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Realmente no tenía la menor intención de hacerlo. Después de que Sevket se durmiera me puse a pensar en la enorme felicidad que era quedarme dormida abrazada a mis hijos la noche de bodas de mi segundo matrimonio, sobre todo cuando dentro tenía un marido guapo, inteligente y dispuesto. Me quedé dormida dándole vueltas a aquella idea, pero mi sueño no fue tranquilo. Por lo que luego pude recordar primero ajusté las cuentas con el furioso espíritu de mi padre en ese mundo ominoso e inquieto que hay entre el sueño y la vigilia, luego intenté huir de la sombra del miserable asesino, que quería enviarme con su espíritu, pero aquel criminal, mucho más terrible que el espíritu de mi padre y que me perseguía sin cesar, hizo unos ruidos. En mi sueño lanzaba piedras a nuestra casa. Apuntaba a la ventana y al tejado y luego tiró más piedras a la puerta e incluso me dio la impresión de que la forzaba. Luego, cuando aquel mal espíritu comenzó a emitir un lamento parecido al gemido o al aullido de un animal que no se parecía a ninguno conocido, mi corazón comenzó a latir a toda velocidad.

Me desperté sudando. ¿Había soñado aquellos ruidos extraños o realmente habían sonado en la casa y me habían despertado? Como era incapaz de averiguarlo me abracé con más fuerza a mis hijos y comencé a esperar sin moverme. Estaba decidiendo que había soñado los ruidos cuando oí de nuevo el mismo gemido. En eso algo cayó en el patio con un enorme estruendo. ¿Era una piedra también?

Estaba aterrorizada. Pero pasó algo todavía peor: oía ruidos dentro de la casa. ¿Dónde estaba Hayriye? ¿En qué habitación dormía Negro? ¿Cómo estaba el cadáver de mi pobre padre? Dios mío, protégenos. Mis hijos dormían como troncos.

Si aquello hubiera ocurrido antes de casarme, me habría levantado de la cama y, como si fuera el hombre de la casa, habría desafiado a los duendes y a los espíritus para dominar la situación. Ahora simplemente me quedé muy quieta abrazada a los niños. Era como si no hubiera nadie en el mundo; nadie iba a venir en mi ayuda ni en la suya. Le recé a Dios esperando lo peor. Estaba sola como en los sueños. Oí que se abría la puerta del patio. Era la puerta del patio, ¿no? Sí.

De repente, sin ni siquiera pensar en lo que estaba haciendo, me levanté, me puse la túnica y me eché fuera.

– ¡Negro! -susurré desde lo alto de las escaleras.

Me puse unas zapatillas y comencé a bajar las escaleras. La vela que había encendido a toda prisa en el brasero se apagó en cuanto salí al patio. Se había levantado un fuerte viento, pero el cielo estaba claro. En cuanto se me acostumbró la vista vi que la media luna iluminaba perfectamente el patio. ¡Dios mío! La puerta estaba abierta. Me quedé paralizada temblando por el frío.

¿Por qué no habría cogido un cuchillo? No llevaba ni siquiera un candelabro o un palo. En cierto momento vi que la puerta del patio se movía por sí sola en la oscuridad y mucho después, creo que después de que se detuviera, oí cómo chirriaba. Recuerdo que pensaba que aquello parecía un sueño. Me notaba perfectamente consciente, pero sabía que estaba caminando por el patio.

Al oír un ruido en el interior de la casa, parecía surgir de más abajo del tejado, comprendí que el alma de mi pobre padre se esforzaba por salir de su cuerpo. Percibir el tormento que sufría el alma de mi padre me ahogó de pena pero también me tranquilizó. Si mi padre es la causa de todos estos ruidos, me dije, entonces no tengo nada que temer. Pero, por otro lado, el dolor de aquella alma que luchaba por librarse cuanto antes del cuerpo para así poder elevarse sola me entristecía de tal manera que le recé a Dios para que ayudara a mi pobre padre. Me alivió pensar que el alma de mi padre no sólo me protegería a mí, sino también a los niños. Si más allá de la puerta del patio había algún diablo dispuesto a hacernos cualquier maldad, ya podía temer al alma inquieta de mi padre.

Justo en ese momento me intranquilizó pensar si no sería Negro quien inquietaba el alma de mi padre. ¿Estaría mi padre a punto de hacerle algo malo? ¿Dónde estaba Negro? En ese instante vi a Negro en la calle, poco más allá de la puerta del patio, y me detuve. Estaba hablando con alguien.

Me di cuenta de que ese alguien se dirigía a Negro desde el jardín vacío al otro lado de la calle, desde detrás de los árboles. De la misma forma que deduje que el gemido que había oído poco antes desde la cama pertenecía a aquella voz, comprendí de inmediato que se trataba de Hasan. En su voz había una especie de ruego, de gimoteo, pero tampoco es que careciera de un tono amenazador. Les escuché desde lejos. Se estaban dedicando a ajustar cuentas en el silencio de la noche.

Al mismo tiempo comprendí que me había quedado sola en el mundo con mis hijos. Pensaba que quería a Negro, pero lo cierto es que sólo quería quererlo. Porque en la amarga voz de Hasan había algo que hería dolorosamente mi corazón.

– Mañana traeré al cadí, a los jenízaros y a testigos que jurarán que mi hermano todavía está vivo y que sigue luchando en las montañas de Persia -decía-. Vuestra boda no es legal. Lo que estáis haciendo ahí dentro es puro adulterio.

– Seküre no era tu mujer, sino la de tu difunto hermano -le replicó Negro.

– Mi hermano sigue vivo -contestó convencido Hasan-. Hay testigos que lo han visto.

– Esta mañana, el cadí de Üsküdar les divorció a Seküre y a él porque lleva cuatro años sin volver de la guerra. Si está vivo, tus testigos pueden comunicarle el divorcio.

– Seküre no puede casarse sin que pase un mes -respondió Hasan-. Es contrario a la religión y al Sagrado Corán. ¿Cómo ha sido capaz el padre de Seküre de aceptar tal vergüenza?

– Mi señor Tío -le contestó Negro- está muy enfermo. En el umbral de la muerte… Y el cadí permitió la boda.

– ¿Habéis envenenado entre los dos a tu Tío? -preguntó Hasan-. ¿Por fin lo habéis conseguido entre Hayriye y tú?

– Mi suegro todavía sigue molesto por todo lo que le hiciste a Seküre. Y si realmente está vivo, tu propio hermano podría pedirte cuentas de la deshonra en que caíste.

– Todo eso es mentira -protestó Hasan-. Excusas que Seküre se inventó para huir de casa.

Del interior de la casa brotó un chillido: la que gritaba era Hayriye. Luego también gritó Sevket; se gritaban el uno al otro. Sin poder evitarlo yo también grité atemorizada sin querer y eché a correr hacia la casa sin saber lo que hacía.

Sevket había bajado corriendo las escaleras y se lanzó al patio.

– El abuelo está helado -chillaba-. El abuelo está muerto.

Nos abrazamos. Le cogí en brazos. Hayriye continuaba gritando. Tanto Negro como Hasan debían de haber oído los gritos y todo lo demás.

– Madre, han matado al abuelo -dijo ahora Sevket.

Todos lo oyeron. ¿Lo habría oído también Hasan? Abracé con fuerza a Sevket. Lo metí de nuevo en la casa sin dejarme llevar por el pánico. En lo alto de las escaleras Hayriye se estaba preguntando cómo había sido posible que el niño se despertara y se le hubiera escapado de aquella forma tan artera.

– Madre, no nos ibas a dejar solos -dijo Sevket y se echó a llorar.

Yo no podía dejar de pensar en Negro, que continuaba de pie en la puerta del patio. Como estaba ocupado con Hasan no acertaba a cerrar la puerta. Besé a Sevket en las mejillas, lo abracé con fuerza, le olí el cuello, lo tranquilicé y lo dejé en brazos de Hayriye.

– Subid vosotros dos, Hayriye -le dije en un susurro.

Subieron. Regresé a la puerta del patio. Creía que Hasan no podría verme allí donde estaba, unos pasos más atrás de la puerta. ¿Había cambiado de posición en el oscuro jardín de enfrente? ¿Se había colocado tras los árboles oscuros que bordeaban la calle? Pero me veía, cuando hablaba también se dirigía a mí. Lo que más me desagradaba no era hablar en la oscuridad con alguien a quien no veía la cara; mientras él me, nos acusaba, descubrí que en realidad le daba la razón, que me sentía culpable y equivocada, como siempre me había hecho sentir mi padre, y me ponía aún más nerviosa el darme cuenta apenada de que estaba enamorada del hombre que decía todo aquello. Dios mío, ayúdame. ¿No debería ser el amor una forma de alcanzarte y no una de sufrir en vano?