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Me di cuenta de que ese alguien se dirigía a Negro desde el jardín vacío al otro lado de la calle, desde detrás de los árboles. De la misma forma que deduje que el gemido que había oído poco antes desde la cama pertenecía a aquella voz, comprendí de inmediato que se trataba de Hasan. En su voz había una especie de ruego, de gimoteo, pero tampoco es que careciera de un tono amenazador. Les escuché desde lejos. Se estaban dedicando a ajustar cuentas en el silencio de la noche.

Al mismo tiempo comprendí que me había quedado sola en el mundo con mis hijos. Pensaba que quería a Negro, pero lo cierto es que sólo quería quererlo. Porque en la amarga voz de Hasan había algo que hería dolorosamente mi corazón.

– Mañana traeré al cadí, a los jenízaros y a testigos que jurarán que mi hermano todavía está vivo y que sigue luchando en las montañas de Persia -decía-. Vuestra boda no es legal. Lo que estáis haciendo ahí dentro es puro adulterio.

– Seküre no era tu mujer, sino la de tu difunto hermano -le replicó Negro.

– Mi hermano sigue vivo -contestó convencido Hasan-. Hay testigos que lo han visto.

– Esta mañana, el cadí de Üsküdar les divorció a Seküre y a él porque lleva cuatro años sin volver de la guerra. Si está vivo, tus testigos pueden comunicarle el divorcio.

– Seküre no puede casarse sin que pase un mes -respondió Hasan-. Es contrario a la religión y al Sagrado Corán. ¿Cómo ha sido capaz el padre de Seküre de aceptar tal vergüenza?

– Mi señor Tío -le contestó Negro- está muy enfermo. En el umbral de la muerte… Y el cadí permitió la boda.

– ¿Habéis envenenado entre los dos a tu Tío? -preguntó Hasan-. ¿Por fin lo habéis conseguido entre Hayriye y tú?

– Mi suegro todavía sigue molesto por todo lo que le hiciste a Seküre. Y si realmente está vivo, tu propio hermano podría pedirte cuentas de la deshonra en que caíste.

– Todo eso es mentira -protestó Hasan-. Excusas que Seküre se inventó para huir de casa.

Del interior de la casa brotó un chillido: la que gritaba era Hayriye. Luego también gritó Sevket; se gritaban el uno al otro. Sin poder evitarlo yo también grité atemorizada sin querer y eché a correr hacia la casa sin saber lo que hacía.

Sevket había bajado corriendo las escaleras y se lanzó al patio.

– El abuelo está helado -chillaba-. El abuelo está muerto.

Nos abrazamos. Le cogí en brazos. Hayriye continuaba gritando. Tanto Negro como Hasan debían de haber oído los gritos y todo lo demás.

– Madre, han matado al abuelo -dijo ahora Sevket.

Todos lo oyeron. ¿Lo habría oído también Hasan? Abracé con fuerza a Sevket. Lo metí de nuevo en la casa sin dejarme llevar por el pánico. En lo alto de las escaleras Hayriye se estaba preguntando cómo había sido posible que el niño se despertara y se le hubiera escapado de aquella forma tan artera.

– Madre, no nos ibas a dejar solos -dijo Sevket y se echó a llorar.

Yo no podía dejar de pensar en Negro, que continuaba de pie en la puerta del patio. Como estaba ocupado con Hasan no acertaba a cerrar la puerta. Besé a Sevket en las mejillas, lo abracé con fuerza, le olí el cuello, lo tranquilicé y lo dejé en brazos de Hayriye.

– Subid vosotros dos, Hayriye -le dije en un susurro.

Subieron. Regresé a la puerta del patio. Creía que Hasan no podría verme allí donde estaba, unos pasos más atrás de la puerta. ¿Había cambiado de posición en el oscuro jardín de enfrente? ¿Se había colocado tras los árboles oscuros que bordeaban la calle? Pero me veía, cuando hablaba también se dirigía a mí. Lo que más me desagradaba no era hablar en la oscuridad con alguien a quien no veía la cara; mientras él me, nos acusaba, descubrí que en realidad le daba la razón, que me sentía culpable y equivocada, como siempre me había hecho sentir mi padre, y me ponía aún más nerviosa el darme cuenta apenada de que estaba enamorada del hombre que decía todo aquello. Dios mío, ayúdame. ¿No debería ser el amor una forma de alcanzarte y no una de sufrir en vano?

Hasan dijo que yo me había aliado con Negro para matar a mi padre. Que había oído lo que había dicho el niño, que todo estaba claro como el día, que lo que habíamos hecho era un pecado digno de que nos ganáramos el Infierno. Por la mañana iría a contárselo todo al cadí. Si yo era inocente, si mis manos no estaban manchadas por la sangre de mi padre, nos llevaría de vuelta a su casa a mí y a los niños y ejercería de padre hasta que su hermano regresara de la guerra. Pero si era culpable, me merecía cualquier castigo al que se condenara a las mujeres que abandonaban a su marido despiadadamente mientras él derramaba su sangre en la guerra. Después de que escucháramos pacientemente todo aquello, se produjo un silencio momentáneo detrás de los árboles.

– Si ahora regresas al hogar de tu verdadero marido por propia voluntad -dijo Hasan con un tono completamente distinto-, si coges a los niños y vuelves a casa voluntariamente en silencio y sin que nadie te vea, olvidaré toda esta intriga, el matrimonio falso, los crímenes que has cometido, lo perdonaré todo. Los dos juntos esperaremos pacientemente los años que sean necesarios el retorno de mi hermano de la guerra, Seküre.

¿Estaba borracho? En su voz había algo tan infantil que me preocupaba que lo que estaba ofreciéndome delante de mi marido pudiera costarle la vida.

– ¿Lo has entendido? -se dirigió a mí desde detrás de los árboles.

En la oscuridad me resultaba imposible saber exactamente dónde se encontraba. Ayuda a tus pecadores siervos, Dios mío.

– Porque no puedes vivir bajo el mismo techo con el hombre que ha matado a tu padre, Seküre, lo sé.

Por un momento se me ocurrió que podía haber sido él quien hubiera matado a mi padre. Quizá ahora se estuviese burlando de nosotros. Aquel Hasan era un diablo, pero también quizá me equivocara.

– Escúchame, señor Hasan -dijo Negro en dirección a la oscuridad-. Han asesinado a mi suegro, eso es verdad. Algún miserable lo ha matado.

– Lo mataron antes de la boda, ¿no? -preguntó Hasan-. Lo matasteis porque se oponía a todo este montaje de la boda, al divorcio simulado, a los testigos falsos, a vuestras trampas. Si hubiera considerado a Negro un hombre de verdad le habría entregado a su hija, no ahora, sino hace años.

Como había vivido tantos años con mi difunto marido, con nosotros, conocía tan bien nuestro pasado como nosotros mismos. Aún peor, Hasan recordaba de principio a fin con la pasión de un amante celoso todo lo que había hablado con mi marido en aquella casa, lo que había olvidado y lo que ahora quería haber olvidado. Teníamos tantos recuerdos comunes de años, él, su hermano y yo, que me dio miedo que me hiciera sentir lo extraño, nuevo y lejano que me parecería Negro si ahora comenzaba a hablar de ellos.

– Sospechamos que has sido tú quien lo mató -dijo Negro.

– Lo habéis matado vosotros para poder casaros. Eso está claro. Yo no tenía ningún motivo para matarlo.

– Lo mataste para que no pudiéramos casarnos -le contestó Negro-. Cuando supiste que había dado su permiso para que Seküre se divorciara y nos casáramos, perdiste la cabeza. De hecho, estabas furioso con él porque le había dado ánimos a Seküre para que regresara a su casa. Querías vengarte. Sabías que mientras siguiera vivo nunca podrías apoderarte de Seküre.

– Basta -replicó Hasan decidido-. No pienso escuchar más. Hace mucho frío. Me he quedado helado tirando piedras hasta que he podido llamar vuestra atención. No me oíais.

– Negro estaba dentro, mirando las ilustraciones de mi padre -dije.

¿Cometí un error diciendo aquello?

Entonces Hasan habló con aquel tono artificial que a veces yo empleaba sin querer cuando me dirigía a Negro:

– Señora Seküre, como esposa de mi hermano mayor, lo mejor que puedes hacer es coger a tus hijos y regresar al hogar del heroico caballero con el que aún sigues casada según la ley de Dios.

– No -respondí como si susurrara a la noche-. No, Hasan, no.

– Entonces mi responsabilidad y la fidelidad que le tengo a mi hermano me obligan a comunicar al cadí en cuanto amanezca todo lo que he oído aquí. Luego podrían pedirme cuentas.

– De hecho, va a pedírtelas -le respondió Negro-. En el mismo momento en que vayas a ver al cadí, yo le contaré que asesinaste al querido siervo de Nuestro Sultán, mi Tío.

– Bien -replicó Hasan tranquilo-. Díselo así.