Escuché el silencio. Eché a correr. Cogí a mi padre de los pies y lo saqué tirando de ellos hasta la antecámara. Allí se volvió más pesado por alguna extraña razón, pero comencé a bajarlo por las escaleras sin que me importara. A la mitad se me agotaron las fuerzas y tuve que sentarme, estaba a punto de llorar pero oí un ruido y creí que llegaban Hayriye y los niños, así que agarré de nuevo los pies de mi padre, me los encajé en las axilas y bajé más rápido ahora. La cabeza de mi querido padre estaba tan destrozada, tan llena de sangre, que cuando golpeaba los escalones producía el sonido que haría una bayeta mojada y luego escurrida. Ya abajo giré su cuerpo, que ahora, también por alguna extraña razón, resultaba más ligero, lo arrastré a través del atrio de un tirón y entré en la habitación de dibujo de verano, junto al establo. Corrí hasta el hogar de la cocina para poder ver en la oscura habitación. Al regresar vi a la luz de la vela que la habitación de pintura en la que había metido a mi padre también estaba toda revuelta y me quedé muda de espanto.
¿Quién había sido, Dios mío? ¿Cuál de ellos?
Mi mente funcionaba a toda velocidad y rápidamente realicé una serie de cálculos. Cerré bien la puerta y dejé a mi padre en aquella desordenada habitación. Cogí un cubo de la cocina, lo llené con agua del pozo, subí al piso de arriba y, a la luz de la lámpara que había encendido, limpié la sangre de la antecámara y luego de las escaleras. Lo hice todo muy rápidamente. Subí a mi habitación, me quité la ropa manchada y me puse otra limpia. Me disponía a entrar en el cuarto de mi padre con el cubo y el trapo cuando oí que se abría la puerta del patio. En ese mismo momento comenzó la llamada a la oración del anochecer. Reuniendo todas mis fuerzas, les esperé en lo alto de las escaleras sosteniendo la lámpara.
– ¡Madre, somos nosotros! -dijo Orhan.
– ¡Hayriye! ¿Dónde estabais? -grité con todas mis fuerzas, pero me salió más un susurro que un grito.
– Pero, madre, todavía no han terminado de llamar a la oración… -dijo Sevket.
– ¡Cállate! Vuestro abuelo está enfermo y duerme.
– ¿Enfermo? -preguntó Hayriye desde abajo. Pero pudo notar mi irritación por mi silencio-. Señora Seküre, hemos estado esperando a Kosta. Cuando llegaron las lisas recogimos algo de laurel sin perder tiempo y les compré a los niños los higos secos y las cornejas.
Me apetecía bajar las escaleras y reñir a Hayriye en susurros pero pensé que si lo hacía la lámpara iluminaría los escalones y las gotas de sangre que habían quedado al fregar a toda prisa. Los niños subieron ruidosamente y se quitaron los zapatos.
– ¡Chiiist! -les dije empujándoles hacia nuestra habitación-. Vuestro abuelo está durmiendo, no vayáis por ese lado.
– Iba a ir a la habitación de la puerta azul, donde está el brasero -me respondió Sevket-, no al cuarto del abuelo.
– Ahí es donde vuestro abuelo se ha quedado dormido -susurré. Pero me di cuenta de que dudaban por un instante-. No vaya a ser que los duendes que han poseído al abuelo y le han puesto enfermo os hagan daño también a vosotros. Vamos a ver, a vuestro cuarto -les cogí de la mano y los metí en la habitación donde dormíamos abrazados-. Decidme, ¿qué habéis hecho en la calle hasta estas horas?
– Hemos visto a unos pordioseros árabes -dijo Sevket.
– ¿Dónde? -le pregunté-. ¿Llevaban banderas?
– En la cuesta. Le dieron un limón a Hayriye y ella les dio dinero. Estaban cubiertos de nieve.
– ¿Y qué más?
– Estaban tirando con arco en la plaza.
– ¿Con esta nevada?
– Madre, tengo frío -dijo Sevket-. Voy a ir a la habitación de la puerta azul.
– No saldréis de este cuarto -le dije-, o estáis muertos. Yo os traeré el brasero.
– ¿Y por qué íbamos a morirnos? -preguntó Sevket.
– Voy a contaros algo -les dije-. Pero no se lo podéis repetir a nadie, ¿entendido? -me prometieron que no se lo dirían a nadie-. Mientras estabais en la calle un hombre blanquísimo de la cabeza a los pies, de color de muerto, vino de un país muy lejano a hablar con vuestro abuelo. Resultó que era un duende -me preguntaron de dónde había venido el duende-. Del otro lado del río.
– ¿De donde está nuestro padre? -dijo Sevket.
– Sí, de allí -le contesté-. El genio había venido para ver las pinturas de los libros de vuestro abuelo. Pero el pecador que las mire se muere al momento.
Se produjo un silencio.
– Mirad, yo voy abajo, con Hayriye -les dije-. Ahora os traigo el brasero y la bandeja con la cena. Que no se os ocurra salir de este cuarto o moriréis, porque el duende todavía está en casa.
– Madre, madre, no te vayas -me pidió Orhan.
Me volví hacia Sevket:
– Tú eres responsable de tu hermano. Si salís y el duende no os hace nada, os mataré yo -puse la cara terrible que ponía antes de darles una bofetada-. Ahora rezad para que viva vuestro abuelo enfermo. Si sois buenos, Dios aceptará vuestras oraciones. Nadie os tocará un pelo.
Comenzaron a rezar sin demasiada convicción. Bajé a la cocina.
– Alguien ha tirado la mermelada de toronjas -me dijo Hayriye-. Un gato no habría tenido bastante fuerza y un perro no ha podido entrar.
De repente debió de ver el terror en mi rostro porque se detuvo.
– ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado? ¿Le ha ocurrido algo a su señor padre?
– Ha muerto.
Lanzó un grito. Soltó con tal fuerza sobre la tabla el cuchillo y la cebolla que tenía en las manos que la cabeza del pescado que acababa de cortar dio un salto. Lanzó otro grito. En ese momento ambas nos dimos cuenta de que la sangre que tenía en la mano izquierda no había brotado del pescado, sino de su índice, porque se lo había cortado al lanzar el primer grito. Subí corriendo y mientras buscaba un trozo de gasa oí que de la habitación de enfrente, donde estaban los niños, llegaban ruidos y gritos. Entré en la habitación con el trozo de tela en la mano. Sevket estaba encima de Orhan, le apretaba los hombros con las rodillas y le estaba ahogando.
– ¡Qué estáis haciendo! -grité con todas mis fuerzas.
– Orhan iba a salir de la habitación -dijo Sevket.
– Mentira -respondió Orhan-. Sevket abrió la puerta y yo le dije que no saliera -comenzó a llorar.
– Si no os quedáis sentados calladitos os mataré a los dos.
– Madre, no te vayas -me dijo Orhan.
Ya abajo, le vendé el dedo a Hayriye y conseguimos detener la hemorragia. Cuando le conté que mi padre no había muerto de forma natural, se horrorizó y rezó para que Dios nos protegiera; lloraba mirándose el dedo cortado. ¿Había querido a mi padre tanto como lloraba frotándose frenéticamente los ojos, o lloraba tanto como lo había querido? Quiso subir a verle.
– No está arriba -le dije-. Está en la habitación de atrás.
Me miró suspicaz. Pero cuando comprendió que yo no iba a acompañarla a mirar, no pudo vencer su curiosidad y su deseo de pasar miedo. Tomó la lámpara y salió. Desde el lugar en que estaba, desde la cocina, pude ver que daba cuatro o cinco pasos por el atrio, que empujaba lentamente, respetuosa y preocupada, la puerta del cuarto y que miraba a la luz de la lámpara que sostenía la revuelta habitación. En un primer momento no pudo ver a mi padre, así que levantó más la lámpara intentando iluminar todos los rincones de aquel enorme cuarto.