– Bueno -me respondió el señor Imán-, abre un poco tu bolsa.
La abrí y le mostré las monedas venecianas de oro que había en su interior. A todos nos iluminó el brillo del oro, incluidos el amplio patio de la mezquita y el rostro del imán. Me preguntó cuál era el problema.
Le expliqué quién era yo y añadí:
– El señor Tío está enfermo. Antes de morir quiere que su hija sea declarada oficialmente viuda y que se le otorgue una pensión.
Ni siquiera hizo falta que mencionara al cadí suplente de Üsküdar. El señor Imán lo comprendía todo perfectamente, de hecho ya hacía tiempo que el barrio entero sufría por la desdichada señora Seküre y en realidad debería haberse hecho algo bastante antes. En lugar de tener que buscar el segundo testigo necesario para la separación legal en la puerta del cadí de Üsküdar, el señor Imán llevaría a su propio hermano. Si ahora le daba una moneda de oro para su hermano, que vivía en el barrio y que estaba al tanto de los problemas de Seküre y sus encantadores huérfanos, habría hecho una obra de caridad con él. Le mostré al señor Imán dos piezas de oro para él, y, en cuanto al segundo testigo, me ofrecía una buena rebaja, así que enseguida nos entendimos. El señor Imán fue a buscar a su hermano.
El resto del día se pareció en parte a esas historias de persecuciones que había visto narrar y representar a los cuentistas ambulantes en los cafés de Alepo. Ni siquiera los que se hacen escribir esas historias en pareados se las toman demasiado en serio aunque estén escritas con hermosa caligrafía porque contienen demasiadas aventuras y demasiadas trampas y jamás se las hacen ilustrar. En cuanto a mí, reuní las aventuras de aquel día en cuatro escenas en las páginas de mi mente y las ilustré.
EN LA PRIMERA ESCENA el ilustrador debería pintarnos en la barca roja de cuatro remos a la que nos habíamos subido en Unkapani y con la que íbamos a Üsküdar, en medio de las aguas del Bósforo y entre los remeros de enormes bigotes y fuertes brazos. Mientras el imán y su flaco hermano de rostro sombrío se mostraban felices por el imprevisto paseo y bromeaban con los remeros, yo, pobre de mí, desde la proa de la barca, ante mí el sueño de un matrimonio feliz y eterno, observaba temeroso el fondo de las corrientes aguas del Bósforo, que parecían más transparentes de lo habitual en aquella soleada mañana de invierno, en busca de alguna ominosa señal, por ejemplo un barco pirata hundido. Así pues, por alegres que fueran los colores que el ilustrador empleara al pintar el mar y las nubes, debería colocar en el fondo del Bósforo algo oscuro que equivaliera a mis temores, tan violentos como mis sueños de felicidad, por ejemplo, un pez espantoso, de manera que el lector de mis aventuras no se creyera que en ese momento todo era de color de rosa.
NUESTRA SEGUNDA ilustración debería incluir detalles dignos de Behzat como esas pinturas tan minuciosas y bien compuestas que muestran los palacios de los sultanes, las reuniones del Consejo, las recepciones a los embajadores francos o los multitudinarios interiores de las casas, o sea, la pintura debería tener en cuenta la ironía y la bufonada. Es decir, en la pintura debería verse en un rincón cómo el señor Cadí hace un gesto abriendo la mano como para que me detenga implicando que nunca jamás aceptará mi soborno mientras con la otra mano se mete en el bolsillo mis monedas venecianas con gesto tímido y al mismo tiempo debería estar representado en la pintura el resultado de dicho soborno: el señor Sahap, el sustituto shafií del cadí de Üsküdar sentado en su lugar. Sólo la habilidad de un ilustrador inteligente a la hora de componer la página permitiría mostrar simultáneamente hechos que se sucedieron en el tiempo. Y así, la mirada que primero viera, por ejemplo, cómo entregaba el soborno, al ver en otro lugar de la pintura al sustituto del cadí sentado en un almohadón, comprendería de inmediato, aunque no hubiera leído nuestra historia, que el señor Cadí se había echado al bolsillo las dos monedas venecianas y le había cedido su lugar a su sustituto shafií para que divorciara a Seküre.
LA TERCERA ilustración debería mostrar la misma escena pero en esta ocasión deberían usarse adornos al estilo chino al decorar las paredes, con ramas retorcidas que no dejaran el menor hueco, y habría que colorearlas con tonos más oscuros y habría que colocar sobre el juez sustituto nubes de color para que se supiera que en la historia había algún tipo de enredo. El imán y su hermano, que aunque se presentaron ante el cadí sustituto de uno en uno tendrían que ser representados al mismo tiempo en la pintura, explicaron de tal manera que el marido de la triste Seküre llevaba cuatro años sin regresar de la guerra, que Seküre se hallaba sumida en la pobreza porque su marido no había cuidado de ella, que sus dos hijos huérfanos se encontraban llorosos y hambrientos, que como todavía se la consideraba casada no había surgido ningún pretendiente que pudiera asumir la labor de padre de aquellos huérfanos y que además, como todavía estaba casada, Seküre ni siquiera podía pedir dinero prestado sin el permiso de su marido, que incluso los sordos muros la habrían divorciado de inmediato entre lágrimas, pero aquello no afectó a ese sustituto sin corazón que preguntó quién era el tutor de Seküre. Tras un momento de indecisión intervine diciendo que su venerable padre, que había sido mensajero y embajador de Nuestro Sultán, seguía vivo.
– ¡Sin que él venga al tribunal jamás podré divorciarla!
Nervioso, le expliqué que el señor Tío se encontraba agonizante en su cama, que su última petición a Dios había sido ver divorciada a su hija y que había delegado en mí para que le representara.
– ¡Y para qué lo del divorcio! -dijo el sustituto-. Para qué insiste tanto un hombre en el lecho de muerte en que su hija se divorcie de su marido, que de hecho hace ya mucho que ha desaparecido en la guerra. Mira, si hubiera un pretendiente de confianza que se casara con su hija y le proporcionara un buen futuro, entonces lo entendería porque su deseo no se quedaría sin cumplir.
– Lo hay, señor cadí.
– ¿Quién?
– ¡Yo!
– ¿Cómo es posible? Pero si eres el representante del padre -dijo el cadí sustituto-. ¿A qué te dedicas?
– He sido secretario, encargado de correspondencia y ayudante de tesorero de diversos bajas en las provincias del este. Acabo de terminar un libro sobre las guerras con los persas que voy a presentar a Nuestro Sultán. Entiendo de pintura e ilustraciones. Llevo veinte años consumiéndome de amor por esta muchacha.
– ¿Eres pariente suyo?
Me sentí tan avergonzado de haber llegado al punto de tener que implorar, en un momento en el que no me lo esperaba, a un cadí sustituto, de tener que exponer mi vida como un objeto sin secreto ni misterio alguno que se arroja sobre la mesa, que guardé silencio.
– Respóndeme en lugar de ponerte rojo como un rábano. Si no, no le concederé el divorcio.
– Es la hija de mi tía materna.
– Hmmm, entiendo. ¿Podrás hacerla feliz?
Mientras me lo preguntaba hizo un gesto vulgar con la mano. Mejor será que el ilustrador no pinte semejante vulgaridad. Basta con que muestre lo que me ruboricé.
– Me las apaño.
– Como soy de la escuela shafií, no veo nada contrario al Libro o a la fe en divorciar a esta desdichada Seküre, cuyo marido lleva cuatro años sin regresar de la guerra -dijo el cadí sustituto-. Queda divorciada. A partir de ahora, aunque su marido vuelva de la guerra no podrá reclamar ningún derecho sobre ella.
La ilustración siguiente, o sea, LA CUARTA, debería mostrar cómo el cadí sustituto registraba el divorcio en el libro poniendo en marcha un obediente ejército de letras en tinta negra y cómo después sellaba y me entregaba un documento que certificaba que mi Seküre era oficialmente viuda a partir de ese instante y que no existía la menor objeción en que volviera a casarse de inmediato. El refulgir de la felicidad que sentí en ese momento en mi corazón no podría expresarse ni pintando las paredes del juzgado de rojo ni colocando la ilustración en recuadros rojo sangre. Tomé el camino de vuelta corriendo entre la multitud de hombres, acompañados por los correspondientes testigos falsos, que se había reunido a toda prisa a la puerta del cadí para conseguir el divorcio de sus hermanas o sus hijas.