– Mientras usted sigue al mando, todavía en plenitud de sus fuerzas, sus queridos ilustradores ya han empezado a enredar para ver quién será gran ilustrador después de su muerte -dijo para provocarme.
¿Había un nuevo rumor, un nuevo enredo que desconocía? Me contuve y guardé silencio. El Tesorero Imperial se daba cuenta de sobra de la furia que sentía hacia él por haberle encargado el libro a mis espaldas a aquel difunto medio imbécil y hacia mis compañeros ilustradores, unos desagradecidos que se habían prestado a pintar en secreto para aquel libro con el objeto de conseguir su favor y cuatro o cinco ásperos de más.
En cierto momento me descubrí imaginándome qué tipo de torturas se les podría infligir a mis ilustradores. En las torturas de un interrogatorio no arrancan la piel porque eso no tiene vuelta atrás, ni empalan, como se hace con los rebeldes, porque eso es más bien una manera de matar para dar ejemplo; tampoco era posible que a los ilustradores les rompieran en pedazos brazos, piernas y dedos. Por lo que había podido entender por los tuertos que había comenzado a ver menudear por las calles de Estambul, eso era algo que se hacía mucho en los últimos tiempos, pero, por supuesto, tampoco era lo más adecuado para maestros ilustradores. Así pues comencé a imaginarme a mis queridos ilustradores tiritando entre los nenúfares en un estanque frío como el hielo en algún recóndito rincón de los Jardines Privados mirándose unos a otros con odio y de repente me apeteció echarme a reír. Pero se me encogió el corazón al imaginar cómo aullaría Aceituna cuando le marcaran las carnes con un hierro al rojo y cómo empalidecería la piel de mi querido Mariposa encadenado en una mazmorra. Ni siquiera fui capaz de pensar que le dieran bastinado como a un vulgar aprendiz de ladrón a mi querido Mariposa, cuyo talento y amor por la pintura hacían que a veces se me saltaran las lágrimas, y me quedé petrificado.
Por un momento mi anciana mente se calló hechizada por el profundo silencio que había en su interior. En tiempos pintábamos juntos con amor olvidados de todo.
– Son los mejores maestros ilustradores de Nuestro Sultán -les dije-No se ensañen con ellos.
El Tesorero Imperial se levantó complacido de su asiento, cogió una pila de papeles de un atril que había en el otro extremo de la habitación, los puso ante mí y, como si la habitación estuviera a oscuras, colocó a mi lado dos grandes candelabros con velas gruesas cuyas llamas ondeaban. Eran las famosas ilustraciones.
¿Cómo podría explicaros lo que vi mientras pasaba mis lentes sobre ellas? Me apetecía reírme, pero no porque fueran cómicas. Me sentía furioso, pero no porque fueran algo que hubiera que tomar en serio. Era como si el señor Tío les hubiera dicho a mis maestros ilustradores que pintaran no como si fueran ellos, sino como si fuesen otros. Como si les hubiera forzado a recordar cosas que nunca hubieran poseído, a que soñaran un futuro que nunca hubieran querido vivir. Y lo más increíble era que se estaban matando por aquellas ridiculeces.
– ¿Podría decirnos observando estas ilustraciones cuáles pertenecen al pincel de qué ilustrador? -me preguntó el Tesorero Imperial.
– Sí -le repuse furioso-. ¿Dónde han encontrado estas pinturas?
– Las trajo el propio Negro y me las entregó. Intenta limpiar su nombre y el de su difunto Tío.
– Tortúrenlo cuando lo interroguen -le dije-. Veamos qué otros secretos ocultaba su difunto Tío.
– Hemos enviado un hombre para que lo traiga -dijo entusiasmado el Comandante de la Guardia-. Registraremos la casa entera del recién casado a sus espaldas.
Luego en los rostros de ambos apareció una extraña luz, un rayo de miedo y admiración, y se pusieron en pie de un salto.
Sin necesidad de darme la vuelta comprendí que había entrado Su Majestad Nuestro Sultán, Escudo del Mundo.
39. Me llamo Ester
¡Qué bonito es llorar todas juntas! Durante el funeral del padre de mi pobre Seküre se reunieron en su casa familia, parientes, comadres y amigas, y mientras ellas lloraban yo también estuve largo rato golpeándome el pecho y derramando lágrimas. A veces me apoyaba en la hermosa muchacha que tenía a mi lado y lloraba balanceándome dulcemente con ella y a veces cambiaba de tono y derramaba lágrimas suspirando por mi vida miserable y por mis propios problemas. Si pudiera llorar así una vez por semana me olvidaría de que tengo que pasarme el día andando por las calles para ganarme el pan, de las burlas que me dedican por ser gorda y judía y me convertiría en una Ester todavía más parlanchína de lo habitual.
También me gustan las ceremonias, tanto porque puedo olvidarme de que soy una oveja negra en medio de la multitud, como porque puedo comer hasta hartarme. Me encantan el baklava, la pasta de menta, el pan con dulce de almendras y los frutos secos de los días de fiesta; el arroz con carne y los hojaldres de las circuncisiones; tomar zumo de cerezas en los desfiles de Nuestro Sultán en el Hipódromo; picotear el turrón de sésamo, miel y almizcle que envían los vecinos después de los entierros.
Salí en silencio hasta la antesala, me puse los zapatos y bajé al piso inferior. Antes de volver a la cocina oí un ruido extraño por la puerta medio abierta de la habitación que había junto al establo, di un par de pasos, miré dentro y vi que Sevket y Orhan habían atado con cuerdas al hijo de una de las mujeres que lloraban en el piso de arriba y que le estaban pintando la cara con uno de los viejos pinceles del difunto. «Si intentas escapar, te pegaremos así», dijo Sevket dándole una bofetada al niño.
– Hijo mío, ¿no podríais jugar tranquilitos sin haceros daño? -le dije con mi voz más aterciopelada y falsa.
– ¡Tú no te metas! -me gritó Sevket.
Junto a ellos vi a la hermana del chico al que estaban zurrando, una niña rubia, pequeña y asustada, y por alguna extraña razón me sentí completamente identificada con ella. ¡Olvídate de todo, Ester!
En la cocina Hayriye me miró de arriba abajo suspicaz.
– Estoy seca de tanto llorar, Hayriye -le dije-. Dame un vaso de agua, por el amor de Dios.
Me lo dio en silencio. Antes de beber la miré a los ojos, hinchados por el llanto.
– Pobre señor Tío, dicen que en realidad ya estaba muerto antes de la boda de Seküre -comenté-. No hay quien le cierre la boca a la gente. Incluso dicen que no ha muerto de muerte natural.
Por un momento se miró de una manera bastante llamativa la punta de los pies. Luego levantó la cabeza y sin mirarme dijo:
– Que Dios nos proteja de las calumnias.
Su primer gesto significaba que lo que yo había dicho era cierto y el tono de sus palabras dejaba notar que las decía obligada.
– ¿Qué es lo que pasa? -le pregunté de repente susurrando como si fuera su confidente.
Por supuesto, la indecisa Hayriye ya había podido comprobar que no le quedaba ninguna esperanza de dominar a Seküre después del fallecimiento del señor Tío. Poco antes era ella la que lloraba de forma mas sincera en el piso de arriba.
– ¿Qué va a ser de mí ahora? -dijo.
– Seküre te quiere mucho -repliqué con la voz de quien está acostumbrada a dar noticias. Levantando las tapaderas de las cazuelas alineadas entre el tarro de jalea y el de pepinillos, metiendo el dedo en algunas para tomar un trocito de un lado para probarlo o simplemente acercando la nariz y oliendo otras, le pregunté quién había enviado cada uno de los platos de dulce.
Hayriye me lo estaba explicando, «Éste de Kasim Efendi de Kayseri, éste del asistente del taller de ilustradores que vive dos calles más allá, éste de la familia de Hamdi el Zurdo, el cerrajero, éste de la recién casada de Edirne», cuando Seküre la interrumpió.
– Kalbiye, la mujer del difunto Maese Donoso, ni ha venido a darnos el pésame, ni ha enviado recado, ¡ni dulce!
Cruzó la puerta de la cocina en dirección al zaguán que daba a las escaleras. Comprendí que quería hablar conmigo lejos de Hayriye y la seguí.
– Maese Donoso no tenía ninguna enemistad con mi padre. El día de su entierro hicimos dulce y se lo enviamos. Quiero saber qué pasa -me dijo Seküre.
– Ahora mismo voy, se lo preguntaré y me enteraré -contesté comprendiendo lo que se le estaba pasando por la cabeza a Seküre.