Y fue así como cruzamos puertas por las que ni siquiera los grandes visires podían entrar sin permiso. Como sí fuera un niño que penetrara en un cuento, no me atrevía a levantar la mirada del suelo para no enfrentarme a las maravillas y a los monstruos que surgirían ante mí. Ni siquiera pude mirar la Sala de las Audiencias. No obstante, la mirada se me fue por un momento y pude ver los muros del Harén, un plátano vulgar, en nada distinto a otros árboles, y un hombre alto vestido con un caftán de brillante raso azul. Pasamos entre altas columnas. Nos detuvimos delante de una pesada puerta, mayor y más ostentosa que las demás y adornada con mucarnas.
En el umbral había unos agás con brillantes caftanes y uno de ellos se inclinó hacia la cerradura.
El Tesorero Imperial, mirándonos a los ojos, nos dijo:
– Dichosos vosotros a quienes Nuestro Glorioso Sultán ha concedido permiso para entrar en el Tesoro Privado. Veréis libros que nadie ha podido ver, contemplaréis páginas de oro e increíbles ilustraciones y seguiréis el rastro como cazadores. Mi Sultán me ha ordenado que os recuerde que le ha concedido tres días al Maestro Osman, que el primero ya se ha cumplido y que en el plazo de dos días, antes del jueves a mediodía, el maestro debe descubrir y comunicarle quién de entre los ilustradores es el maldito asesino, y que, en caso contrario, el Comandante de la Guardia resolverá el asunto recurriendo a la tortura.
Primero abrieron la envoltura que protegía el sello colocado en el candado para impedir que cualquier otra llave fuera introducida en la cerradura. El Superintendente del Tesoro y dos agás comprobaron que el sello estaba intacto y asintieron con la cabeza. Rompieron el sello, al introducir la llave en la cerradura el candado se abrió con un chasquido que rompió el silencio en el que todos esperábamos y repentinamente el rostro del Maestro Osman adquirió un color ceniciento. Al abrir una de las hojas de aquella pesada puerta de madera labrada una luz oscura, como procedente de tiempos muy antiguos, le golpeó en la cara.
– Mi Sultán no ha querido que vengan inútilmente los agás de los escribas ni los secretarios que llevan los registros del inventario -dijo el Tesorero Imperial-. El Bibliotecario ha muerto y no hay nadie que cuide de los libros en su lugar. Por esa razón Mi Sultán ha ordenado que sólo Cezmi agá entre con vosotros.
Era un enano que parecía tener por lo menos setenta años pero de ojos brillantes. El gorro que llevaba, parecido a una vela de barco, era aún más extraño que él.
– Cezmi agá se conoce el interior como su propia casa. Él sabe mejor que nadie dónde están los libros, dónde está todo.
El anciano enano pareció envanecerse. Estaba inspeccionando un brasero de patas de plata, un orinal con el asa con incrustaciones de nácar y unos candiles y candelabros que le llevaban unos pajes.
El Tesorero Imperial nos dijo que cerrarían la puerta tras nosotros, la sellarían con el sello de setenta años de antigüedad del sultán Selim el Fiero y que después de la oración de la tarde volverían a romper el sello y abrirla en presencia de la multitud de agás presentes al efecto, y que tuviéramos cuidado en que no se nos metiera nada «por error» entre nuestras ropas, en nuestros bolsillos o en nuestros fajines porque a la salida se nos registraría hasta en los calzones.
Entramos cruzando entre la doble hilera de agás. Aquello estaba helado. Al cerrar la puerta todo se quedó completamente oscuro de repente y noté un olor a moho, polvo y humedad que me hirió las fosas nasales. El lugar estaba repleto de objetos amontonados sin orden ni concierto: muebles, baúles, cascos. Tuve la sensación de haber sido testigo muy de cerca de una enorme batalla.
Mis ojos se acostumbraron a la extraña luz que llenaba aquel espacio y que se filtraba entre los gruesos barrotes de las altas ventanas y entre las barandillas de las escaleras que subían al entresuelo que recorría todo el alto muro y de la galería de madera del segundo piso. La habitación era roja a causa del color de las sedas, las alfombras y los tapices que colgaban de las paredes. Noté con una reverencia casi religiosa cómo toda aquella riqueza y aquella acumulación de objetos eran el resultado de guerras, de batallas, de sangre vertida, de ciudades y tesoros saqueados.
– ¿Tenéis miedo? -preguntó el anciano enano dando voz a mis sentimientos-. Todo el mundo tiene miedo la primera vez que entra. Por las noches los espíritus de estos objetos hablan en susurros.
Lo que daba miedo era el silencio en el que estaba sumergida aquella increíble multitud de cosas. Oíamos el tintineo del sello que le estaban poniendo a la puerta y contemplábamos admirados e inmóviles la sala.
Vi espadas, colmillos de elefante, caftanes, candelabros de plata, banderas de raso. Vi jarrones de porcelana china, cinturones, instrumentos musicales, armaduras, almohadones de seda, esferas que mostraban el mundo, botas, pieles, cuernos de rinoceronte, huevos de avestruz pintados, mosquetes, arcos, mazas de guerra y armarios, armarios, armarios. Todo estaba lleno de telas, alfombras y sedas que parecían caer lentamente y en cascada sobre mí desde los pisos superiores de suelo de madera, desde las barandillas, desde los armarios de las paredes, desde las pequeñas celdas abiertas en los muros. Sobre las telas, las cajas, los caftanes del sultán, las espadas, las velas enormes y rosadas, los turbantes de tela, los almohadones bordados con perlas, las sillas de montar con incrustaciones de oro, las cimitarras con empuñaduras con diamantes, las mazas de mango de rubí, los tocados acolchados, las plumas, los curiosos relojes, las estatuillas de marfil de caballos y elefantes, los narguilés con boquillas adornadas con diamantes, los enormes rosarios, los cascos guarnecidos con rubíes y turquesas, los aguamaniles y las dagas, caía una extraña luz que no había visto antes en ningún otro lugar. Aquella luz, que se filtraba de manera apenas perceptible por las ventanas de arriba, iluminaba las motas de polvo de la habitación en penumbra, como si fuera el rayo de sol que entra por el tragaluz de la cúpula de una mezquita un día de verano, pero no era la luz del sol. Gracias a ella el aire de la sala se convertía en algo casi tangible y todos los objetos parecían hechos del mismo material. Después de que contempláramos un rato juntos y atemorizados la sala en medio del silencio, me di cuenta de que lo que provocaba que todos los objetos tuvieran la misma misteriosa textura empalideciendo el rojo que dominaba la fría habitación era, más que la luz, el polvo que lo cubría todo. Y lo que hacía terrible a toda aquella multitud de cosas era precisamente la fusión de objetos extraños e imprecisos que el ojo era incapaz de identificar ni siquiera tras una segunda o una tercera mirada. Creía que era un atril algo que antes había tomado por un baúl y luego descubría que se trataba de un extraño artefacto franco. Me di cuenta de que el cofre de nácar que había entre los caftanes y turbantes sacados de un baúl y tirados por todas partes en realidad era una curiosa arquilla enviada por el Zar de Moscovia.
Cezmi agá colocó el brasero en un hogar abierto en el muro con la habilidad de la costumbre.
– ¿Dónde están los libros? -susurró el Maestro Osman.
– ¿Qué libros? -respondió el enano-. ¿Los que han venido de Arabia, los Coranes en cúfico, los que trajo de Tabriz Su Majestad el sultán Selim el Fiero, que en Gloria esté, los libros de los bajas ejecutados cuyas posesiones fueron confiscadas, los tomos de regalo que trajo el embajador de Venecia al abuelo de Nuestro Sultán, o los libros cristianos de la época del sultán Mehmet el Conquistador?
– Los que hace treinta años el Sha Tahmasp le envió como regalo a Su Majestad el sultán Selim, que en Gloria esté -le contestó el Maestro Osman.
El enano nos llevó hasta un gran armario de madera. Al abrir las puertas y ver ante él los volúmenes, el Maestro Osman se impacientó. Abrió un libro, leyó el colofón y pasó las páginas. Yo también las miré con él y observé sorprendido las imágenes de janes de ojos ligeramente rasgados, cada una de ellas pintada con un enorme cuidado.