Dicen los libros y los sabios antiguos que el alma tiene cuatro asilos en los que se aloja: 1. El vientre de la madre. 2. El mundo. 3. El Limbo, en el que me encuentro ahora. 4. El Paraíso o el Infierno, al que irá después del Juicio Final.
En el Limbo el presente y el pasado se confunden y no existen límites de espacio mientras el alma se mantenga en sus recuerdos. Pero uno sólo llega a comprender que la vida es como una camisa estrecha al salir de las mazmorras del tiempo y del espacio. Es una pena que nadie pueda comprender sin morirse que, de la misma manera que en el reino de los muertos un alma privada de cuerpo es un motivo de dicha, entre los vivos la mayor felicidad debería ser un cuerpo privado de alma. Es por eso por lo que durante mi hermoso funeral, viendo preocupado que mi Seküre lloraba en vano y se mortificaba por mí en nuestra casa, le imploré a Dios Todopoderoso que nos diera un alma sin cuerpo en el Paraíso y un cuerpo sin alma en el Mundo.
38. Yo, el Maestro Osman
Ya sabéis cómo son esos viejos cascarrabias que han envejecido entregando su vida generosamente a un arte. Riñen a todo el mundo. Habitualmente son altos, huesudos y delgados. Les gustaría que el breve plazo que les queda de vida fuera una repetición del largo periodo que han dejado atrás. Enseguida se sulfuran y se enfurecen, protestan por cualquier cosa. Cogen las riendas de todo desesperando a cualquiera. No les gusta nadie ni nada. Yo soy uno de ellos.
Cuando sólo era un aprendiz de dieciséis años, también era así el maestro de maestros Nurullah Selim Çelebi, con quien tenía el placer de pintar sentados rodilla contra rodilla en el mismo taller, aunque no tenía tan mal genio como yo. También era así el último gran maestro Ali el Rubio, a quien enterramos hace treinta años, aunque no era tan alto y delgado como yo. Como sé que los dardos de las críticas que apuntaban a aquellos legendarios maestros que en tiempos dirigían los talleres ahora se clavan a menudo en mis espaldas, me gustaría que vosotros supierais que ciertos lugares comunes que se dicen sobre nosotros no tienen el menor fundamento.
1. No nos gusta nada nuevo porque no existe nada nuevo que realmente pueda gustar a nadie.
2. Tratamos a la mayor parte de los hombres como si fueran imbéciles porque son imbéciles, no porque seamos nerviosos en exceso, desdichados, ni porque tengamos ningún otro defecto. (No obstante, sería más elegante e inteligente por nuestra parte que nos comportáramos mejor con ellos.)
3. El hecho de que haya olvidado y confunda tantos nombres y rostros, excepto los de aquellos ilustradores que he querido y formado desde que eran aprendices, no se debe a que ya esté chocho, sino a que dichos nombres y rostros son tan descoloridos y opacos como para que no merezca la pena que me acuerde de ellos.
Durante el funeral del Tío, cuya alma Dios se llevó tan pronto a causa de sus estupideces, intenté olvidar los sufrimientos que tiempo atrás me había provocado el difunto cuando me obligó a imitar a los maestros francos. A la vuelta pensé lo siguiente: que ya no estaban muy lejos de mí la ceguera y la muerte, esos dones de Dios. Por supuesto, seré recordado mientras mis pinturas y los libros que he ilustrado os alegren la vista y abran las flores del gozo en vuestros corazones. Pero después de mi muerte quiero que se sepa esto: al final de mis días, en mi vejez, aún había muchas cosas que me hacían sonreír de felicidad. Por ejemplo:
1. Los niños. (Ellos resumen todas las normas del Universo.)
2. Los recuerdos agradables. (Los muchachos apuestos, las mujeres, pintar a gusto, la amistad.)
3. Encontrarme con maravillas de los antiguos maestros de Herat. (Algo imposible de explicar a quien no las conozca.)
Todo esto significa simplemente lo siguiente: el taller de ilustradores de Nuestro Sultán, que actualmente dirijo, ya no es capaz de producir maravillas como antaño. Veo que el trabajo va cada vez a peor, que todo acabará por agotarse y desvanecerse. Noto con amargura que a pesar de que hemos entregado amorosamente nuestra vida a este trabajo, en muy raras ocasiones hemos podido alcanzar la belleza de los antiguos maestros de Herat. Aceptar estas certezas con humildad hace que la vida resulte más fácil. De hecho, la humildad es una virtud tan poco apreciada en nuestro mundo precisamente porque facilita la vida.
Con esa misma humildad estoy corrigiendo una ilustración de un Libro de las festividades, donde se describe la ceremonia de circuncisión de nuestros príncipes, en la que se muestra cómo el gobernador de Egipto le está presentando sus regalos al niño recién circuncidado, una espada decorada con rubíes, esmeraldas y turquesas con un talabarte de terciopelo rojo delicadamente bordado en oro y un fogoso caballo árabe, brioso, gallardo y más rápido que el rayo, con una estrella en la frente y el pelo más brillante que la plata, con el bocado y las riendas de cadenilla de oro y los estribos de perlas y berilio y con la silla de terciopelo rojo bordada en oro y con rosetas de rubí. Voy dando pinceladas a izquierda y derecha en aquella pintura cuya composición hice yo aunque dejé que los aprendices pintaran el caballo, la espada, al príncipe y a los embajadores que observan la ceremonia. Puse morado en algunas hojas del plátano del Hipódromo. Añadí amarillo a los botones del embajador del jan de los tártaros. Mientras estaba extendiendo algo de dorado a las riendas del caballo, llamaron a la puerta. Me detuve.
Era un paje. El Tesorero Imperial me llamaba a Palacio. Los ojos me dolían agradablemente. Me metí la lente en el bolsillo del caftán y salí con el paje.
¡Qué agradable resulta caminar por la calle después de trabajar largo rato! El mundo parece tan nuevo y sorprendente como si Dios lo hubiera creado ayer mismo.
Vi un perro, tenía más sentido que cualquier pintura de un perro. Vi un caballo, mis maestros ilustradores los pintan con más sentido. En el Hipódromo vi un plátano; era el mismo plátano en cuya pintura había puesto morado en las hojas poco antes.
Llevo dos años pintando los desfiles que pasan por el Hipódromo y salir a caminar por allí da la impresión de que pasearas por lo que tú mismo has hecho. Doblamos por una calle, si estuviéramos en una pintura de los francos nos saldríamos de la composición y del encuadre, si estuviéramos en una pintura como las que hacían nuestros antiguos maestros de Herat llegaríamos al lugar donde Dios nos ve, si estuviéramos en una pintura china nunca saldríamos de ella porque las pinturas de los chinos se extienden hasta el infinito.
El paje no me llevaba a la antigua Sala del Consejo, donde solía reunirme con el Tesorero Imperial para hablar de los pagos pendientes, de los regalos, los libros o los huevos de avestruz decorados que los ilustradores estaban preparando para Nuestro Sultán, de la salud, el bienestar o la paz espiritual de los ilustradores, del suministro de pintura, pan de oro y otros materíales necesarios, de las habituales quejas y peticiones, de la tranquilidad, los deseos, la alegría y la voluntad de Nuestro Sultán, el Escudo del Mundo, de esto y de lo de más allá, de mis ojos, de mis lentes y de mis dolores de espalda, del miserable de su yerno o de su gato romano. En silencio entramos a los Jardines Privados. Entre árboles aún más silenciosos que nosotros bajamos cuidadosos como criminales en dirección al mar. Me acerco al Pabellón de la Costa, están allí, así que voy a ver a Mi Sultán, eso me estaba diciendo cuando nos apartamos del camino. Caminamos cuatro o cinco pasos por detrás de donde se guardaban los botes y entramos por la puerta abovedada de un edificio de piedra. Desde el horno de la guardia llegaba un aroma de pan. Entonces vi al Comandante de la Guardia vestido de rojo.