Выбрать главу

Dicen que lo que encendió la pasión del semental franco no fue la hermosura de la yegua veneciana, aunque realmente era hermosa, sino el hecho de que se tomara como modelo una yegua determinada y se pintara exactamente tal y como era. Ahora bien, ¿es pecado ser pintado como aquella yegua, que lo fue como si fuera una yegua auténtica? En mi situación actual, como podéis ver, no me diferencio demasiado de otras pinturas de caballos.

En realidad, los que prestan atención a la belleza de mi lomo, a la longitud de mis patas, a la gallardía de mi postura, se dan cuenta de que soy distinto. Pero toda esta belleza no es una indicación de mi singularidad como caballo, sino de la singularidad del talento del ilustrador que me ha pintado. Todos sabéis que en realidad no existe un caballo que sea exactamente igual a mí. Yo sólo soy la representación del caballo ideal que existe en la imaginación de un pintor.

¡Por Dios, qué hermoso caballo!, dicen los que me ven. Pero en realidad no me elogian a mí, sino al ilustrador. No obstante, todos los caballos son distintos unos de otros y el pintor debería darse cuenta de ese hecho antes que nadie.

Venid y mirad, ni siquiera el falo de un caballo se parece al de otro. No tengáis miedo, podéis mirar bastante de cerca, incluso tomarlo en vuestras manos. Este don de Dios que tengo es un regalo que tiene su propia forma y sus curvas particulares.

¿Por qué los pintores nos pintan de memoria aunque todos los caballos hayamos salido distintos de manos de Dios Nuestro Señor, el mayor creador que existe? ¿Por qué presumen de haber pintado miles, decenas de miles de caballos sin ni siquiera habernos mirado? Porque no intentan pintar el mundo tal y como lo ven con sus propios ojos, sino con los ojos de Dios. ¿No es eso atentar contra la unidad de Dios? ¿No es eso, que Él nos libre, pretender que yo puedo hacer lo que Dios hace? Los que no se contentan con lo que ven sus ojos y dibujan miles de veces el mismo caballo de su imaginación pretendiendo que es el caballo que ve Dios, los que aseguran que nadie puede pintar mejor un caballo que un ilustrador ciego que lo haga de memoria, ¿no cometen la impiedad de querer competir con Dios?

Las nuevas maneras pictóricas de los maestros francos no son pecado, todo lo contrario, son lo que mejor se adapta a nuestra religión. Por Dios, que mis hermanos los erzurumíes no me malinterpreten. Me desagrada profundamente que los infieles francos expongan en público a sus mujeres medio desnudas ignorando la intimidad necesaria, que no entiendan los placeres del café y de los muchachos hermosos, que los hombres se paseen por ahí sin barba ni bigote sino todo lo contrario, con el pelo largo como mujeres, y que digan, Dios nos libre, que el Profeta Jesús es al mismo tiempo Dios. Incluso llegan a ponerme furioso y continuamente me digo que si uno se me pusiera por delante le daría un buen par de coces.

Pero también estoy harto de que me pinten mal ilustradores que jamás han ido a la guerra y se han quedado sentados en casa como mujeres. Me dibujan galopando con los dos remos delanteros en el aire al mismo tiempo. Ningún caballo corre así, como un conejo. Si una de mis patas delanteras está hacia delante, la otra está hacia atrás. Ningún caballo, al contrario de lo que ocurre en las ilustraciones de batallas, planta completamente una pata en el suelo mientras alarga la otra como un perro curioso. No existe ningún escuadrón de caballería cuyas cabalgaduras adelanten al mismo tiempo la misma pata como si fueran sombras idénticas dibujadas veinte veces seguidas según el mismo modelo. Cuando nadie nos observa hurgamos en la hierba verde que hay ante nosotros y nos la comemos; jamás, como nos pintan, esperamos adoptando una elegante postura erguida. ¿Por qué les avergüenza tanto que comamos, bebamos, caguemos y durmamos? ¿Por qué les da tanto miedo dibujar este miembro mío regalo de Dios? Especialmente a los niños y a las mujeres les encanta mirarlo hasta hartarse cuando no hay nadie delante, ¿qué tiene de malo? ¿O también está en contra de esto el predicador de Erzurum?

Cuentan que en tiempos hubo en Shiraz un sha apocado y suspicaz. No se atrevía a enviar a su hijo como gobernador de Isfahán porque lo aterrorizaba la idea de que sus enemigos lo derrocaran y lo entronizaran en su lugar; así que lo encarceló en la más remota habitación del palacio. Allí el heredero vivió preso treinta y un años, en una habitación desde la que no veía patios ni jardines, creciendo entre libros, y cuando su padre murió, cuando le llegó la hora y él ascendió al trono, dijo: «Por Dios, traedme un caballo, continuamente he visto su imagen en los libros y siento mucha curiosidad por saber cómo son». Le llevaron el más hermoso caballo gris de palacio y el nuevo sha sufrió una terrible decepción al ver que tenía unos ollares como chimeneas, un culo indecente, un pelo que no relucía como los de las pinturas y un lomo burdo y ordenó que mataran a todos los caballos del país. Al final de aquella cruel masacre, que duró cuarenta días, los ríos de la nación corrían tristes y del color de la sangre. Al final se impuso la justicia divina y este nuevo sha fue derrotado por los ejércitos de su enemigo el señor turcomano de las Ovejas Negras porque se había quedado sin caballería y fue ejecutado por descuartizamiento; tal y como ocurre en los libros, la sangre derramada de los caballos no quedó sin vengar.

36. Me llamo Negro

Después de que Seküre se encerrara con los niños en su habitación, yo me quedé largo rato escuchando los ruidos de la casa y sus interminables rumores. En cierto momento Seküre y Sevket comenzaron a hablar en susurros pero enseguida ella le chistó inquieta para que se callara. Al mismo tiempo oí un ruido en el atrio, por la parte del pozo, pero no hubo nada más. Luego le presté atención a una gaviota que se había posado en el tejado pero también ella, como todo lo demás, acabó por fundirse con el silencio. Después oí un profundo gemido que provenía de más allá de la antesala y comprendí de qué se trataba: Hayriye lloraba en sueños. Los gemidos se convirtieron en toses, la tos se interrumpió tras un último estallido y comenzó de nuevo ese espantoso e interminable silencio. Poco después me quedé helado imaginando que alguien andaba paseando por la habitación donde yacía el cadáver de mi Tío.

A lo largo de todos aquellos silencios estuve observando las pinturas que tenía delante de mí, imaginando cómo el apasionado Aceituna, Mariposa, de bellos ojos, y el difunto iluminador les aplicaban los colores. Tal y como le ocurría a mi Tío me apetecía dirigirme una a una a las ilustraciones y llamarlas «¡Diablo!», «¡Muerte!» pero cierto temor me lo impedía. De hecho, aquellas ilustraciones ya me habían enfurecido bastante porque no había podido escribir una historia que les conviniera a pesar de la insistencia de mi Tío. Como en mi mente se iba clavando la idea de que era una realidad irrefutable que la muerte de mi Tío tenía que ver con ellas sentía miedo e impaciencia. Ya había mirado todo lo que podía mirar aquellas ilustraciones mientras escuchaba las historias de mi Tío sólo para poder estar cerca de Seküre. Ahora que Seküre era mi mujer, ¿para qué iba a prestarles más atención? «Porque Seküre no sale de la cama para venir a ti ni siquiera después de que se duerman los niños», me contestó una despiadada voz interior. Esperé largo rato observando las ilustraciones a la luz de la vela por si mi hermosa de ojos negros venía a mí.

Cuando los gritos de Hayriye me despertaron ya por la mañana, agarré el candelabro y lo lancé hacia la antesala. De repente pensé que Hasan y los hombres que hubiera podido reunir asaltaban la casa y se me pasó por la cabeza ocultar las ilustraciones. Pero, sin que pasara mucho, comprendí que Hayriye gritaba por orden de Seküre para anunciar a los niños y a los vecinos la muerte de mi señor Tío.