No voy a decir que parecía que había estado ausente doce días en lugar de doce años. Nuestro maestro barbero había envejecido, por el baile tembloroso sobre mis mejillas de la navaja que sostenía en las manos cubiertas de manchas se veía que se había dado en exceso a la bebida y además había tomado un aprendiz de tez rosada, bellos labios y ojos verdes que observaba con admiración a su maestro. El establecimiento estaba más limpio y ordenado con respecto a doce años atrás. Después de hervir agua y llenar con ella el bidón que colgaba del techo con una cadena nueva, me lavó la cara y el pelo usando el grifo que había en el fondo del bidón. Las amplias y viejas palanganas estaban bien estañadas, el brasero estaba limpio y sin rastro de óxido y las navajas de mango de ágata, bien afiladas. Llevaba a la cintura un paño limpísimo de seda, algo a lo que se habría negado doce años antes. Pensé que al tomar aquel delicado aprendiz de cuerpo grácil y bastante alto para su edad, el dueño había logrado darle a su establecimiento y a su propia vida un cierto orden e inevitablemente me sumí en ensoñaciones de que el matrimonio da al hombre soltero una nueva vitalidad y una prosperidad que no sólo se refleja en su casa, sino también en el lugar de trabajo y en el trabajo mismo, y me entregué a los placeres jabonosos, de agua caliente y de aroma de rosas, de ser afeitado.
No sé cuánto tiempo pasó; fundido en el calor del brasero que calentaba agradablemente el pequeño establecimiento y en las diestras manos del barbero, parecía que la vida, después de tantos tormentos, hoy de repente hubiera decidido ofrecerme el mayor regalo sin esperar nada a cambio, así que le di las gracias a Dios Nuestro Señor y ya me disponía a ponerme en marcha sintiendo una profunda curiosidad por saber de qué extraño equilibrio, de qué misteriosa balanza habría surgido el mundo que Él había creado, y sintiendo también pena y dolor por mi Tío, que yacía muerto en una cama en la casa de la cual me disponía a ser señor poco después, cuando hubo una agitación en la puerta que el barbero tenía permanentemente abierta; me volví a mirar: ¡Era Sevket!
Me alargaba un papel con un gesto nervioso, pero seguro de sí mismo. Lo leí sin poder decirle nada, esperando lo peor, con el corazón estremecido por vientos helados:
Si no hay procesión nupcial no me caso. Seküre.
Agarré a la fuerza del brazo a Sevket y lo senté en mi regazo. Me habría gustado escribirle a mi Seküre: «¡A tus órdenes, amor mío!». Pero ¿cómo iba a haber recado de escribir en el establecimiento de un barbero analfabeto? Así pues, con una prudencia calculadora le susurré a Sevket al oído que le dijera a su madre que estaba de acuerdo. Todavía susurrando le pregunté cómo estaba su abuelo.
– Está dormido.
Ahora me doy cuenta de que tanto Sevket como vosotros sospechabais de mí a causa de la muerte de mi Tío (por supuesto, Sevket sospechaba otras cosas también). ¡Qué lástima! Le besé a la fuerza. Sevket se fue sin que yo le gustara lo más mínimo. Y durante la boda estuvo todo el rato mirándome hostil de lejos embutido en su ropa de fiesta.
Como Seküre no salió de casa de su padre para dirigirse a la del novio sino que fui yo quien fue a la suya, como todos aquellos que se casan para vivir en casa de sus suegros, hubo que adaptar la procesión nupcial a dicha circunstancia. Por supuesto, no me encontraba en situación de vestir con sus mejores galas a mis amigos ricos y a mis parientes como hacían otros para que me esperaran montados a caballo ante la puerta de Seküre. No obstante, llevé conmigo a dos amigos de la infancia que me había encontrado durante los seis días que llevaba en Estambul (uno de ellos había llegado a ser secretario, como yo, y el otro dirigía unos baños) así como a mi querido barbero, cuyos ojos se llenaron de lágrimas al felicitarme mientras me afeitaba; monté el mismo caballo blanco que había montado el primer día y esperamos a la puerta de mi Seküre como si fuéramos a llevárnosla de esa casa a otra, a una vida distinta.
Hayriye abrió la puerta y le di una buena propina. Seküre llevaba un rojísimo vestido de novia y unas cintas rosadas que le llegaban de la cabeza a los pies; salimos de la casa entre lloros, hipidos, suspiros, exclamaciones y bienaventuranzas que procedían del interior (una mujer le gritó a los niños) y ella montó con habilidad a un segundo caballo blanco que habíamos llevado de reserva. Cuando el tamboril y el dulzainero que el barbero había contratado en el último momento apiadándose de mí iniciaron una lenta melodía nupcial y echaron a andar, se puso en marcha la pobre, triste, pero orgullosa procesión de la novia.
En cuanto los caballos iniciaron la marcha noté que aquel desfile era algo que Seküre, con su astucia habitual, había preparado para garantizarse el buen resultado de la boda. Gracias a la procesión, el barrio entero se enteraría de la boda, aunque fuera en el último momento, y así, al ser algo aprobado por todo el mundo, las posibles objeciones que se hicieran a nuestro matrimonio resultarían demasiado endebles. Por otro lado, anunciar tan abiertamente que estábamos a punto de casarnos, celebrar la boda de aquella manera tan ostentosa, como si desafiáramos a nuestros enemigos, al antiguo marido de Seküre y a su familia, lo ponía todo en peligro ya desde el principio. De haber sido por mí, me habría casado con Seküre en secreto, sin que nadie se enterara, sin celebrar la boda y habría defendido nuestro matrimonio una vez convertido en su marido.
Mientras avanzaba al frente de la procesión nupcial por las calles del barrio montado en mi caprichoso caballo blanco, que parecía surgido de una leyenda, mi mirada buscaba temerosa a Hasan y a sus hombres, que se nos echarían encima surgiendo repentinamente de cualquier bocacalle o de la puerta oscura de algún patio. Ante las puertas y al pie de los muros vi viejos y adultos del barrio que miraban nuestra extraña procesión sin entender lo que pasaba pero con respeto y a forasteros que se detenían a saludarnos. Sin que yo lo pretendiera entramos en el pequeño mercado y por la alegría del frutero, que nos acompañó cuatro o cinco pasos lanzando alabanzas a Dios pero sin alejarse demasiado de sus membrillos, zanahorias y manzanas multicolores, por la sonrisa del melancólico carnicero y por las miradas de aprobación del hornero que hacía que su aprendiz rascara la parte quemada de los bollos, comprendí que Seküre había puesto en marcha de manera magistral su red de rumores y cotilleos anunciando en un brevísimo plazo de tiempo su divorcio y su boda y con-siguiendo la aprobación general. No obstante, yo seguía alerta contra cualquier ataque desagradable e inesperado e incluso cualquier comentario de mal gusto. Por eso no me molesto en absoluto la multitud de niños que comenzó a seguirnos al salir del mercado entre gritos y bromas persiguiendo una propina: podía comprender por las sonrisas de las mujeres que apenas acertaba a ver por entre las persianas, las rejas y los huecos de los postigos que la alegría y el alboroto de aquella multitud de niños nos ofrecía protección y legitimidad.
Mi mirada estaba en el camino que seguía la procesión nupcial, que, por fin y gracias a Dios, regresaba dando vueltas y revueltas al lugar de donde había salido, pero mi corazón estaba con Seküre, con su pena. No era la desdicha de verse obligada a casarse el mismo día en que su padre había sido asesinado lo que hacía que sintiera pena por ella, sino el que la boda fuera tan pobre y tan poco vistosa. Mi Seküre se merecía caballos con arreos de plata y sillas de cuero repujado llevando a jinetes que vistieran ropas de marta y seda con bordados de oro, cientos de caballos y carros cargados con regalos y llevando el ajuar, decenas de hijas de bajas y de sultanas que la siguieran y una multitud de viejas mujeres del harén sentadas en sus coches hablando de los esplendores de los días pasados. Pero su boda carecía del palio hecho de seda roja como la sangre que sostenían con varas cuatro lacayos a los cuatro costados del caballo y que protegía de miradas a todas las jóvenes adineradas, y de un criado que caminara al frente llevando ostentosamente las enormes velas nupciales adornadas con motivos frutales de oro o plata, con piedras brillantes y tiras de cuentas y festones en forma de árboles. Como el tamborilero y el dulzainero no sentían el menor respeto por el desfile nupcial, dejaban de tocar de vez en cuando, y como ante nosotros no había nadie que marchara diciendo «apartaos, apartaos, llega la novia» nuestra procesión se mezclaba con las multitudes del mercado y con las criadas que llenaban sus cántaros de agua en la fuente de la plaza, y yo sentía, más que vergüenza, una pesadumbre que casi llenaba mis ojos de lágrimas. En cierto momento en que nos íbamos acercando a la casa reuní el valor suficiente como para volverme sobre mi caballo y mirarla y me consoló ver tras las cintas rosadas y el velo rojo sangre del vestido de novia que Seküre, en lugar de estar triste por aquel paseo que no se merecía en absoluto, estaba aliviada porque habíamos llegado al final del trayecto y de la procesión nupcial sin que hubiera habido el menor incidente desagradable. Así pues, con los mismos movimientos que todos los futuros maridos, ayudé a desmontar a la hermosa novia con la que me iba a casar instantes después, la cogí del brazo y con una lentitud que divertiría a todo el que lo contemplara, vertí sobre su cabeza puñados de ásperos de una bolsa llena que tenía preparada al efecto. Mientras los niños, que habían correteado a nuestro alrededor durante toda aquella lamentable procesión, se peleaban por recoger unas monedas, Seküre y yo entramos en el patio, cruzamos el atrio y en cuanto entramos en la casa nos dimos cuenta con horror del denso olor a cadáver que acompañaba al calor del interior.