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Ni siquiera me había dado cuenta, pero había empezado a llorar. Quise implorarles piedad pero, como si fuera un sueño, de mi boca no salió el menor sonido. Sabía que un hombre podía convertirse repentinamente en nada gracias a las guerras y las muertes y por las torturas y asesinatos políticos de los que había sido testigo de lejos, pero nunca lo había vivido personalmente. Me despojaban del mundo de la misma manera que me estaban despojando de la ropa que llevaba puesta.

Me sacaron el chaleco y la camisa. Uno de los verdugos se sentó sobre mí y me sujetó los hombros con las rodillas. El otro, con unos movimientos de manos cuidadosos, airosos y expertos, como los de una mujer que prepara la comida, me pasó una especie de jaula a ambos lados de la cabeza y comenzó a girar lentamente la manivela. El torno, no una jaula, comenzó a apretarme a ambos lados de la cabeza.

Grité con todas mis fuerzas. Les imploré pero con palabras incomprensibles. Lloré, pero porque me traicionaron los nervios.

Se detuvieron y me preguntaron: ¿Había matado yo al señor Tío?

Tomé aliento: No.

Comenzó a girar de nuevo la manivela. Dolía.

Preguntaron de nuevo. No. ¿Quién? ¡No lo sé!

Comencé a pensar si decirles que lo había matado yo. Pero el mundo giraba dulcemente alrededor de mi cabeza. Me envolvió una extraña desgana. Me pregunté si no me estaría acostumbrando al dolor. Por un instante los verdugos y yo nos quedamos quietos. No me dolía nada, sólo sentía miedo.

Estaba dándome cuenta de que no me matarían gracias al áspero que llevaba en el bolsillo cuando de repente me soltaron. Me sacaron de la cabeza la jaula del torno, que, de hecho, habían apretado muy poco. El verdugo que estaba encima de mí se apartó. Pero no tenía el menor aspecto de estar disculpándose. Me puse la camisa y el chaleco.

Hubo un silencio largo, larguísimo.

En el otro extremo de la habitación vi al Gran Ilustrador, Osman Efendi. Fui junto a él y le besé la mano.

– No te aflijas, hijo mío -me dijo-. Sólo han querido probarte.

Comprendí de inmediato que había encontrado un nuevo padre después de mi Tío.

– Nuestro Sultán nos ha ordenado que no se te torture por el momento -dijo el Comandante de la Guardia-. Ha considerado adecuado que ayudes al Gran Ilustrador, el Maestro Osman, a encontrar a ese miserable asesino que está matando a sus artífices y a aquellos siervos suyos que preparan libros para él. En el plazo de tres días encontraréis a ese felón interrogando a los ilustradores y observando las pinturas que han hecho. Nuestro Soberano está preocupado por los rumores sediciosos que han surgido sobre los libros y los ilustradores. El Tesorero Imperial, Hazim Agá, y yo os ayudaremos a encontrar a ese miserable tal y como nos ha ordenado Nuestro Sultán. Uno de vosotros es pariente del difunto señor Tío y ha escuchado lo que éste le contó; sabe cómo trabajaban los que iban a su casa de noche y toda la historia del libro. El otro presume de conocer a todos los ilustradores del taller como la palma de su mano y es un gran maestro. Si en tres días no encontráis no sólo a ese cerdo sino también la página que robó, y que es la que ha provocado todos esos rumores, Nuestro Justo Sultán quiere que tú, señor Negro, hijo mío, seas el primero en ser interrogado bajo tortura. No abrigamos la menor duda de que luego les llegará el turno a todos los maestros ilustradores.

No pude ver ninguna señal secreta, ni la menor mirada, entre aquellos dos viejos amigos que llevaban años trabajando juntos, el Gran Ilustrador, el Maestro Osman, y Hazim Agá, el Tesorero Imperial, que era quien le transmitía los encargos y le proveía de materiales y dinero del Tesoro.

– Todo el mundo sabe que cuando se comete un crimen en alguno de los pabellones, estancias o departamentos todo el grupo es acusado mientras no se entregue el verdadero culpable y una sección incapaz de descubrir y entregar al asesino que hay entre ellos, pasa al libro de registros como sección de asesinos, empezando por su agá o su maestro, y son castigados como corresponde -continuó el Comandante de la Guardia-. Por esa razón nuestro Gran Ilustrador, el Maestro: Osman debe abrir bien los ojos, examinar con su aguda mirada todas las páginas, descubrir las perfidias, las trampas, la cizaña, las intrigas y demás que han provocado que unos inocentes ilustradores se lancen unos sobre otros, entregar el culpable a la impasible justicia de Nuestro Sultán, Escudo del Mundo, y así limpiar el buen nombre de toda la sección. Le hemos traído todo lo que nos ha pedido para conseguirlo y le traeremos cualquier otra cosa que nos pida. Mis hombres han recogido todas las páginas ilustradas del libro en casa de cada uno de los maestros ilustradores y las están trayendo.

41. Yo, el Maestro Osman

El Comandante de la Guardia y el Tesorero Imperial nos repitieron las órdenes del Sultán y se marcharon y nosotros dos nos quedamos a solas en la habitación. Por supuesto, Negro estaba agotado y triste por el truco de la tortura, el miedo y las lágrimas. Estaba callado como un niño. Comprendí que me caería bien y lo dejé tranquilo.

Tenía tres días para examinar las páginas que los hombres del Comandante de la Guardia habían requisado en las casas de calígrafos e ilustradores y determinar a quién pertenecía cada una de ellas. Ya sabéis lo asqueado que me sentí la primera vez que vi las pinturas hechas para el libro del señor Tío y que Negro había entregado a Hazim Agá, el Tesorero Imperial, para lavar su buen nombre. Tengo que admitir que en aquellas páginas, que eran capaces de provocar un asco y un odio tan profundos en un ilustrador como yo que había dedicado su vida a ese trabajo, claramente había algo que impedía apartar la mirada. Porque el arte que es simplemente malo ni siquiera es capaz de provocarnos repugnancia. Con esa curiosidad comencé a observar de nuevo las páginas que el estúpido difunto había encargado hacer a los ilustradores que iban de noche a su casa.

En un papel en blanco, en un marco y un dorado hechos por el pobre Donoso como los demás, vi un árbol. Intenté imaginar a qué escena de qué historia pertenecería. Si yo les hubiera dicho a mis ilustradores, al querido Mariposa, al inteligente Cigüeña o al astuto Aceituna, que dibujaran un árbol, primero lo habrían imaginado como parte de una historia para Poder dibujarlo sin la menor inquietud. Si examinaba cuidadosamente el árbol podría deducir por sus ramas y sus hojas cuál era la historia que había imaginado el ilustrador. Pero aquél era un árbol miserable y solitario; tras él había una línea del horizonte bastante elevada que recordaba el estilo de los más antiguos maestros de Shiraz y que lo mostraba aún más solitario. Pero en el vacío que quedaba al descubierto al estar tan alta la línea del horizonte no había ninguna otra cosa. Así pues, el deseo de pintar un árbol sólo porque era un árbol, como hacían los maestros francos, se había mezclado con el de los maestros persas de ver el mundo desde arriba dando como resultado una triste pintura que no podía ser ni franca ni persa. Estuve a punto de decirme que algo así debía de ser un árbol que hubiera allá donde se acaba el mundo. Pero al intentar mezclar ambos estilos, mis ilustradores y aquel difunto cretino habían hecho algo privado de todo ingenio y talento. Lo que me enfurecía no era que la pintura se inspirara en dos mundos, sino precisamente esa falta de talento.

Sentí lo mismo mirando las otras pinturas, un caballo perfecto que parecía surgido de un sueño y una mujer con el cuello graciosamente inclinado. También me enfurecía la elección de los temas, ya fueran dos derviches errantes o el Diablo. Sin duda, mis ilustradores habían sido obligados a incluir esas pinturas en el libro de Nuestro Sultán. Volví a sentirme admirado por la Providencia Divina, que se había llevado al señor Tío antes de que acabara el libro. No me apetecía en absoluto tener que terminarlo.