Выбрать главу

El Tesorero Imperial y el Comandante de la Guardia en la misma habitación. ¡Ángel y Diablo!

El Comandante de la Guardia, que ejecutaba, torturaba, interrogaba, daba palizas, sacaba ojos e infligía la tortura de la falaka para Nuestro Sultán en los jardines de Palacio, me sonreía dulcemente. Me daba la impresión de ser un compañero de cuarto con el que me hubiera visto obligado a compartir una minúscula habitación en cualquier posada y que se dispusiera a contarme alguna simpática anécdota.

Pero no fue el Comandante de la Guardia quien comenzó a hablar, sino el Tesorero Imperial.

– Hace un año Nuestro Señor me encargó la preparación de un libro que quería que se llevara en el máximo secreto para que formara parte de los regalos que iban a ofrecerse a una comisión de embajadores -dijo con un tono tímido-. Debido a dicho secreto, no encontró adecuado que lo escribiera el Cronista Imperial Lokman ni tampoco quiso mezclarte a ti, aunque es un gran admirador de tu talento. Estimaba que el Libro de las festividades que describe la circuncisión de los príncipes os tenía bastante ocupados.

En cuanto entré en la habitación me había imaginado aterrorizado que aquel miserable me habría calumniado, que habría impresionado al Soberano diciendo que esa pintura era blasfema o que aquella otra se burlaba de él y que estaría dispuesto a torturarme sin que le importara mi edad. Ahora las palabras del Tesorero Imperial, que trataba de ganarse mi corazón porque Nuestro Sultán le había encargado un libro a otro, me parecían más dulces que la miel. Escuché la historia de aquel libro, que ya me sabía de sobra, y no pude enterarme de nada nuevo. Yo además estaba al tanto de los rumores sobre Nusret, el predicador de Erzurum, y sobre las intrigas en los talleres.

Sólo por preguntar algo, y aunque ya conocía la respuesta, le pregunté quién preparaba el libro.

– El señor Tío, como ya sabes -me contestó el Tesorero Imperial, y, mirándome a los ojos, añadió-: ¿Sabías que no murió de muerte natural, sino que fue asesinado?

– No lo sabía -dije tan cándidamente como si fuera un niño, y guardé silencio.

– Nuestro Sultán está muy, pero que muy furioso -continuó el Tesorero.

Aquel imbécil al que llamaban el señor Tío era medio bobo. Los maestros ilustradores hablaban de él sonriendo y en tono burlón porque era más presuntuoso que sabio y porque se dejaba llevar más por sus caprichos que por su razón. De todas maneras, durante el funeral había sentido una extraña comezón. ¿Cómo lo habrían matado?

– El Tesorero Imperial me lo contó. Terrible. Señor, protégenos. ¿Quién habría sido?

– El Sultán nos ha dado una orden -continuó el Tesorero-. Al igual que el Libro de las festividades, quiere que este otro se termine cuanto antes…

– Hay una segunda orden -añadió el Comandante de la Guardia-. Quiere que se encuentre a ese asqueroso asesino, a ese demonio malintencionado, si es que forma parte de los ilustradores. Y le castigará de tal forma que sirva como ejemplo para todo el mundo para que a nadie se le ocurra siquiera volver a sabotear un libro de Nuestro Sultán o matar a uno de sus ilustradores.

Por un instante apareció en el rostro del Comandante de la Guardia una curiosa excitación, como si ya supiera el castigo que el Sultán le iba a imponer al criminal.

Me di cuenta de que Nuestro Sultán había encargado poco antes a aquella pareja esas misiones y que lo había hecho al mismo tiempo obligándolos a cooperar, algo que odiaban de tal manera que ni siquiera eran capaces de ocultarlo, y sentí un amor que iba más allá de la pura admiración por Nuestro Soberano. Un paje nos trajo café y nos sentamos.

El señor Tío tenía un sobrino al que había educado y que entendía de pintura y de libros: Negro. ¿Lo conocía yo? Guardé silencio. Poco tiempo atrás había regresado a Estambul a petición de su Tío desde la frontera con Persia, donde trabajaba para Serhat Bajá (el Comandante de la Guardia lanzó una mirada suspicaz), ya en Estambul había intimado bastante con su Tío y se había enterado de la historia del libro que éste estaba preparando. Decía que después del asesinato de Maese Donoso su Tío sospechaba de los maestros ilustradores que acudían a su casa a medianoche para ayudarlo con el libro. Había visto las ilustraciones que dichos maestros habían preparado: afirmaba que el asesino había robado una de ellas, la imagen del Sultán, precisamente en la que se había usado más dorado. Este joven había ocultado durante dos días la muerte de su Tío a Palacio, al Tesorero. Como en ese tiempo se había casado a toda prisa con la hija de su Tío, de una manera bastante poco acorde con el Libro Sagrado, y se había instalado en su casa, ambos sospechaban también de Negro.

– Si se registran los hogares y los lugares de trabajo de esos maestros ilustradores y la página perdida aparece en alguno de ellos, se sabrá enseguida que Negro tenía razón -dije-. Pero si siguen siendo mis hijos queridos, mis ilustradores de manos milagrosas, a quienes conozco desde que eran aprendices, ninguno de ellos sería capaz de hacer daño a nadie.

– Registraremos palmo a palmo, hasta el fondo, las casas, los lugares de trabajo, las tiendas, si es que las tienen, todo lo que pertenezca a Aceituna, a Cigüeña y a Mariposa -dijo el Comandante de la Guardia usando de manera burlona los sobrenombres que yo les había dado con tanto amor-. Y los de Negro… -luego adoptó una expresión de desesperación-. Gracias a Dios hemos conseguido permiso del señor Cadí para recurrir a la tortura en esta difícil situación. Ha dicho que la tortura es acorde a la ley teniendo en cuenta que ha sido asesinada una segunda persona relacionada de cerca con los ilustradores, lo cual hace que estén todos bajo sospecha, del aprendiz al maestro.

Medité en silencio: 1. Si decía que la tortura era acorde a la ley, era porque Nuestro Sultán no les había dado permiso personalmente. 2. Si el cadí consideraba que todos los ilustradores estaban bajo sospecha, y si tenemos en cuenta que yo, como jefe de los talleres, había sido incapaz de descubrir y entregar al culpable, eso significaba que se sospechaba de mí también. 3. Comprendía que me pedían mi aprobación, expresa o tácita, antes de torturar a los miembros del taller del cual era jefe, a mis queridos Mariposa, Aceituna, Cigüeña y a los demás, quienes, por otra parte, me habían estado traicionando en los últimos años.

– Como Nuestro Sultán quiere que se terminen como es debido no sólo el Libro de las festividades sino también este otro que ahora sabemos que aún está a medias -dijo el Tesorero Imperial-, nos preocupa que la tortura pueda afectar a las manos, a los ojos o al talento de los maestros -se volvió hacia mí-. ¿Es así?

– Se produjo una situación similar hace relativamente poco -dijo con rudeza el Comandante de la Guardia-. Uno de los orfebres y joyeros que se encargan de las reparaciones atendió a las tentaciones del Diablo, se encaprichó como un niño de una taza de café con el asa de rubí de Necmiye Sultán, la hermana de Nuestro Soberano, y la robó. Como el hurto, que sumió en la tristeza a la hermana del Sultán, a quien le gustaba mucho la taza, se produjo en el palacio de Üsküdar, Nuestro Señor me encargó del asunto. Me di cuenta de que tanto Nuestro Sultán como Necmiye Sultán estaban sumamente preocupados por el talento, los ojos y los dedos de los maestros joyeros y orfebres. De inmediato ordené que desnudaran a los maestros joyeros y que los arrojaran entre los hielos y las ranas del congelado estanque de Palacio. De vez en cuando los sacaba y los azotaba con violencia pero teniendo cuidado de que no se les tocaran la cara ni las manos. Poco después el joyero que había sucumbido a la tentación confesó su culpa y aceptó su castigo. Pero ni los ojos ni los dedos de los demás maestros joyeros, a pesar del agua helada, del frío y de los azotes, sufrieron el menor daño porque tenían el corazón puro. Incluso el sultán me dijo que su hermana estaba muy contenta y que los joyeros trabajaban con más alegría ahora que se había arrancado la mala hierba de entre ellos.

Estaba seguro de que el Comandante de la Guardia se portaría con mayor dureza con mis maestros ilustradores que con los joyeros. Por mucho respeto que sintiera por el entusiasmo de Nuestro Sultán por los libros, pensaba que el único arte respetable era la caligrafía y, como muchos otros, despreciaba la ilustración y la pintura en general como algo que se movía en las fronteras de la herejía, como algo innecesario que debía ser castigado, incluso como algo digno de mujeres.