– Madre, tú seguirás durmiendo con nosotros, ¿no? -insistió Sevket.
– ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Dormiré con vosotros como siempre.
– ¿Siempre?
Hayriye salió llevándose el orinal. Saqué del fondo del armario, donde las tenía escondidas, las otras nueve ilustraciones, que el asesino que se había llevado la última no había tocado, me senté en la cama y las observé largo rato a la luz del candil intentando descubrir su secreto. Aquellas ilustraciones eran algo tan hermoso que una podía mirarlas como si fueran sus propios recuerdos olvidados y al mirarlas ellas, como la escritura, hablaban con quien las observaba.
Me quedé absorta mirándolas. Me di cuenta de que Orhan también estaba observando aquel extraño y sospechoso rojo por el olor de su preciosa cabeza, que apoyaba en mi nariz. De repente, como me ocurre algunas veces, me apeteció sacarme el pecho y darle de mamar. Luego, mientras respiraba dulcemente por entre sus rojos labios con miedo de la terrible imagen de la muerte que tenía ante él, quise comérmelo.
– Te voy a comer. ¿De acuerdo?
– Madre, hazme cosquillas -me dijo tirándose de repente.
– ¡Levántate, levántate de ahí, animal! -le grité, y le di una bofetada. Se había tirado sobre las ilustraciones. Las miré y estaban intactas, la de arriba se había arrugado un poco, pero no se notaba.
Recogí las ilustraciones cuando Hayriye regresó con el orinal vacío. Estaba saliendo de la habitación cuando Sevket gritó inquieto:
– ¿Adonde vas, madre, adonde vas?
– Ahora vuelvo.
Pasé a la antesala, estaba helada. Negro estaba sentado en el mismo lugar en que se había pasado cuatro días hablando con mi padre de pintura, de ilustraciones y de perspectivas, frente al cojín vacío. Coloqué las ilustraciones en el atril que había ante él, en el cojín, en el suelo. De repente, a la, luz de las velas, pareció que a la habitación la poseía el color;
una luz, una cierta calidez y una sorprendente vitalidad; fue como si repentinamente todo se pusiera en movimiento.
Observamos largo rato las ilustraciones, en silencio, respetuosamente, inmóviles. Si nos movíamos lo más mínimo el aire que transportaba el olor a muerte desde la habitación de enfrente hacía que la llama de la vela se agitara y daba la impresión de que las misteriosas pinturas de mi padre se movieran. ¿Habían ganado importancia ante mis ojos aquellas pinturas porque habían sido las causantes de la muerte de mi padre? ¿Me sentía hechizada por lo extraño de aquel caballo, por lo incomparable del rojo, por la melancolía del árbol, por la amargura de los dos derviches, o porque me aterrorizaba el asesino que había matado a mi padre y tal vez a otros por ellas? Un rato después Negro y yo nos dimos cuenta de que el silencio que había entre nosotros se debía tanto a las pinturas como al hecho de que estuviéramos solos en una habitación la misma noche en que nos habíamos casado y ambos quisimos hablar.
– Cuando nos despertemos por la mañana todo el mundo debe enterarse de que mi pobre padre ha fallecido mientras dormía -le dije. Por cierto que fuera aquello que decía, daba la impresión de que mis palabras no fueran sinceras.
– Mañana todo irá bien -respondió Negro con el mismo tono extraño, diciendo la verdad pero sin creer en ella.
Cuando hizo un movimiento imperceptible para acercarse a mí me apeteció abrazarle y tomar su cabeza entre mis manos como hacía con los niños.
Al mismo tiempo oí que se abría la puerta del cuarto de mi padre, di un salto horrorizada, abrí de una carrera y me asomé a mirar: gracias a la luz que se filtraba a la antesala vi con un escalofrío que la puerta de mi padre estaba entreabierta. Salí a la antesala helada. El cuarto de mi padre seguía oliendo a cadáver a causa del brasero, que aún estaba encendido. ¿Había sido Sevket quien había entrado aquí o había sido otra persona? El cadáver de mi padre yacía en paz vestido con su camisón a la luz imprecisa del brasero. Me acordé de que algunas noches pasaba a desearle las buenas noches mientras él leía el Libro del alma a la luz de las velas. Se incorporaba ligeramente para coger el vaso que le llevaba y me decía «Que nunca le falte el agua a quien la ofrece, preciosa mía», me besaba en la mejilla como cuando era niña y me miraba de cerca a los ojos. Miré el rostro terrorífico de mi padre y sentí miedo. Era como si a un tiempo no quisiera mirarlo pero por otro lado el Diablo me tentara y quisiera comprobar lo terrible que era ahora su cara.
Estaba regresando temerosa a la habitación de la puerta azul cuando Negro se me echó encima. Le empujé, pero más sin saber lo que hacía que enfadada. Nos empujamos mutuamente a la luz temblorosa de la vela pero lo que hacíamos más parecía una imitación de lucha que una auténtica pelea. Nos gustaba que nuestros cuerpos entrechocaran, tocarnos los brazos, las piernas, los pechos. Mi confusión se parecía a ese estado espiritual del que habla Nizami en Hüsrev y Sirin. ¿Notaba Negro, que había leído tanto a Nizami, que, al igual que Sirin, cuando le decía «No me beses así los labios, no me hagas daño, no lo hagas» lo que quería decir en realidad era «Hazlo»?
– No compartiré la cama contigo mientras no encuentren a ese demonio, mientras no sea descubierto el asesino de mi padre -dije.
Mientras salía de la habitación como si huyera me envolvió la vergüenza. Porque había hablado gritando de tal manera que se notaba que quería que Hayriye y los niños oyeran mis palabras. Y no sólo ellos, era como si quisiera que también oyeran mi grito mi pobre padre y mi difunto marido, cuyo cadáver se habría convertido en polvo hacía mucho en quién sabe qué tierra sin dueño.
En cuanto llegué junto a los niños, Orhan dijo:
– Madre, Sevket ha salido a la antesala.
– ¿De verdad? -le pregunté, e hice un gesto dispuesta a darle un bofetón.
– ¡Hayriye! -gritó Sevket abrazándola.
– No ha salido -dijo Hayriye-. Ha estado todo el rato en la habitación.
Por un momento sentí un escalofrío y fui incapaz de mirarla a los ojos. Me di cuenta al instante de que en cuanto anunciáramos la muerte de mi padre los niños se refugiarían en Hayriye para salvarse de mis enfados, que le contarían nuestros secretos y que esa miserable esclava se aprovecharía de la oportunidad para intentar dominarme. ¡Intentaría responsabilizarme del asesinato de mi padre y la custodia de los niños pasaría a Hasan! ¡Sería capaz de hacerlo, sí! ¡Todo aquel descaro porque se metía en la cama de mi difunto padre! Qué voy a ocultaros a estas alturas: lo hacía, por supuesto. Le sonreí con dulzura. Luego cogí a Sevket y le besé.
– Te digo que Sevket ha salido a la antesala -repitió Orhan.
– Meteos en la cama y dejadme que me acueste entre vosotros. Os contaré el cuento del chacal sin cola y el duende negro.
– Pero le habías dicho a Hayriye que no nos contara cuentos de duendes -dijo Sevket-. ¿por qué no puede contárnoslo Hayriye esta noche?
– ¿Pasarán por la ciudad de los desamparados? -preguntó Orhan.
– ¡Por supuesto que sí! -le respondí-. En esa ciudad ningún niño tiene padres. Hayriye, baja y vuelve a comprobar si las puertas están bien cerradas. Nosotros nos quedaremos dormidos a mitad del cuento.
– Yo no -replicó Orhan.
– ¿Dónde va a dormir Negro esta noche? -preguntó Sevket.
– En la habitación de pintura. Acercaos bien a vuestra madre y así nos calentaremos debajo del edredón. ¿De quién son estos piececitos tan helados?
– Míos -dijo Sevket-. ¿Y Hayriye dónde va a dormir?
Poco después de comenzar a contar el cuento, cuando Orhan se durmió el primero, como siempre, bajé la voz.
– No te levantarás de la cama después de que yo me duerma, ¿verdad, madre? -me preguntó Sevket.
– No.