victorioso una fortaleza enemiga; todos los cañones, los mosquetes y las tiendas que se ven al fondo, y que tú en tu juventud colaboraste a pintar, mientras el embajador de los infieles besa los pies del bisabuelo de Nuestro Sultán; todos los demonios con cuernos o sin ellos, con cola o sin ella, con uñas y dientes afilados; miles de aves de todo tipo entre las que se encuentran la sabia abubilla, el gorrión saltarín, el inexperto milano y el ruiseñor poeta; gatos tranquilos, perros inquietos, nubes presurosas; pequeñas hierbas alegres repetidas en miles de ilustraciones, rocas sombreadas de manera inexperta y decenas de miles de cipreses, plátanos y granados con las hojas pintadas una a una con la paciencia de un profeta; palacios pintados siguiendo el modelo de los de la época de Tamerlán o el sha Tahmasp pero que adornan historias de épocas mucho más antiguas con sus cientos de miles de sillares; decenas de príncipes melancólicos sentados en el campo en maravillosas alfombras extendidas sobre las flores del suelo y bajo árboles que se abren a la primavera escuchando la música que tocan hermosas mujeres y apuestos muchachos; todas esas pinturas maravillosas de porcelanas y alfombras que le deben su perfección a las palizas que se han llevado desde Samarcanda a Estambul miles de llorosos aprendices de ilustrador en los últimos ciento cincuenta años; todas esas pinturas que sigues haciendo con el mismo entusiasmo de siempre de jardines maravillosos y milanos, de escenas increíbles de guerra y muerte, de sultanes que cazan con elegancia y de gacelas que huyen temerosas con la misma elegancia, tus shas agonizantes, tus enemigos prisioneros, tus galeones infieles y tus ciudades enemigas, todas esas noches oscuras y brillantes que refulgen como si la oscuridad brotara de tu pincel, y todas tus estrellas, los cipreses fantasmales y las pinturas en rojo del amor y la muerte, todo, todo desaparecerá.
Me golpeó en la cabeza con el tintero con todas sus fuerzas.
Me tambaleé hacia delante por la fuerza del golpe. Sentí un dolor terrible que me sería imposible describir. Por un instante fue como si el mundo entero asumiera mi dolor y se volviera amarillo. Al mismo tiempo que recibía el golpe en la cabeza, aunque una gran parte de mi mente comprendiera que lo que me había hecho había sido intencionado, otra parte de ella -que no funcionaba demasiado bien quizá a causa de dicho golpe- habría querido decirle, con una buena intención lastimosa, a aquel loco que quería asesinarme que me estaba haciendo daño por error.
Volvió a golpearme en la cabeza con el tintero de bronce.
Esta vez incluso esa parte ilógica de mi mente comprendió que no se trataba de un error, sino de pura locura, de furia y de que al final podía encontrarse la muerte. Me dio tanto miedo que empecé a gritar como si aullara con todas las fuerzas que me permitía el dolor. Si se hubiera pintado mi grito habría sido verdísimo. Me di cuenta de que en las calles vacías en medio de la oscuridad de la noche nadie podría oír aquel color, de que estaba completamente solo.