Hasan dijo que yo me había aliado con Negro para matar a mi padre. Que había oído lo que había dicho el niño, que todo estaba claro como el día, que lo que habíamos hecho era un pecado digno de que nos ganáramos el Infierno. Por la mañana iría a contárselo todo al cadí. Si yo era inocente, si mis manos no estaban manchadas por la sangre de mi padre, nos llevaría de vuelta a su casa a mí y a los niños y ejercería de padre hasta que su hermano regresara de la guerra. Pero si era culpable, me merecía cualquier castigo al que se condenara a las mujeres que abandonaban a su marido despiadadamente mientras él derramaba su sangre en la guerra. Después de que escucháramos pacientemente todo aquello, se produjo un silencio momentáneo detrás de los árboles.
– Si ahora regresas al hogar de tu verdadero marido por propia voluntad -dijo Hasan con un tono completamente distinto-, si coges a los niños y vuelves a casa voluntariamente en silencio y sin que nadie te vea, olvidaré toda esta intriga, el matrimonio falso, los crímenes que has cometido, lo perdonaré todo. Los dos juntos esperaremos pacientemente los años que sean necesarios el retorno de mi hermano de la guerra, Seküre.
¿Estaba borracho? En su voz había algo tan infantil que me preocupaba que lo que estaba ofreciéndome delante de mi marido pudiera costarle la vida.
– ¿Lo has entendido? -se dirigió a mí desde detrás de los árboles.
En la oscuridad me resultaba imposible saber exactamente dónde se encontraba. Ayuda a tus pecadores siervos, Dios mío.
– Porque no puedes vivir bajo el mismo techo con el hombre que ha matado a tu padre, Seküre, lo sé.
Por un momento se me ocurrió que podía haber sido él quien hubiera matado a mi padre. Quizá ahora se estuviese burlando de nosotros. Aquel Hasan era un diablo, pero también quizá me equivocara.
– Escúchame, señor Hasan -dijo Negro en dirección a la oscuridad-. Han asesinado a mi suegro, eso es verdad. Algún miserable lo ha matado.
– Lo mataron antes de la boda, ¿no? -preguntó Hasan-. Lo matasteis porque se oponía a todo este montaje de la boda, al divorcio simulado, a los testigos falsos, a vuestras trampas. Si hubiera considerado a Negro un hombre de verdad le habría entregado a su hija, no ahora, sino hace años.
Como había vivido tantos años con mi difunto marido, con nosotros, conocía tan bien nuestro pasado como nosotros mismos. Aún peor, Hasan recordaba de principio a fin con la pasión de un amante celoso todo lo que había hablado con mi marido en aquella casa, lo que había olvidado y lo que ahora quería haber olvidado. Teníamos tantos recuerdos comunes de años, él, su hermano y yo, que me dio miedo que me hiciera sentir lo extraño, nuevo y lejano que me parecería Negro si ahora comenzaba a hablar de ellos.
– Sospechamos que has sido tú quien lo mató -dijo Negro.
– Lo habéis matado vosotros para poder casaros. Eso está claro. Yo no tenía ningún motivo para matarlo.
– Lo mataste para que no pudiéramos casarnos -le contestó Negro-. Cuando supiste que había dado su permiso para que Seküre se divorciara y nos casáramos, perdiste la cabeza. De hecho, estabas furioso con él porque le había dado ánimos a Seküre para que regresara a su casa. Querías vengarte. Sabías que mientras siguiera vivo nunca podrías apoderarte de Seküre.
– Basta -replicó Hasan decidido-. No pienso escuchar más. Hace mucho frío. Me he quedado helado tirando piedras hasta que he podido llamar vuestra atención. No me oíais.
– Negro estaba dentro, mirando las ilustraciones de mi padre -dije.
¿Cometí un error diciendo aquello?
Entonces Hasan habló con aquel tono artificial que a veces yo empleaba sin querer cuando me dirigía a Negro:
– Señora Seküre, como esposa de mi hermano mayor, lo mejor que puedes hacer es coger a tus hijos y regresar al hogar del heroico caballero con el que aún sigues casada según la ley de Dios.
– No -respondí como si susurrara a la noche-. No, Hasan, no.
– Entonces mi responsabilidad y la fidelidad que le tengo a mi hermano me obligan a comunicar al cadí en cuanto amanezca todo lo que he oído aquí. Luego podrían pedirme cuentas.
– De hecho, va a pedírtelas -le respondió Negro-. En el mismo momento en que vayas a ver al cadí, yo le contaré que asesinaste al querido siervo de Nuestro Sultán, mi Tío.
– Bien -replicó Hasan tranquilo-. Díselo así.
Lancé un grito.
– ¡Os torturarán a los dos! No vayáis al cadí. Esperad. Todo se aclarará.
– No le tengo miedo a la tortura -dijo Hasan-. He pasado dos veces por ella y en ambas ocasiones he podido darme cuenta de que es la única manera de diferenciar al culpable del inocente. Son los calumniadores quienes deben temerla. Además, le hablaré del libro y las ilustraciones del pobre Tío al juez, al agá de los jenízaros, al seyhülislam y a todo el mundo. Todos hablan de esas ilustraciones. ¿Qué es lo que hay en ellas?
– Nada -respondió Negro.
– Así que enseguida fuiste a mirarlas.
– El señor Tío me encargó que terminara su libro.
– Bien. Ojalá nos torturen juntos.
Ambos guardaron silencio. Luego oímos el sonido de unos pasos que llegaban del jardín vacío. ¿Se iba o se acercaba a nosotros? Ni pudimos verle ni pudimos saber lo que hacía. Era una molestia inútil que cruzara en aquella negra oscuridad entre los espinos, los arbustos y las zarzas del otro extremo del jardín. Si pasaba entre los árboles podía deslizarse por delante de nosotros y desaparecer sin que lo viéramos, pero no oímos pasos que se nos acercaran. En cierto momento grité «¡Hasan!», pero no se oyó el menor ruido.
– Calla -me dijo Negro.
Ambos tiritábamos de frío. Sin esperar demasiado cerramos bien la puerta y entramos en casa. Antes de meterme en la cama que habían calentado mis hijos fui a echar un nuevo vistazo a mi padre. Negro se sentó ante las ilustraciones.
35. Yo, el caballo
No hagáis demasiado caso de mi postura calmada y tranquila, en realidad llevo siglos corriendo. Cruzo los prados, voy a las guerras, transporto a las tristes hijas de los shas para que se casen, corro de los cuentos a la historia, de la historia a la leyenda, de página en página de los libros. A lo largo de tantos relatos y cuentos he aparecido en tantos libros y batallas acompañando a héroes invencibles, a amantes legendarios, a ejércitos surgidos de los sueños y he galopado de campaña en campaña acompañando a tantos de nuestros victoriosos sultanes, que, por supuesto, se han hecho muchas, muchísimas pinturas mías.
¿Qué tipo de sensación es que te hayan pintado tanto?
Por supuesto, me siento orgulloso, pero siempre me pregunto si ese que está ahí pintado soy realmente yo. Por lo que se puede ver por las pinturas, cada uno tiene en la cabeza una imagen mía distinta. No obstante, tengo la poderosa sensación de que entre todas esas ilustraciones hay ciertas particularidades comunes, una cierta unidad.
Hace poco unos amigos ilustradores contaron la siguiente historia. El rey de los infieles francos pensaba casarse con la hija del Dux de Venecia. Pero ¿y si el veneciano fuera pobre y su hija fuera fea? Le dijo a su mejor pintor que fuera a Venecia y que pintara a la hija del Dux y todas sus posesiones y riquezas. Eran venecianos y no sabían guardar su intimidad de los extraños: expusieron ante la mirada del pintor no sólo sus hijas, sino también sus yeguas y sus palacios. Y aquel diestro pintor pintaba aquella muchacha y este caballo de tal manera que serías capaz de reconocerlos si los vieras luego. Mientras el rey de los francos contemplaba en el patio de su palacio las pinturas que le llegaban de Venecia pensando si debía casarse o no, su propio semental se enamoró de repente de la hermosa yegua de un cuadro e intentó montarla, y los mozos de cuadras sólo a duras penas pudieron controlar a aquel fogoso animal que estaba destrozando la pintura y el marco con su enorme falo.