Mientras mi cabeza andaba así de confusa, el ángel envuelto en luz se acercó a mí y, con aspecto de querer ayudarme, sí, tal y como había escrito Gazzali en Perlas de magnificencia, me dijo con dulzura:
– Abre la boca para que por ahí salga tu alma.
– De mi boca nunca saldrá otra cosa que la profesión de fe -le respondí.
Pero aquello sólo era una última excusa. Comprendí que no podía resistirme, que había llegado mi hora. Por un instante sentí vergüenza de dejar a mi hija, a quien no iba a volver a ver nunca más, aquel cuerpo mío, feo y cubierto de sangre, en tan lamentable estado. Quise salir de este mundo como si me despojara de una ropa que me viniera estrecha.
Abrí la boca y todo se volvió multicolor, como en las pinturas que describen la ascensión del Profeta a los cielos y su visita al Paraíso, y todo lo envolvió una luz portentosa, como si lo hubieran pintado con abundante aguada de oro. De mis ojos se derramó una lágrima amarga. De mis pulmones y mi boca brotó un dificultoso aliento y todo se sumergió en un silencio maravilloso.
Ahora podía ver que mi alma se separaba lentamente de mi cuerpo y que estaba en manos de Azrael. Mi alma era del tamaño de una abeja, estaba envuelta en luz y temblaba como el azogue en la palma de Azrael debido a las convulsiones que había sufrido al abandonar el cuerpo. Pero no pensaba en eso, sino en el mundo completamente nuevo en el que estaba entrando en ese instante.
Después de tantos dolores, ahora mi corazón estaba envuelto por una paz auténtica y estar muerto no me provocaba dolor, como había temido; al contrario, me sentí más tranquilo y comprendí de inmediato que la situación en que me encontraba era permanente mientras que la agobiante estrechez que había notado siempre mientras vivía había sido algo transitorio. Ahora todo seguiría así siglo tras siglo hasta el Día del Juicio; aquello ni me agradaba ni me disgustaba. Los sucesos que tiempo atrás se me habían venido encima uno detrás de otro a toda velocidad ahora se extendían en un espacio infinito y existían simultáneamente. De la misma forma que en las amplias ilustraciones de doble página el ilustrador irónico pinta cosas que no tienen relación entre ellas en cada uno de sus rincones, ahora muchas cosas ocurrían al mismo tiempo.
30. Yo, Seküre
La nieve caía de tal manera que me entraba por el velo y se me metía en los ojos. Caminaba a duras penas por el jardín cubierto de hierba podrida, barro y ramas rotas, pero aceleré el paso en cuanto salí a la calle. Sé que estáis sintiendo curiosidad por lo que pensaba. ¿Hasta qué punto podía confiar en Negro? Dejadme que os diga algo claramente. Yo misma también sentía mucha curiosidad por lo que pensaba. Me comprendéis, ¿no? Estaba muy confusa. No obstante, estaba segura de algo: de momento me dedicaré, como siempre, a la comida, a los niños, a mi padre y a otras cosas y algún tiempo después mi corazón, sin necesidad de preguntarme, me susurrará de repente lo que está bien y lo que está mal. Antes de mañana a mediodía sabré con quién voy a casarme.
Hay algo que quiero compartir con vosotros antes incluso de regresar a casa. No, mujer, ahora no viene a cuento el tamaño del aparato que me enseñó Negro. Si queréis ya hablaremos de eso luego. A lo que me refería es a la prisa de Negro. No es que no piense que la pasión lo cegaba. En realidad, aunque fuera así, no importaría demasiado. ¡Lo que me sorprendió fue su estupidez! ¡Así que ni siquiera se le ocurrió que podía asustarme y hacerme huir, que jugar con mi honor podía haber enfriado mis sentimientos hacia él, que incluso podría haber dado pie a cosas más peligrosas! Puedo adivinar al instante por la mirada triste de su rostro cuánto me quiere y me desea. Después de doce años, ¿por qué no puede ir paso a paso y esperar doce días?
¿Sabéis? Me da la impresión de que estoy enamorada de su torpeza y de esa mirada triste e infantil. Lo noté cuando sentí lástima por él en lugar de enfadarme. «¡Ay, pobre niño! -decía una voz en mi interior-. ¿Cómo puedes sufrir tanto y ser tan torpe?». Me apetecía de tal manera protegerle que podría haber cometido un error y haberme entregado a ese niño mimado.
Pensé en mis pobres hijos y aceleré el paso. En eso me dio la impresión de que un hombre se me venía encima como un espectro entre aquella nieve que cegaba y la oscuridad temprana, así que incliné la cabeza y seguí adelante evitándole.
En cuanto entré por la puerta del patio comprendí que Hayriye y los niños no habían regresado todavía. Bueno, aún no habían llamado a la oración del anochecer. Subí por las escaleras, la casa olía a mermelada de toronjas; mi padre estaba a oscuras en su habitación; yo tenía los pies helados; cuando entré en la habitación con el candil en la mano y lo vi todo desordenado, el armario abierto y los almohadones tirados por el suelo, pensé «Éstos han sido Sevket y Orhan». El silencio de la casa era el de siempre y al mismo tiempo no era el de siempre. Me puse la ropa de estar en casa y me disponía a sentarme un rato en la oscuridad a solas para sumergirme en mis sueños, cuando me llegó un ruidillo desde el fondo de la mente, desde abajo, desde justo debajo de mí, no desde la cocina sino desde el cuarto de pintura que se usaba en verano. ¿Había bajado ahí mi padre con este frío? Me estaba diciendo que no recordaba haber visto allí la luz de ningún candil cuando noté que crujía la puerta que daba de la entrada al patio. Me puse bastante nerviosa cuando inmediatamente después los malditos perros se pusieron a ladrar de una manera ominosa y agorera más allá de la puerta del patio.
– ¡Hayriye! -grité-. ¡Sevket, Orhan!
Tenía frío. Supuse que mi padre tendría el brasero encendido y decidí ir a sentarme con él para calentarme. Ya no pensaba en Negro sino en los niños. Llevaba el candil en la mano.
Al cruzar la antecámara me dije que quizá debería poner agua en el fogón de abajo para la sopa de pescado. Entré en el cuarto de la puerta azul, todo estaba desordenado y estuve a punto de preguntarme distraída qué sería lo que habría hecho mi padre.
Entonces fue cuando lo vi en el suelo.
Lancé un chillido aterrorizada. Grité una vez más. Luego guardé silencio observando el cadáver de mi padre.
Me doy cuenta por vuestro silencio y vuestra sangre fría que hace mucho que sabéis lo que ha ocurrido en esta habitación. Si no todo, al menos sí mucho. Por lo que ahora tenéis curiosidad es por mi reacción ante lo que veía, por lo que sentía. A veces, cuando se observa una pintura y se ve el sufrimiento del protagonista, se intenta adivinar por él el desarrollo de los acontecimientos que han llevado hasta ese instante de dolor; así mismo, vosotros, observando mis reacciones, intentaréis comprender satisfechos, no mi dolor, sino lo que vosotros mismos sentiríais si estuvierais en mi lugar y hubieran matado a vuestro padre de esa manera.
Muy bien. Aquella tarde regresé a casa y alguien había matado a mi padre. Sí, me tiré del pelo. Sí, lloré a moco tendido. Sí, lo abracé con todas mis fuerzas como hacía cuando era niña y aspiré su olor. Sí, estuve temblando largo rato de miedo, de dolor, de soledad, no podía respirar. Sí, no podía creer lo que veía y le rogué a Dios que se incorporara y se levantara, que se sentara silencioso como siempre en su rincón entre sus libros. Levántate, padre, levántate, no te mueras, vamos, padre, levántate, padre. Pero su cabeza ensangrentada estaba hecha pedazos. Más que la furia que había rasgado papeles y libros, que había roto mesas, juegos de pintura y tinteros y había esparcido los pedazos, que había destrozado salvajemente un cojín, los atriles y las escribanías y lo había revuelto todo y que había matado a mi padre, me dio miedo el odio que había provocado tanto destrozo en la habitación. Ya no podía llorar. Mientras por la calle lateral pasaban dos personas hablando y riendo en la oscuridad, yo oía en mi mente el silencio infinito del mundo y me limpiaba con la mano los mocos y las lágrimas de la cara. Medité largo rato en los niños y en nuestra vida.