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– Maestro, señor, qué enorme coincidencia -dijo Negro-. A mí también me gusta muchísimo esa escena de esa leyenda.

– Esto no son leyendas, sino hechos que ocurrieron realmente -repliqué-. Escucha: el ilustrador no dibujó a la hija del sultán como si fuera la hermosa Sirin, sino como una de las damas que la ayudaban, tocaban el laúd o ponían la mesa, porque era esa dama lo que estaba pintando en ese momento. Y así fue como la hermosura de Sirin quedó empalidecida por la belleza maravillosa de la dama que había a un lado y la pintura perdió todo su equilibrio. Al ver la imagen de su hija, el sultán quiso encontrar al diestro ilustrador que la había pintado. Pero como el inteligente ilustrador temía la ira del sultán, no había pintado a la dama e hija del sultán usando su propio estilo sino uno nuevo para que no pudiera saberse quién era. Porque el pincel y el talento de muchos otros ilustradores habían trabajado en esa pintura.

– Bien, ¿y cómo encontró el sultán quién había sido el ilustrador que había pintado a su hija?

– ¡Mirándole las orejas!

– ¿Las orejas de quién? ¿Las de su hija o las de la pintura de su hija?

– En realidad de ninguna de ambas. Primero, siguiendo una intuición, extendió ante él todos los libros, páginas y pinturas que habían hecho sus ilustradores y observó las orejas. Entonces volvió a ver algo que ya sabía desde hacía años: tuvieran el talento que tuviesen, cada uno de los ilustradores dibujaba las orejas a su manera. No importaba que la cara que dibujaban fuera la de un sultán, la de un niño, la de un guerrero, o incluso la cara oculta tras un velo de Nuestro Glorioso Profeta, que Dios guarde, o la del Diablo, del que Dios nos guarde. Cada ilustrador, en cada caso, pintaba siempre igual las orejas, como si se tratara de una firma secreta.

– ¿Por qué?

– Cuando los maestros dibujan un rostro, atienden sobre todo a aproximarse en lo posible a su sublime belleza y a permanecer fieles a los modelos antiguos y en que se parezca o no al real. Pero en lo que respecta a las orejas, ni se las roban a otros ilustradores, ni imitan un modelo antiguo, ni se fijan en una oreja real. Porque cuando pintan una oreja no piensan, no intentan demostrar nada, ni siquiera se detienen a reflexionar sobre lo que están haciendo. Hacen que el cálamo se mueva automáticamente según los dictados de su memoria.

– Pero ¿acaso los grandes maestros no pintan de memoria todas sus maravillas sin mirar a los árboles, a los caballos y a las personas reales? -preguntó Negro.

– Cierto -le respondí-. Pero es una memoria que han llegado a poseer tras años de reflexión, deteniéndose en las cosas, trabajando y haciendo funcionar el cerebro. Como a lo largo de sus vidas han visto suficientes caballos y pinturas de caballos, saben perfectamente que el animal que tienen frente a ellos en carne y hueso puede perjudicar el ideal perfecto de caballo que tienen en la mente. Por fin el pincel del maestro ilustrador, que ha pintado decenas de miles de caballos a lo largo de su vida, se acerca bastante a la imagen del Caballo que Dios ha creado y el pintor lo sabe en su alma y gracias a su experiencia. El caballo que su mano dibuja de memoria en un instante ha sido dibujado en realidad gracias a su talento, sus sufrimientos y su sabiduría y es un caballo cercano al de Dios. Pero la oreja que dibuja la mano sin reunir suficientes conocimientos, sin saber ni pensar lo que hace y sin prestar atención a la oreja de la hija del sultán, será siempre imperfecta. Y como es imperfecta, en cada ilustrador es distinta. O sea, una especie de firma.

Hubo movimiento y un alboroto. Los hombres del Comandante de la Guardia estaban trayendo las páginas que habían confiscado en las casas de calígrafos e ilustradores y las estaban dejando en la antigua sala de pintura.

– En realidad las orejas son una imperfección del ser humano -le dije a Negro pretendiendo que sonriera-. Cada uno las tiene diferentes pero son la misma cosa: algo realmente feo.

– ¿Qué le sucedió al ilustrador al que descubrieron por la firma de la oreja?

– Lo dejaron ciego -no dije eso para no entristecer más aún a Negro y, en cambio, le dije-: Se casó con la hija del sultán. Desde ese día esta forma de identificar a los ilustradores es conocida por muchos janes, shas y sultanes como «el método de la dama» y se mantiene en secreto, de forma que aunque un ilustrador haga una pintura, una diminuta ilustración, y luego lo niegue, enseguida pueda saberse quién ha sido el culpable. El truco de todo el asunto está en encontrar los detalles que, aunque no ocupan un lugar en el corazón de la pintura y no se les presta importancia y se dibujan a toda prisa, siempre se repiten. Pueden ser orejas, manos, hierbas, hojas o incluso las crines o las patas o los cascos de los caballos. Pero, cuidado, el pintor no debe saber que esa particularidad se ha convertido en su firma secreta. Un bigote nunca podrá serlo, por ejemplo, porque la mayoría de los ilustradores son conscientes de que dibujan los bigotes a su propia manera y saben que los bigotes son una especie de firma medio expresa. Pero sí pueden serlo las cejas porque nadie les presta atención. Ahora ven, vamos a ver cuáles fueron los pinceles y los cálamos de qué jóvenes maestros los que trabajaron en las pinturas del difunto señor Tío.

Así pues, pusimos unas junto a otras las páginas de aquellos dos libros que se estaban preparando, el uno en secreto y el otro abiertamente, que contaban historias y trataban temas distintos, y que estaban ilustrados con estilos diferentes, el libro del difunto señor Tío y el Libro de las festividades describía las ceremonias de la circuncisión de Nuestro Príncipe, que se estaba pintando bajo mi supervisión, y Negro y yo observamos con atención los lugares por los que pasaba mi lente.

1. Primero observamos la boca abierta de la piel de zorro que un peletero vestido con un caftán rojo y un fajín morado llevaba en brazos durante el desfile de los artesanos peleteros mientras pasaban ante el Sultán, que los contemplaba desde un quiosco hecho especialmente para la ocasión. Los dientes del zorro, que se podían distinguir individualmente, y los dientes de aquella malhadada criatura medio demonio, medio gigante, y que yo creía que venía de la mismísima Samarcanda, que aparecía en la pintura del Diablo del Tío, habían surgido de la misma mano, del pincel de Aceituna.

2. En un día especialmente animado de las fiestas de la circuncisión se veía un destacamento de empobrecidos veteranos de la frontera, todos vestidos con harapos, al pie de la ventana desde la que Nuestro Sultán contemplaba el Hipódromo. Uno de ellos decía: «Sultán nuestro, nosotros, heroicos soldados tuyos, caímos prisioneros mientras luchábamos por la fe contra los infieles y sólo nos pusieron en libertad para que encontráramos el dinero de nuestro rescate después de que dejáramos como rehenes a algún pariente o algún hermano, pero al regresar a Estambul nos encontramos con que todo estaba tan caro que ahora no podemos reunir el dinero necesario para liberar a nuestros familiares, que siguen como rehenes en manos del infiel, y necesitamos tu ayuda; danos oro o danos prisioneros para que podamos intercambiarlos por nuestros hermanos rehenes y podamos salvarlos». Las uñas del perro perezoso que desde un rincón observaba con su único ojo abierto a Nuestro Sultán, a los pobres veteranos empobrecidos y a los embajadores tártaros y persas que estaban en el Hipódromo eran claramente las mismas uñas que las del perro que, en el libro del tío, llenaba un rincón en una escena donde se mostraban las aventuras del áspero y debían de haber salido del mismo pincel, de las manos de Cigüeña.