– Quiero ir con el abuelo -dijo Sevket.
– Si no escucháis, Negro os dará una paliza de todos los diablos. Y vuestro abuelo no podrá apartaros de sus manos para salvaros como hacía conmigo. Si no queréis que vuestro padre se enfade, tenéis que dejar de pelearos, tenéis que compartirlo todo, no mentiréis, rezaréis vuestras oraciones, no os acostaréis sin haberos aprendido las lecciones y no le hablaréis mal a Hayriye ni os burlaréis de ella… ¿Entendido?
Negro se inclinó y con un rápido movimiento cogió a Orhan en brazos, pero Sevket se mantuvo alejado de él. Por un instante me apeteció abrazarle y llorar. Pobre y desgraciado huérfano mío, pobre y desvalido Sevket, qué cosita tan sola eres en este mundo enorme. Pensé por un segundo que yo era una niña pequeña, una niña completamente sola en el mundo, como Sevket, y de repente su pequeñez y su lamentable situación se mezclaron en mi mente con las mías y sentí un escalofrío. Porque al pensar en mi niñez recordé cómo en tiempos me subía a los brazos de mi padre como ahora Orhan estaba en los de Negro pero, al contrario que Orhan, que parecía una fruta que todavía no se había acostumbrado al árbol, no lo hacía con asco sino con enorme placer y recordé también cuánto nos abrazábamos y cómo nos olíamos mutuamente la piel como si fuéramos perros. Estaba a punto de llorar pero pude contenerme y aunque no lo había pensado lo más mínimo, dije:
– Vamos a ver, llamadle «padre» a Negro.
¡Qué fría era la noche y qué silencioso estaba nuestro patio! A lo lejos los perros ladraban inquietos y tristes. Pasó algo más de tiempo y el silencio y la oscuridad se extendieron sin que se notara, como una flor que se abre.
– Muy bien, niños -dije mucho después-, vamos a entrar en casa, que aquí vamos a coger todos frío.
No sólo Negro y yo, sino también Hayriye y los niños, sentíamos la timidez de los novios que temen quedarse solos después de la boda y entramos recelosos en casa, como quienes entran en la casa oscura de un extraño. Dentro continuaba el hedor del cadáver de mi padre, pero nadie pareció darse cuenta. Mientras subíamos las escaleras en silencio, las sombras que proyectaban en el techo los candiles que llevábamos en la mano se mezclaban girando como siempre, creciendo y menguando, pero me dio la impresión de que era algo que ocurría por primera vez. Nos estábamos quitando los zapatos arriba, en la antesala, cuando Sevket dijo:
– ¿Puedo besarle la mano al abuelo antes de acostarme?
– Yo he ido a verle hace un momento -respondió Hayriye-. Tu abuelo tiene tales dolores y se encuentra tan mal que está claro que los malos espíritus lo han poseído del todo. Tiene una fiebre altísima. Id a vuestro cuarto que os prepare las camas.
De hecho, ya les había metido en su habitación. Mientras extendía los colchones en el suelo, desplegaba las sábanas desenrollaba los edredones, hablaba como si todo lo que tocaba fueran maravillas sin par y como si acostarse aquella noche allí, en aquella habitación, entre aquellas sábanas limpias y bajo aquellos cálidos edredones fuera algo parecido a dormir en el palacio de un sultán.
– Hayriye, cuéntanos un cuento -dijo Orhan sentado en su orinal.
– Érase una vez un hombre azul -comenzó Hayriye- que tenía un duende que era su mejor amigo.
– ¿Por qué era azul el hombre? -preguntó Orhan.
– Hayriye, por Dios, esta noche no cuentes historias de duendes, hadas ni fantasmas -le dije.
– ¿Y por qué no va a contarlas? -preguntó Sevket-. Madre, cuando estemos durmiendo, ¿vas a levantarte e ir con el abuelo?
– Vuestro abuelo, que Dios le guarde, está muy enfermo -respondí-. Claro que iré a verle esta noche. Pero luego volveré a la cama.
– Que vaya Hayriye con el abuelo -continuó Sevket-. ¿No le cuida Hayriye por las noches?
– ¿Has terminado? -le preguntó Hayriye a Orhan. Mientras limpiaba con un paño el trasero de Orhan, cuya cara reflejaba una dulce somnolencia, le echó un vistazo al contenido del orinal y arrugó el gesto, no por el olor, sino como si no considerara suficiente lo que veía.
– Hayriye -dije-. Vacía el orinal y vuélvelo a traer. Que Sevket no tenga que salir de noche de la habitación.
– ¿Y por qué no iba a salir? -replicó Sevket-. ¿Por qué Hayriye no puede contarnos cuentos de hadas y duendes?
– Porque en casa hay duendes, tonto -respondió Orhan, más que con miedo con ese gesto de optimismo estúpido que siempre podía verse en su cara después de haber hecho sus necesidades.
– ¿Los hay, madre?
– Si salís de la habitación, si se os ocurre ir a ver al abuelo, el duende os atrapará.
– ¿Dónde va a acostarse Negro? -preguntó Sevket-¿Dónde va a dormir esta noche?
– No lo sé -le respondí-. Hayriye le preparará la cama.
– Madre, tú seguirás durmiendo con nosotros, ¿no? -insistió Sevket.
– ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Dormiré con vosotros como siempre.
– ¿Siempre?
Hayriye salió llevándose el orinal. Saqué del fondo del armario, donde las tenía escondidas, las otras nueve ilustraciones, que el asesino que se había llevado la última no había tocado, me senté en la cama y las observé largo rato a la luz del candil intentando descubrir su secreto. Aquellas ilustraciones eran algo tan hermoso que una podía mirarlas como si fueran sus propios recuerdos olvidados y al mirarlas ellas, como la escritura, hablaban con quien las observaba.
Me quedé absorta mirándolas. Me di cuenta de que Orhan también estaba observando aquel extraño y sospechoso rojo por el olor de su preciosa cabeza, que apoyaba en mi nariz. De repente, como me ocurre algunas veces, me apeteció sacarme el pecho y darle de mamar. Luego, mientras respiraba dulcemente por entre sus rojos labios con miedo de la terrible imagen de la muerte que tenía ante él, quise comérmelo.
– Te voy a comer. ¿De acuerdo?
– Madre, hazme cosquillas -me dijo tirándose de repente.
– ¡Levántate, levántate de ahí, animal! -le grité, y le di una bofetada. Se había tirado sobre las ilustraciones. Las miré y estaban intactas, la de arriba se había arrugado un poco, pero no se notaba.
Recogí las ilustraciones cuando Hayriye regresó con el orinal vacío. Estaba saliendo de la habitación cuando Sevket gritó inquieto:
– ¿Adonde vas, madre, adonde vas?
– Ahora vuelvo.
Pasé a la antesala, estaba helada. Negro estaba sentado en el mismo lugar en que se había pasado cuatro días hablando con mi padre de pintura, de ilustraciones y de perspectivas, frente al cojín vacío. Coloqué las ilustraciones en el atril que había ante él, en el cojín, en el suelo. De repente, a la, luz de las velas, pareció que a la habitación la poseía el color;
una luz, una cierta calidez y una sorprendente vitalidad; fue como si repentinamente todo se pusiera en movimiento.
Observamos largo rato las ilustraciones, en silencio, respetuosamente, inmóviles. Si nos movíamos lo más mínimo el aire que transportaba el olor a muerte desde la habitación de enfrente hacía que la llama de la vela se agitara y daba la impresión de que las misteriosas pinturas de mi padre se movieran. ¿Habían ganado importancia ante mis ojos aquellas pinturas porque habían sido las causantes de la muerte de mi padre? ¿Me sentía hechizada por lo extraño de aquel caballo, por lo incomparable del rojo, por la melancolía del árbol, por la amargura de los dos derviches, o porque me aterrorizaba el asesino que había matado a mi padre y tal vez a otros por ellas? Un rato después Negro y yo nos dimos cuenta de que el silencio que había entre nosotros se debía tanto a las pinturas como al hecho de que estuviéramos solos en una habitación la misma noche en que nos habíamos casado y ambos quisimos hablar.
– Cuando nos despertemos por la mañana todo el mundo debe enterarse de que mi pobre padre ha fallecido mientras dormía -le dije. Por cierto que fuera aquello que decía, daba la impresión de que mis palabras no fueran sinceras.
– Mañana todo irá bien -respondió Negro con el mismo tono extraño, diciendo la verdad pero sin creer en ella.
Cuando hizo un movimiento imperceptible para acercarse a mí me apeteció abrazarle y tomar su cabeza entre mis manos como hacía con los niños.
Al mismo tiempo oí que se abría la puerta del cuarto de mi padre, di un salto horrorizada, abrí de una carrera y me asomé a mirar: gracias a la luz que se filtraba a la antesala vi con un escalofrío que la puerta de mi padre estaba entreabierta. Salí a la antesala helada. El cuarto de mi padre seguía oliendo a cadáver a causa del brasero, que aún estaba encendido. ¿Había sido Sevket quien había entrado aquí o había sido otra persona? El cadáver de mi padre yacía en paz vestido con su camisón a la luz imprecisa del brasero. Me acordé de que algunas noches pasaba a desearle las buenas noches mientras él leía el Libro del alma a la luz de las velas. Se incorporaba ligeramente para coger el vaso que le llevaba y me decía «Que nunca le falte el agua a quien la ofrece, preciosa mía», me besaba en la mejilla como cuando era niña y me miraba de cerca a los ojos. Miré el rostro terrorífico de mi padre y sentí miedo. Era como si a un tiempo no quisiera mirarlo pero por otro lado el Diablo me tentara y quisiera comprobar lo terrible que era ahora su cara.